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                                                     Homilía en la Solemnidad de San Indalecio

Lecturas bíblicas:
     Sab 5,1-4.14-16
     Sal 88,2.5.12-13.16-19
     1 Cor 1,18-25
     Jn 15,9-17

Excelentísimo Cabildo Caltedral;
Ilustrísimo Sr. Alcalde;
Excmas. e Ilmas. Autoridades civiles y militares;
Queridos hermanos y hermanas:
La fiesta de san Indalecio nos congrega hoy para celebrar la Eucaristía en honor del Patrón de la diócesis san Indalecio, obispo fundador de la Iglesia hispanorromana de Urci que, con el paso del tiempo, dió lugar a la Iglesia de Almería. En las tierras de Almería otros evangelizadores de la primera hora plantaron también la Iglesia de Cristo, dando lugar a las demarcaciones de los primeros obispados de la costa mediterránea del sur de Hispania, como fueron Abla, Vergi, Baria y Abdera, de las cuales hay confirmaciones documentales que nos permiten conocer la ordenación canónica de la Iglesia en estas tierras peninsulares. En ellas se desarrolló la vida cristiana desde muy temprano, fruto de la predicación de la época apostólica, y su legado alimentaría a los cristianos mozárabes durante la dominación musulmana hasta su emigración, en unos casos, y el pleno sometimiento de la población en otros.
La etapa hispanorromana y la etapa hispano-visigótica de nuestra historia forman parte de nuestra identidad como nación evangelizada. Hoy, esa identidad está amenazada por la fuerte secularización de nuestra sociedad, regida por una cultura que se aleja de la visión cristiana de la vida: todo un reto para la empresa de la nueva evangelización. Los cristianos estamos hoy llamados a dar testimonio de la verdad que hemos conocido afrontando las dificultades de la hora presente, pero conscientes de que la ordenación democrática de la sociedad hace posible la libre predicación del Evangelio y la propuesta del modelo de vida cristiana como programa capaz de inspirar la mejor ordenación de la sociedad.
La Iglesia a nadie impone la fe de Cristo, pero no puede ser desplazada de la vida pública sin forzar la con ciencia de los ciudadanos. La fe cristiana sigue orientando la conciencia de un alto porcentaje de la población de nuestro país, que sigue declarándose cristiana, con diversos grados de adhesión a la práctica religiosa y a la doctrina de la Iglesia. Las encuestas ofrecen cifras que requieren cierta reserva, dada la agresión constante a que los medios someten al cristianismo y, en particular, a la Iglesia Católica. Podemos decir que una cierta tendencia a abdicar de la propia identidad religiosa se ha apoderado de las sociedades europeas históricamente cristianas. Bien es verdad que no en todos los países avanza el laicismo de la misma forma, pero el radicalismo de quienes pretenden imponer una visión anticristiana de la vida en nada favorece la libertad religiosa, que se pretende reprimir llevando la religión al recinto interior de la conciencia y de las meras creencias.
En esta situación, el cristiano tiene que saber dar razón de la esperanza que tenemos en Cristo, como aconseja Pedro a los cristianos de la primera hora diciéndoles que si tienen que sufrir por causa de la justicia de la fe serán bienaventurados; y añade: “Más bien, glorificad a Cristo en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y respeto, teniendo buena conciencia” (1 Pe 3,15-16a).
El cristiano está llamado a afrontar las dificultades de cada época, consciente de que la evangelización de la cultura y de la sociedad en muchas circunstancias no ahorra sufrimientos al evangelizador. Tanto es así que el Príncipe de los Apóstoles añade: “Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal” (1 Pe 3,17). Palabras que reflejan de hecho las dificultades de la evangelización de la primera hora y, sobre todo, la persecución que acompañó a quienes se adherían a la práctica de la vida cristiana.
Tengamos en cuenta cuanto dice san Pablo en la primera carta a los Corintios, que hemos escuchado: “El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación —para nosotros— es fuerza de Dios” (1 Cor 1,18). Estamos celebrando en estas semanas pascuales el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, y el gozo de la Pascua se levanta sobre la resurrección del Señor descubriéndonos el camino que lleva a la gloria como un camino de pasión y de cruz. Bien iluminadoras son las palabras de san Pedro, al considerar la participación de los cristianos en los sufrimientos de Cristo: “Así, pues, dado que Cristo sufrió según la carne, también vosotros armaos de la misma mentalidad” (1 Pe 4,1); es decir, la imitación y el seguimiento de Cristo incluye la cruz a causa del nombre de Cristo. El ultraje por el nombre de Cristo hace bienaventurados a sus discípulos, por lo cual san Pedro concluye: “Así, pues, que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser asesino, ladrón, malhechor o entrometido, pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que dé gloria a Dios por este nombre” (1 Pe 4,16).
La justicia cualifica al hombre honrado, que se distancia de la conducta de los malvados e injustos, de cuantos hacen de la injusticia tenor de vida y causa de prosperidad personal o de grupo. Sin embargo, el tiempo evidencia que la justicia hace bienaventurados, mientras la práctica del mal y de la injusticia termina por sacar a plena luz la condición criminal del malvado. Si así no fuera, aún queda el juicio divino: el malvado no escapará al juicio de Dios, aunque su injusticia quede oculta a los ojos del mundo; mientras el justo recibe el premio prometido a la paciencia. La fe en Dios exige plena confianza en la justicia divina, que ayuda a tener paciencia y soportar el sufrimiento moral.
El que tiene fe, aunque aspira a que la justicia humana no deje impunes las injusticias del malvado, sabe que la justicia de los hombres puede manipularse y corromperse. El libro de la Sabiduría dice que el que tiene fe sabe que “la esperanza del impío es brizna que arrebata el viento, espuma ligera que arrastra el vendaval, recuerdo fugaz del huésped de un día” (Sb 5,14). El creyente no renuncia a la justicia humana, más aún, es parte fundamental del programa de renovación de la sociedad y fundamento de la paz social, pero sabe que la justicia de los hombres no sólo no es perfecta, sino que su ejercicio está sometido con frecuencia a intereses que la pervierten.
El evangelio que proclamamos asienta el ejercicio de la justicia sobre la ley de Dios y, cuando los hombres soslayan la ley y los mandamientos de Dios, se alejan de un ejercicio pleno de la justicia. Los mandamientos de Dios son el fundamento del ejercicio de la justicia, que ha de inspirarse en la defensa y salvaguarda de la dignidad del ser humano y de sus derechos fundamentales, de los cuales la libertad religiosa es la clave de bóveda de su reconocimiento legal y de la práctica más genuina de las libertades.
El respeto y la promoción de la libertad religiosa se fundamentan en la dignidad de la persona humana; y no en la mera tolerancia de un pluralismo religioso que no fuera otra cosa que la expresión del indiferentismo y del relativismo. De aquí la importancia que tiene considerar que la aportación que los cristianos realizan a la búsqueda y defensa del bien común es inseparable de la verdad religiosa que profesan. Del mismo modo que el fanatismo religioso pervierte la religión, la represión y marginación de la conciencia religiosa atenta contra el bien común, ya que la fe religiosa ilumina el fundamento trascendente de la ley moral natural. Los cristianos no pueden separar su compromiso con la ordenación de los asuntos temporales de la sociedad de la conciencia religiosa de su propia fe.
Es Cristo quien así lo dice: la guarda de sus mandamientos, como acabamos de escuchar en el evangelio de san Juan, es la condición y la forma de permanecer en Cristo y en su amor, como él ha guardado los mandamientos del Padre y permanece en su amor (cf. Jn 15, 10). Esta permanencia en el amor de Cristo es el fundamento de la alegría del cristiano, a pesar de las dificultades del mundo. El amor de Cristo, fundamento de esta alegría, inspira la acción de los cristianos en el mundo y sostiene su compromiso con la sociedad, a la cual aportan los valores del evangelio como realización plena de la verdad y del bien.
A los laicos cristianos corresponde acreditar la bondad de su compromiso con la sociedad y defenderlo como fidelidad a la verdad, no permitiendo que la intolerancia del laicismo descalifique el compromiso político de los cristianos por estar inspirado en su fe religiosa. El santo papa Juan Pablo II decía que los fieles laicos han de tener muy presente que no existen dos vidas paralelas, una “espiritual” y otra “secular”, cada una con sus propias leyes; y añadía invitando a la coherencia de los seglares cristianos en la acción social y política: «En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos» (Juan Pablo II, Exhortación apost. posts. Christifideles laici, 59; cf. Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4).
El Magisterio de la Iglesia no se entromete en la acción política cuando ilumina la conciencia cristiana de los fieles y exhorta a los cristianos a ser coherentes cuando aspiran a ordenar la vida pública según sus convicciones políticas. El Magisterio recuerda a los católicos comprometidos con la vida política que han de actuar de tal forma que “su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política [24.11.2002], n. 6). Los católicos que actúan en política tienen el deber, legítimo en democracia, de buscar la realización de la verdad conforme a la mente de Cristo y han de evitar secundar cuanto es contrario a la dignidad de la persona y a la defensa de los más débiles y de los pobres, de los inocentes y de cuantos necesitan mayor protección. Un cometido que han de llevar a cabo inspirándose siempre en el amor de Cristo, que dió su vida por nosotros exhortó a sus discípulos a ser consecuentes con su elección: “No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os ha elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y déis fruto y vuestro fruto dure” (Jn 15,16).

Que santísima Virgen del Mar y san Indalecio, fundador de la diócesis y protector de la ciudad nos lo alcancen así de Cristo Jesús.

S.A.I. Catedral de Almería
15 de mayo de 2014
San Indalecio

                                               + Adolfo González Montes

                 Homilía de Monseñor Adolfo González Montes en la Solemnidad de San Indalecio

                                          Patrono de la diócesis y de la ciudad de Almería

Queridos sacerdotes concelebrantes, miembros del Excmo. Cabildo Catedral;
Excmo. e Ilmo. Sr. Alcalde;
Dignas Autoridades civiles y militares;
Seminario Conciliar de San Indalecio;

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta patronal de la diócesis nos vuelve hacia los orígenes apostólicos de nuestra fe, que llegó a las costas mediterráneas de Almería con la predicación del Obispo san Indalecio. Este varón apostólico congregó en iglesia a cuantos aceptaron la fe que predicaba, fundando en ella el núcleo eclesial del que históricamente emerge nuestra diócesis. Fue posible porque las cosas de Dios salen siempre adelante sin que los hombres puedan oponerse a ellas. Así lo argumentó el gran rabino Gamaliel ante el sanedrín hablando a favor de la libertad de predicación para los apóstoles para hablar en nombre de Jesús.

Sin embargo, las persecuciones no le han sido ahorradas a la Iglesia a lo largo de su historia y son cruda realidad del presente en diversos países y latitudes del mundo. El libro de la Sabiduría nos ayuda a interpretar los padecimientos de los justos, afirmando que aparecerán como hacedores de la justicia de Dios, cuando llegue el tiempo prefijado por el Creador y Redentor del hombre. Si la justicia comienza con el reconocimiento y culto de Dios como fundamento de la moralidad de las acciones, los padecimientos del justo serán resarcidos cuando se revele que obraba la fundamental de las justicias, y así aparezca rehabilitado por Dios contra el proceder de sus perseguidores, que dirán: “Este es aquel de quien nos reíamos y a quien nosotros, insensatos, insultábamos. Su vida nos parecía una locura y su muerte una ignominia. ¿Cómo ahora es contado entre los hijos de Dios y comparte la suerte de los santos?” (Sb 5,4-5).

Dios, en efecto, es el rehabilitador de las víctimas injustamente tratadas, las cuales no son resarcidas por los hombres. A veces desesperamos de Dios, porque nos falta fe en la justicia divina; o porque imaginamos el ejercicio de la justicia por Dios al modo como ejercemos justicia los hombres. Cuan los predicadores del Evangelio, que plantaron la Iglesia mediante la predicación padeciendo la persecución, afrontaron su destino sabían que Dios tiene la última palabra y que las cosas de Dios no pueden ser frenadas por los hombres, aun cuando las apariencias pueden decir lo contrario.

La fe, como dice la carta a los Hebreos, “es el fundamento de lo que se espera, y la garantía de lo que no se ve” (Hb 11,1), y “por ella son recordados los antiguos” (v. 2). Así, del mismo modo que por la fe algunos “apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros” (Hb 11,34), otros muchos “fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo (…) faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra” (Hb 11,35b-38).

Conocedor de este texto sagrado, el gran rabino judío Gamaliel, al defender a los apóstoles, no podía prever entonces hasta qué extremos estaría la historia de la Iglesia jalonada hasta nuestros días por las persecuciones de uno u otro signo, unas cruentas y otras incruentas, pero tal vez no menos insidiosas cuando el integrismo religioso de una parte y el laicismo de otra atenazan la libertad de la conciencia religiosa de tantos millones de seres humanos. Esto sucede sin que quienes tienen responsabilidades públicas en los países democráticos hagan cuanto está en su mano para reivindicar, con su apelación a la justicia, el respeto a la libertad religiosa de las personas y de las colectividades. Se siguen así infligiendo los mismos castigos que en el pasado —algunos llevan incluso a la muerte de quienes los padecen— contra quienes predican el nombre de Cristo y contribuyen con su predicación e instrucción en la fe a la conversión de las personas, cuyo derecho a la libertad de conciencia, creencia y religión no son respetados en el ordenamiento jurídico de muchos países. Conocedor de ello, estos días así lo ha puesto de manifiesto el Papa Francisco, reclamando el debido respeto a la libertad religiosa de los cristianos. La libertad de religión incluye su manifestación pública y la posibilidad de cambiar de creencias y, en consecuencia de religión.

La carta a los Hebreos preveía que la fuerza de la fe en Cristo Jesús sería capaz de todos los sufrimientos por amor a él, sabiendo que el dolor es fuente generosa de vida para cuantos reciben del Espíritu Santo la fortaleza para afrontar la vida cristiana. Por eso, con la intención de darles ánimo, el autor de la carta escribe a los miembros de una comunidad que se ha venido en algún modo abajo y siente debilitada su fe, añorando tal vez los tiempos del culto en el templo de Jerusalén; y les dice:  “Recordad aquellos días primeros en los que, recién iluminados, soportasteis combates y sufrimientos” (Hb 10,32). Prosigue recordándoles del heroísmo del que fueron capaces, para concluir levantando su depresión y desesperanza con palabras de ánimo mientras, les recuerda aquellas otras palabras del profeta Habacuc: “«Mi justo vivirá por la fe, pero si se arredra, le retiraré mi favor» [Hab 2,3s]. Pero nosotros no somos gentes que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma” (Hb 10,32.39).

Es lo que hemos escuchado en la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios: los cristianos vamos contra corriente y no puede ser de otra manera, si queremos permanecer fieles a Jesucristo; porque, en efecto, dice el Apóstol: “El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación —para nosotros— es fuerza de Dios” (1 Cor 1,18).

Hemos vivido el misterio pascual con la intensidad de la Semana Santa como práctica de fe y de piedad, celebrando en la sagrada liturgia los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Sabemos que no hay resurrección sin cruz, ¿por qué tener miedo de la radicalidad de nuestra fe? Transmitir la fe, instruir en la fe, acomodar la vida a las exigencias de amor del Evangelio, dispuestos a desprendernos de nosotros mismos, de nuestros deseos egoístas y pecaminosos es una tarea ciertamente difícil y a veces dolorosa. Es una tarea dura, porque exige disciplina de vida y coraje para afrontar los obstáculos que el mundo pone al justo, al que quiere obrar la justicia divina y gobernar su vida por ella.

Esto es verdad, pero los cristianos no podemos olvidar que lo que el mundo considera una locura o un escándalo, la cruz, es —como nos recuerda el Apóstol— la fuerza divina que sostiene una vida cristiana, afrontada con elegancia espiritual y sostenida por la fortaleza de la fe frente las desviaciones de los hombres, que se alejan de Dios cuando optan por sus propias ideas contra la voluntad de Dios. No podemos dejar de lado, como creyentes que somos en Cristo, que Dios nos ha hablado por los profetas, pero en él, en Cristo Jesús, Dios ha pronunciado su palabra definitiva e irrevocable, revelándonos el amor de Dios y el destino de gloria que espera a los que obedecen a Cristo.

El evangelio de san Juan que hemos proclamado nos descubre que Jesús mismo sostiene con su amor la fe del que cree en él. El apóstol se nutre del amor de Jesús, de su amistad, en la cual se reconoce alimentado por la savia de la divinidad del Hijo de Dios, que se hizo hombre para estar a nuestro lado llevando la cruz y llevándola en nuestro lugar. Jesús nos ayuda a llevar nuestra cruz, la que es nuestra, la de cada uno en su propia circunstancia, sobre todo cuando arrecian las dificultades sociales y morales, cuando aparece la enfermedad o se nos va un ser querido. Si nos mantenemos unidos a él, “fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús” (Hb 12,2), el amor de Jesús por nosotros sostendrá nuestra fe y también nosotros habremos comenzado a resucitar ya en esta vida como hombres nuevos. Para ello tenemos que seguir sus huellas, las huellas de Jesús, “quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hb 12,2b).

Las palabras de Jesús en el evangelio de san Juan están particularmente dirigidas a los apóstoles, a quienes les sucedieron en el apostolado, como san Indalecio y los varones apostólicos. Están dirigidas a los que Jesús sigue llamado a la predicación y el ministerio de la santificación de los fieles, pero tienen un alcance universal para todos los bautizados, porque todos están llamados a afrontar una vida conforme con la justicia divina y en la cual el testimonio de Cristo resplandezca por la coherencia de las obras.

Es Jesús quien nos ha elegido y nos ha destinado a dar fruto. Por el bautismo fuimos injertados en su cuerpo místico como miembros de la Iglesia. Seamos consecuentemente cristianos y demos testimonio de la fe que profesamos. Lo lograremos, si permanecemos unidos a Cristo y nos nutrimos de la savia de la vida divina que nos da el Hijo de Dios, cuando olvidándonos de nosotros mismos nos volvemos a él, “apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús, fiel al que lo nombró, como lo fue Moisés en toda la familia de Dios” (Hb 3,1b-2). Cristo es más que Moisés, porque es Cristo quien funda en nosotros la familia de Dios, abriéndonos como fundador y jefe de la familia de Dios, por medio de su muerte y resurrección, el acceso a la filiación divina, “con tal de que mantengamos firma la seguridad y la gloria de la esperanza” (Hb 3,6b).

Este es el mensaje que predicó hace dos mil años en las costas mediterráneas san Indalecio, en cuyo honor celebramos esta solemne eucaristía, pidiendo por intercesión del santo Obispo fundador de la Iglesia urcitana mantenernos firmes en la fe y ser testigos de Cristo en nuestro tiempo. Que nos lo conceda así la santísima Virgen del Mar, que junto con san Indalecio ostenta  el patrocinio sobre la capital diocesana y cuya intercesión ante su divino Hijo hace suya la intercesión del Obispo fundador de nuestra Iglesia.

Lecturas bíblicas: Sb 5,1-4.14-16
                           Sal 88,2.6.12-13.16-19
                       1 Cor 1,18-25
                       Jn 15,1-7

S.A.I. Catedral de la Encarnación
15 de mayo de 2013
 + Adolfo González Montes
 Obispo de Almería
separador

                                                Homilía en la solemnidad de San Indalecio
                                 Obispo Fundador y Mártir Patrón de la Ciudad y de la diócesis de Almería

                                                                                                  “Yo soy la puerta: quien entra por mí, se salvará,
                                                                                                    y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10,9).

Queridos hermanos sacerdotes;
Ilustrísimo Sr. Alcalde;
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;
Queridos hermanos y hermanas:

San Indalecio, Fundador y Patrón de nuestra ciudad y nuestra diócesis, es  un  claro ejemplo de testigo de Cristo como evangelizador y pastor  acreditado por su martirio, que según la tradición consumaron los perseguidores; y aunque nos falta la verificación histórica de la tradición en lo tocante a su martirio, la condición de mártir del primer obispo de nuestra Iglesia queda patente en las lecciones de su  Oficio, que lo presentan “consumido por las muchas fatigas y a causa de los grandes trabajos sufridos por la confesión de Cristo y propagación de la fe cristiana” (Breviarium Romanum: Lectio VI in secundo nocturno). Son estas fatigas y trabajos causa de un martirio espiritual que identifica al buen pastor de su grey, que, configurado con Cristo crucificado, entrega su vida por la salvación de aquellos que le han sido confiados. San Pablo diría con gran dolor, ante la desviación de que habían sido objeto los gálatas, que la fidelidad a la verdad del Evangelio le costaba dolores de parto, y acosado por el temor del abandono de la fe recta por los nuevos cristianos exclamaba: “Me hacéis temer haya sido en vano mi afán por vosotros” (Gál 4,11).
Las amonestaciones del pastor bueno, que defiende a sus ovejas ante los zarpazos del lobo, no siempre son bien comprendidas; más aún, pueden resultar molestas y ser causa de enemistad con el pastor, al que se puede llegar a ver incluso carente de misericordia y de compasión evangélica. Cuando la desviación de la fe se apodera del corazón de los cristianos y éstos ya no pueden sufrir la corrección de sus pastores, los propios pastores vienen a ser desacreditados por aquellos fieles que no aceptan con humildad y de buen grado el mensaje evangélico y la claridad de la doctrina de la fe, y desearían tener un evangelio a la propia medida de sus deseos. Lo advertía san Pablo, exhortando a su discípulo Timoteo: “Vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír” (2 Tim 4,3).
Lejos de acoger la palabra de la predicación con corazón abierto a la compunción y el arrepentimiento, como los que escucharon el sermón de Pedro el día de Pentecostés, a veces se rechaza al pastor mediante la descalificación y burla de su mensaje, como sucedió con Pablo en el areópago de Atenas. Dice el libro de los Hechos: “Al oír «resurrección de los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron: «De esto te oiremos hablar en otra ocasión»” (Hech 17,32).  Entre nosotros hemos pasado de vivir como pueblo bajo la inspiración del evangelio y la moral católica a la descalificación del mensaje cristiano. Se tiene la impresión fundada de que, para algunos grupos influyentes sobre la vida social y la orientación de la cultura, se trata de apartar al pueblo fiel de la fe de sus padres, calificándola de visión del mundo sin fundamento científico y contraria al afianzamiento y progreso de las libertades; y sobre todo, como un obstáculo para lograr aquella modernidad que sólo sería posible mediante la implantación del laicismo sin tolerar alternativa alguna.
El apartamiento del pastor de la vida pública es el gran símbolo de su muerte sentenciada por la nueva ideología. Una muerte incruenta del ministro de la palabra de Dios, que, en el marco de una cultura relativista, no requiere su martirio físico, sino tan sólo la inteligente neutralización de su presencia social, evitando así que perturbe la pacífica posesión de una opinión dirigida por el poder en una sociedad sin referencia moral alguna de carácter transcendente.
Las lecturas que hemos escuchado hacen dos observaciones que el verdadero cristiano no puede pretender desconocer: La primera con relación a la carta de san Pedro que hemos escuchado como segunda lectura: contra el parecer común de la gente, el sufrimiento de Cristo crucificado entraba de lleno en el designio de Dios como medio de redención de los pecados de los hombres, por eso Dios lo ha resucitado de entre los muertos a Aquel, “que no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca” (1 Pe 2,22), para que, por el bautismo en su nombre, a cuantos creen en él le sean perdonados los pecados. Se cumple en Jesús la pasión del Justo, pues fué Dios mismo quien incluyó en su designio el sufrimiento del mártir sacrificado. Ya el libro de la Sabiduría contempla el sufrimiento de los justos como crisol de purificación de sus conciencias con el sacrificio de su vida, y a cambio, en el día final, “en el día de la cuenta, los justos resplandecerán como chispas que prenden en un cañaveral” (Sb  3,7).
El rechazo del mensaje de la cruz es tan sólo ciencia aparente, sabiduría del mundo que Dios destruye con la necedad de la cruz de Jesús. La cruz es revelación de una sabiduría divina que el hombre no entiende sin la fe, si le falta conversión al evangelio y permanece prisionero de sus pasiones y cautivo del pecado. Dios pide la conversión del pecador y la conversión sólo se puede dar prestando oído al mensaje del evangelizador, porque “quiso Dios salvar a los creyentes, mediante la locura de la predicación” (1 Cor 1,21). Por eso el rechazo del Evangelio trae consigo la persecución del evangelizador, pero su sufrimiento forma parte de la predicación de la palabra de Dios y de la llamada a la conversión.
Por otra parte, el martirio de los evangelizadores ha sido siempre manifestación inequívoca de la resistencia culpable de aquellos que rechazan el Evangelio, una resistencia a la palabra de Dios que sólo se disculpa a quienes obran por ignorancia invencible, sin que Dios cancele la llamada a su conversión al Evangelio. La palabra de Dios, que reclama conversión, ilumina la inteligencia y abre el corazón al amor de Dios. El hombre actual, que ha nacido en una tradición de fe que repudia o ignora, llevado por una desmesurada pasión de autosuficiencia, que le hace creer que la inteligencia emancipada y moderna es incompatible con Dios, desoye la palabra divina y se cierra a la salvación acontecida en la cruz de Jesús.
La cultura vigente, difundida desde el poder cultural de los grupos sociales que gobiernan la opinión pública, con el amparo cada vez más explícito del poder político parece querer erradicar del ámbito público los signos de la presencia de Dios. Se produce así una profunda contradicción entre lo que se pretende promover: una sociedad abierta y democrática, y  el sometimiento programado del silencio de Dios en esa sociedad, desterrando los signos y señas visibles de una tradición histórica de fe imposible de reprimir; porque una sociedad que ha sido cristiana, sin los signos de la presencia de Dios queda sin el amparo de un sentido de la vida, conocido y amado, en el cual se ha crecido. Sin Dios el hombre carece de otra esperanza que la frágil capacidad de hacerse a sí mismo sin Dios, una quimera y un intento vano y sin éxito posible, como acredita la memoria histórica reciente del siglo XX, memoria que se reprime y se tergiversa deliberadamente por la ceguera de la increencia y del odio a la fe.
Lo más duro de cuanto dice san Pablo es que “el mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición” (1 Cor 1,18), es decir, prisioneros de sí mismos sin poder abrir la mente y el corazón para dar entrada a Dios en su vida. Sin Dios es fácil burlar la ley, amparar la corrupción y la inmoralidad de conducta en una sociedad que ha perdido el sentido del pecado. Es fácil, porque, de cualquier modo, todo depende de las relaciones de poder y de su control, para someter la ley y el orden moral a los propios deseos y estrategias; y, al final, el triunfo aparente es de quien tiene mayor capacidad de poder y control social y, por eso, puede silenciar o reprimir cualquier aspiración que disienta aún a costa de cometer injusticia.
El hombre de nuestras viejas sociedades, que parece conducirse por el mero interés y desentenderse del valor moral de la vida,  necesita del retorno a los principios éticos y morales que la luz de la razón y la revelación de Dios en Cristo le proporcionan. En esta sociedad a la que hemos dado lugar llevados por el desinterés por Dios y la pasión egoísta por el propio bienestar y el sentido materialista de la vida, la Iglesia de Cristo cumple una función que los responsables de la sociedad deberían apreciar: predicar el Evangelio y, mediante la predicación, ofrecer al hombre actual los valores religiosos y morales de la existencia, los valores que pueden reconstruir un vida acorde con la dignidad del hombre y generar la paz social.
Nos es obligado hacer esta reflexión en la fiesta del Patrón de nuestra ciudad y de nuestra diócesis, porque san Indalecio fué testigo del Evangelio y pidió la conversión de sus oyentes a Cristo. San Indalecio puso con ello los cimientos de nuestra Iglesia proclamando la doctrina apostólica. El Obispo evangelizador plantó la Iglesia como luz que disipaba las tinieblas de la idolatría y del paganismo, que hoy vuelve a renacer en tantas personas, cautivas de ambientes profundamente alejados de la luz del Evangelio, donde se propician modos de conducta hostiles a la fe cristiana por los partidarios de la exclusión de Dios de la sociedad.
El hombre, sin embargo, no puede deshacerse de Cristo, porque la vida humana se ilumina en él, en su palabra y en sus acciones, en su persona divina. Contra ladrones y bandidos que abandonan las ovejas cuando llega el lobo, y asalariados a quienes no les importan las ovejas, Cristo es el Buen Pastor, que se deja conocer por sus ovejas entregando su vida por ellas. Jesús ha dado la vida por nosotros y en su muerte hemos sido salvados de nosotros mismos, de nuestro pecado y de nuestra miseria. Por él, que es la puerta de las ovejas que conduce a los pastos de la luz y de la vida, hemos conocido nuestro destino inmortal y feliz. La resurrección de Cristo ha iluminado el corazón del hombre con sus aspiraciones al bien y a la belleza, a la felicidad plena, que sólo Dios puede ofrecer.
Que la fiesta de san Indalecio nos ayude a volver sobre nuestra propia tradición cristiana, porque en ella Dios nos ofrece ya en nuestra condición de peregrinos la esperanza de la meta a la que el hombre aspira.
Que la santísima Virgen, a la que invocamos como Nuestra Señora del Mar, estrella de la evangelización y guía en las dificultades de la vida, interceda por nosotros amparando la oración y súplica de nuestro Patrón ante su divino Hijo.

Lecturas bíblicas:
Hech 2,14a.36-41    Sal 22,1-6
1 Pe 2,20b-25         Aleluya: Jn 10,14
Jn 10,1-10

S.A.I. Catedral de la Encarnación
15 de mayo de 2011

                                                                       +Adolfo González Montes
                                                                             Obispo de Almería

                                    HOMILÍA EN EL DOMINGO VI DE PASCUA
                               Día de la procesión de San Indalecio Patrón de la Ciudad y de la Diócesis de Almería

Lecturas:     Hech 10,25-26.34-35.44-48     Sal 97,1-4
                  1 Jn 4,7-10
                  Jn 15,9-17

         Queridos sacerdotes miembros de Capítulo de la Catedral,
         Ilustrísimas Autoridades,
         Religiosas y fieles laicos:

          La tradición religiosa de la Iglesia diocesana de Almería honra al Patrón de la ciudad y de la diócesis en estos días pascuales. Después de celebrar la fiesta litúrgica, es tradición solemnizar el homenaje al Santo Patrón en el domingo más próximo a su fiesta, celebrando misa estacional y procesión con la imagen del Obispo fundador de la Iglesia de Urci, cuya predicación la tradición remonta al tránsito de la primera a la segunda generación apostólica.  El Martirologio romano prefiere identificar a nuestro Patrón juntamente con los otros seis Varones apostólicos como obispos que rigieron y organizaron algunas iglesias de la Hispania meridional hacia finales del siglo III. Estas iglesias han conservado la memoria de su predicación y santidad. La posterior tradición mozárabe recogida por las Actas del siglo VIII cubrirá de trazos hagiográficos la historia de los obispos fundadores de las Iglesias béticas. El carácter legendario de estas Actas responde al adorno piadoso y legitimador del núcleo histórico que ha visto en los obispos de las comunidades cristianas de la Hispania romana de los primeros siglos la garantía de la transmisión y preservación de la fe apostólica.
         Entre estos obispos santos, san Indalecio brilla como fundador de la primera Iglesia almeriense, y la veneración de sus reliquias, anterior a la invasión musulmana, da testimonio de la memoria de su santidad e intercesión en favor de las comunidades cristianas de estas tierras; y porque así nos la ha transmitido la tradición, nos congregamos hoy para festejar su memoria. Queremos bendecir a Dios por el don admirable de la fe en Jesucristo que san Indalecio predicó. Su fiesta es siempre un  momento de gracia, una moción del Espíritu que Dios nos concede para que sepamos tomar el pulso a la situación de nuestra fe y de nuestra fidelidad a la predicación apostólica, y tomemos aliento para llevarla adelante. Un momento de gracia para recobrar impulso y energía espiritual que nos ayude a seguir confesando a Cristo en la sociedad de nuestro tiempo, ofreciendo un testimonio del Evangelio que tenga en cuenta las urgencias y necesidades de nuestros días tanto como la situación de alejamiento de la fe católica de tantas personas que han sido bautizadas y, sin embargo, viven al margen de la práctica de la fe y de la enseñanza magisterial de la Iglesia.
          Vivimos hoy una crisis social y cultural que pone en peligro la fe cristiana y que es en gran parte resultado del abandono de los principios evangélicos, aunque en ella convergen otros elementos. La libertad de movimiento de ideas y concepciones es propia de una sociedad abierta y democrática, pero eso no significa que todas las ideas y concepciones de la vida tengan la misma legitimidad ante la razón y la conciencia, si no queremos sucumbir a la dictadura del relativismo, para decirlo con palabras del Papa Benedicto XVI. Sobre todo porque hemos conocido a Cristo y la luz que la predicación evangélica arroja sobre el origen y el destino del hombre.
          Hemos de ser conscientes de que el relativismo lo impregna todo, y esto explica por qué se trata de combatir la visión cristiana de la vida para mejor imponer una ideología. Después de la dictadura de los totalitarismos del pasado siglo XX, hoy se quiere imponer una ideología contraria a la razón y la conciencia moral. Para ello se presenta el cristianismo como un producto cultural superado o en trance de superación, pero el evangelio no es producto de una cultura cerrada sobre sí misma. Ni el cristianismo quiso ser nunca patrimonio de una civilización occidental excluyente, sino un mensaje de salvación ofrecido a todos los pueblos, a los que la Europa cristiana llevó la luz del Evangelio. El mensaje cristiano es universal por su misma naturaleza, tal como acabamos de escuchar en la lectura del discurso de Pedro en casa del centurión romano Cornelio: “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (Hech 10,34).
           En estos domingos de Pascua he vivido como verdadera gracia el bautismo de más de sesenta catecúmenos africanos y de algunos europeos e hispanos. Todos ellos han encontrado en Cristo al Mesías y al Salvador de la humanidad, al Hijo de Dios hecho hombre por nosotros. Todos han reconocido en Jesús la revelación con alcance universal del Dios único, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Todos han visto en el Dios de Jesús al señor del destino del hombre, cuyo poder está por encima de las vicisitudes de la historia humana. Los nuevos cristianos han comprendido la enseñanza de la primera carta de san Juan, que acabamos de escuchar: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9).
           El hombre, en verdad, no puede vivir si no es por medio de Cristo, vida y salvación del mundo. Lo hemos escuchado en este tiempo de Pascua: Jesús es la vid que nutre los sarmientos que de ella reciben la savia vivificadora, sin cuyo alimento los sarmientos no tienen otro destino que secarse, morir: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden” (Jn 15,5-6).
            Jesús habla de permanecer en él, recibiendo de la luz y la vida que él es la iluminación y el sustento que nutre nuestra vida. No basta invocar las tradiciones históricas para mantenerse como cristianos, es necesario para permanecer en Jesús, guardar sus mandamientos, como dice el evangelio de san Juan que ha sido proclamado. Jesús llama amigos a sus discípulos porque les ha dado cuanto ha recibido del Padre; y ruega al Padre para que permanezcan en la comunión que se da entre el Padre y el Hijo cumpliendo sus mandamientos. Es imposible permanecer en la amistad de Cristo sin cumplir su palabra y sus mandamientos.
            No es posible que quienes se dicen cristianos y acuden a las manifestaciones públicas de la fe cristiana, como las grandes concentraciones procesionales que hemos vivido la pasada Semana Santa, pretendan una unidad con Cristo que destruyen con sus hechos y palabras. Resulta contrario a la fe profesada vivir contra el mandamiento de Cristo sobre la unidad del matrimonio, sobre el cual se fundamenta la unidad de la familia. Es asimismo contrario a la voluntad de Cristo, que quiso que sus discípulos fueran luz y sal de la tierra, separar la fe de la Iglesia de la acción social o política. Es incompatible con la fe cristiana, y también es incompatible con la razón y la más elemental conciencia moral, la ceguera con la que se pretende revestir el aborto libre y procurado como supuesto derecho de la mujer. Nadie tiene derecho a eliminar a ningún ser humano en gestación, una acción que el Vaticano II califica de  «crimen nefando» (Vaticano II: Const. Gaudium et spes, n. 51); y si una ley moralmente injusta lo ha despenalizado en algunos supuestos, jamás podrá ser revestido de derecho de nadie. Que el mal se extienda por la geografía de Europa no es argumento alguno para legitimar su implantación donde no se dé o se dé en menor grado. Semejante argumento, falaz a todas luces, podría hacernos pensar en la bondad de la infección ideológica que en el pasado siglo expandió en las sociedades europeas los más crueles totalitarismos. Las pandemias no parece que sean un argumento para legitimar la bondad de las infecciones contagiosas.
            El aborto mata la vida concebida y no nacida de millones de seres humanos en este siglo del progreso técnico y de cuya sensibilidad ecológica cabría esperar lo contrario. Acusar de hipocresía moral a quienes por imperativos de conciencia éticos defendemos la vida de los no nacidos, con fundamentos racionales y religiosos, es una descalificación injusta privada de toda legitimidad democrática. Porque no tiene valor argumentativo alguno apelar a las cifras de los embarazos no deseados que ponen bien de manifiesto la falta de una auténtica humanización de la sexualidad y la ausencia de una verdadera educación moral de los adolescentes y jóvenes en campo tan determinante de la vida, mientras todo se reduce a paliar los efectos de la promiscuidad y a promover de forma irresponsable la banalización de la sexualidad.
            Tampoco es aceptable en una sociedad abierta pretender callar la libertad de expresión, como ha sucedido ya, con la pretensión de dictaminar políticamente qué es y no es conforme con la ciencia. Esto sí es un acto inquisitorial e impropio de quienes han pretendido reprobar las palabras del Santo Padre, que, además, no han sido reproducidas ni en su tenor literal ni en su contexto. ¿Por qué tanta animadversión y odio de algunos sectores sociales minoritarios pero influyentes contra la Iglesia Católica? ¿Quizá porque la Iglesia no se aviene a las pretensiones de quienes se sirven de las instituciones públicas y de los medios de comunicación para imponer una moral relativista?  Estas acciones y situaciones que menoscaban la luz de la razón y la libertad religiosa, y que se revisten de conquistas de supuestos derechos, deben ser combatidas con libertad y valor moral por los cristianos que ocupan responsabilidades públicas, haciendo valer la razón de sus argumentos y el dictamen moral de su conciencia.
             Los poderes públicos tienen el deber de proteger a la mujer para que no se encuentre sola ante la tentación del aborto, aplicar medidas sociales justas y de protección de la vida, amparando los derechos que asisten a todos los niños en gestación y no nacidos: derechos personales que son inalienables y requieren una particular defensa por el estado de máxima debilidad e indefensión en que se encuentra el sujeto de estos derechos. Esta es una empresa de amor y testimonio cristiano, que hemos de estar dispuestos a llevar adelante en favor de la vida. Hemos de hacerlo contra una cultura de la muerte que avanza socialmente con el apoyo de poderosos medios de influencia sobre la opinión pública dejando en situación de indefensión tanto a los niños concebidos y no nacidos como a sus madres, cuya alma queda insoportablemente herida con el aborto. No es alternativa la defensa del no nacido y la defensa de la madre. Van unidas en una sociedad justa y socialmente sensible al valor trascendente de la vida que nos llega por el don de la maternidad.
             En este año de oración por la vida, se lo pedimos a la santísima Virgen y a nuestro Patrón san Indalecio, para que la intercesión de la Madre del Hijo de Dios, nacido de su vientre, a la que se une la oración de nuestro Patrono, nos alcance la fidelidad a Cristo y todos nos sintamos movidos a defender la vida y a amparar a las madres que la dan a luz, mediante un acompañamiento personal y social que las ayude siempre contra la soledad y el abandono.

S.A. Catedral de la Encarnación
Almería, a 17 de mayo de 2009

+ Adolfo González Montes
        Obispo de Almería

                                                                                             HOMILIA
                                                                    FIESTA DE SAN INDALECIO
                                                            PATRONO DE LA CIUDAD Y DIÓCESIS DE ALMERÍA
Lecturas: Is 52, 7-10
Sal 95,1-3.7-10
2 Cor 4,1-2.5-7
Lc 5,1-11El patrocinio de san Indalecio sobre la Ciudad y diócesis de Almería viene de nuevo a congregarnos para la celebración festiva y solemne de la Eucaristía. Independientemente de los datos pormenorizados de la historia, San Indalecio es de hecho el Obispo evangelizador que dió origen a nuestra Iglesia en la Hispania romana en el tránsito del siglo I al siglo II. Si la tradición de los varones apostólicos tiene su fundamento histórico, éste no es otro que los hechos sucedidos. España fué muy pronto destinataria de la predicación de los discípulos de los Apóstoles, entre los que hay que colocar al Obispo fundador de nuestra Iglesia, sea porque, en efecto, fue discípulo inmediato de los mismos Apóstoles; sea porque san Indalecio predicó el evangelio en aquel contexto espiritual y misionero en el que se movieron los evangelizadores que sucedieron a la generación apostólica. Con la palabra de Cristo por todo equipaje, esa generación inmediata a la apostólica se entregó a la misión divina de predicar el evangelio afrontando desplazamientos cada vez más lejanos. Fue así como los primeros evangelizadores alcanzaron el Portus Magnus de la costa sur del Mediterráneo, si es que no fué Cartago Nova el único puerto de entrada del cristianismo en el sur de la Península. La fe plantada por aquellos predicadores de Cristo, muchos de los cuales hubieron de sufrir el martirio ratificando con su sangre la palabra proclamada, habría de dar frutos abundantes en tan sólo dos siglos. Los testimonios documentales, las crónicas y los monumentos dan fe de la expansión y del asentamiento del evangelio de Cristo en la Hispania romana del siglo III después de Cristo. Luego vino la ordenación canónica y la institucionalización del cristianismo. Los obispados, las iglesias y los monasterios configuraron un cristianismo, primero hispanorromano y después visigótico, con influencia bizantina en el sur oriental.Por destino de la historia la Iglesia plantada y asentada hasta entonces durante más de seis siglos se vió bruscamenteP. ADELINO G.P. cSsr Icono feb.2006 La Iglesia Católica ante el martirio de sangre  de Manuel y Diegoamenazada por la invasión y la dominación musulmana. La reconquista hizo posible el retorno de la fe de Cristo a estas tierras, que primero fueron cristianas. Se cumplen ahora los 500 años de la erección canónica de más de cuarenta parroquias almerienses. Cinco siglos de fe, que queremos celebrar a lo largo de este año en espíritu de acción de gracias y que, gracias a la colaboración y apoyo de las instituciones sociales y de las corporaciones municipales, será un centenario que no va a pasar inadvertido.Damos gracias a Dios todopoderoso, verdadero Señor de la historia, a quien están sometidos los tiempos y las generaciones, igual que los poderes humanos, por la fe recibida y conservada hasta hoy. Sabemos que la transitoriedad de las dificultades nos permite fundar nuestra esperanza en lo único perenne y duradero: el verdadero poder de Dios y el señorío de Cristo sobre los acontecimientos. Esta esperanza nos da paz y sosiega la inquietud que generan los avatares de la historia, a veces causa de inmenso dolor para los pueblos, que nunca terminan de aprender de sus errores culpables. Sin esta esperanza trascendente sería difícil afrontar la pérdida de los valores y la falta de otro sentido para la vida que no sea el que discrecionalmente se quiera imponer desde los resortes del poder y los centros creadores y divulgadores de la opinión pública.Sin embargo, las palabras del profeta Isaías son claras:“La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre” (Is 40,8). Si Dios ha dado el poder a Cristo su Hijo, podemos comprender las palabras de Jesús: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21,33). Fiarse de la palabra de Cristo es el principio de la fe, y la fe produce la vida eterna.
Jesús quiso hacer de Pedro y de los apóstoles pescadores de hombres, trocando las redes marinas por la proclamación de la palabra, por la predicación del Evangelio. Para ello quiso afianzar sobre su palabra la acción apostólica de sus discípulos. El evangelio de san Lucas nos cuenta que Jesús les ordenó echar las redes de nuevo, después de haber pasado una noche infructuosa pescando sin haber cogido nada. Pedro, a la voz del Señor respondió: “... por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5,5). El evangelista continúa: “Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red” (v.6).Sólo quien se fía de la palabra de Jesús accederá a la pesca milagrosa. Dios, que comienza la obra buena  otorgando el don de la fe que llega con la predicación, la lleva a término con los frutos abundantes de la conversión. Perder la fe es exponerse a cosechar las redes vacías. Pero san Pablo nos dice que la fe viene de la predicación, y que ésta es necesaria para poder invocar el nombre de Dios y salvarse por la fe en el evangelio de Cristo: “Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo invocarán a aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian las buenas noticias!” (Rom 10,14-15).
El Apóstol recoge las palabras que hemos escuchado a Isaías en la primera lectura describiendo la hermosura de los pies sobre los montes de los mensajeros de la salvación: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que anuncia la salvación (...) y verán los confines de la tierra victoria de nuestro Dios” (Is 52,7). San Indalecio como los varones apostólicos que afrontaron la misión de Hispania e hicieron los primeros discípulos que prolongaron su obra fueron los mensajeros de la primera hora, los sembradores de paz, no la paz del armisticio entre partes hostiles, sino la paz reconciliadora del perdón de Dios por la sangre de Cristo, la paz redentora que es la misma salvación ofrecida como don y entrega divina al mundo.La siembra fué acompañada de la persecución y el martirio, siempre testimonio fehaciente de una esperanza que va más allá de lo que los hombres podemos prometer y esperar de nosotros mismos. Por eso, las dificultades hicieron exclamar a san Pablo: “Pero no todos obedecieron a la Buena Nueva”, y recurriendo de nuevo al profeta Isaías añade: “Porque Isaías dice: «¡Señor, ¿quién ha creído a nuestra predicación?». Por tanto la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo” (Rom 10,16-17).
Los pastores de la Iglesia, y con ellos todos los cristianos, hemos de ser muy conscientes de que la predicación es necesaria para la fe, pero la predicación encuentra dificultades de continuo. Siempre hay una amenaza sobre la predicación, por eso san Pablo tenía que advertir a su colaborar e hijo en la fe el Obispo Timoteo: “Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (2 Tim 4,3-4).Vivimos tiempos, en efecto, en que el relativismo de nuestra cultura no soporta la predicación del evangelio, pero no por eso hemos de sucumbir al espíritu del tiempo. Los cristianos estamos llamados a dar testimonio de la verdad, como lo hizo Cristo ante Poncio Pilato (cf. 1 Tim 6,14). El predicador del evangelio de Cristo tiene que afrontar la oposición que encuentra la exposición de la verdad y padecer las consecuencias que la predicación trae consigo, pero no por eso puede renunciar a su misión, porque el encargo que ha recibido de Dios le impide el acobardamiento como le impide predicarse a sí mismo. No es la predicación un discurso impositivo sino la propuesta que hace a los hombres de parte de Dios, y por eso mismo, el que predica inevitablemente apela a la autoridad del que le envía. Pues dice el Apóstol de las gentes: “Porque no nos predicamos a nosotros, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros, siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5).San Pablo nos recuerda que quienes hemos sido iluminados con la luz de la fe no podemos oscurecer esta luz ni apagarla, sino iluminar con ella a los demás “dando a conocer la gloria de Dios reflejada en Cristo” (2 Cor 4,6). ¿Cómo podemos llamarnos cristianos y renunciar a iluminar la vida con la luz de Cristo, Palabra de Dios y “luz verdadera que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo?”( Jn 1,9). Evangelizar es dar testimonio de la verdad que es Cristo en quien ha brillado la luz de la vida sin que las tinieblas hayan podido vencerla (cf. Jn 1,5). Pongamos, pues, en Cristo la esperanza de la victoria de la luz sobre toda la oscuridad, y confiando en las palabras de Cristo recordemos a los hombres de nuestro tiempo que Cristo es la verdad y que conocerle a él es conocer la verdad y “la verdad que hace libres”(Jn 8,32). Lo más grave de nuestros días es que, después de haber sido iluminados con la luz de Cristo no queramos permanecer en él y desoigamos sus admonitorias palabras y su advertencia: “Caminad mientras tenéis luz, / para que no os sorprendan las tinieblas; / el que camina en las tinieblas, no sabe a dónde va. / Mientras tenéis la luz, / creed en la luz, / para que seáis hijos de la luz” (Jn 12,35b-36).
Estas palabras de Cristo nos advierten del pecado contra el Espíritu Santo, cuya efusión sobre la Iglesia celebramos una vez más en este nuevo Pentecostés. Sólo es pecado sin perdón el pecado contra el Espíritu Santo, de ahí la extraordinaria gravedad moral en que inciden quienes se empecinan en invertir el orden de la creación asequible a la luz natural de la razón, y el pecado que representa oponerse a la luz con la que la revelación de Cristo ilumina la vida de los seres humanos. La luz con la que san Indalecio y los misioneros apostólicos que plantaron la Iglesia entre nosotros iluminaron la vida de Hispania, a cuyo resplandor hemos vivido.Que la santísima Virgen María quiera defendernos de huir del resplandor luminoso de la verdad revelada. A ella confiamos, en este año de la Inmaculada, el cuidado de nuestra Iglesia diocesana de Almería y le pedimos que ampare la fe que profesamos y que deseamos alimentar en la exposición de la palabra revelada y en la celebración de la Eucaristía.
S.A.I. Catedral de la Encarnación
14 de mayo de 2005
San Indalecio
Fundador de la Iglesia de Almería
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
separador homilético
PARAULES DE SALUTACIÓ DE MONS. JAUME PUJOL BALCELLS, NOU ARQUEBISBE METROPOLITÀ DE TARRAGONA I PRIMAT,                                                                        EN LA SEVA ORDENACIÓ EPISCOPAL I PRESA DE POSSESSIÓ DE L’ARXIDIÒCESI DE TARRAGONA
                                                                                   Catedral de Tarragona, 19 de setembre de 2004
                                                                         «El bon pastor dóna la vida per les seves ovelles» (Jn 10,11)

Salutacions i agraïments

Estimats germans en el Senyor,   M’agradaria que les meves primeres paraules a l’arxidiòcesi fossin un cant d’acció de gràcies a Déu. Amb sant Pau us convido a dir: «Beneït sigui el Déu i Pare de nostre Senyor Jesucrist, Pare entranyable i Déu de tot consol. Ell ens conforta en totes les nostres adversitats, perquè nosaltres mateixos, gràcies al consol que rebem de Déu, sapiguem confortar els qui passen alguna pena» (2Co 1,3-4).
   Primer de tot envio una salutació molt cordial als fidels de l’arxidiòcesi de Tarragona, de la qual fa uns moments he pres possessió. Voldria que arribés a tots i a cadascun d’ells: en primer lloc als components del Capítol de la Catedral i del Col·legi de Consultors, a tots els preveres i diaques, religiosos i religioses, laics i laiques, i molt especialment a tots els malalts i a tots els qui pateixen, i a les parròquies, moviments i associacions de l’arxidiòcesi. I, amb ells, a tots els qui m’acompanyeu aquí en aquest dia.
   Un saludo y agradecimiento especial al Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Manuel Monteiro de Castro, que ha presidido mi ordenación episcopal: deseo que haga llegar mi afecto y unión a Su Santidad Juan Pablo II, «principio y fundamento perpetuo y visible de unidad» (LG 27). Gràcies a Mons. Lluís Martínez Sistach, arquebisbe de Barcelona i antecessor meu a l’arxidiòcesi de Tarragona. Gracias también a Mons. Javier Echevarría, obispo prelado del Opus Dei, por su presencia en estos momentos tan importantes para mí: quiero agradecer aquí, públicamente, los incontables bienes espirituales que he recibido a lo largo de más de cuarenta años en el Opus Dei. He de donar les gràcies també a Mons. Joan Enric Vives, bisbe de la diòcesi d’Urgell, on vaig fer els primers passos en la fe; a Mons. Xavier Salinas, bisbe de Tortosa, que és el bisbe sufragani més antic de la província eclesiàstica Tarraconense; als altres bisbes sufraganis i als bisbes germans de la província eclesiàstica de Barcelona, amb els qui formem la Conferència Episcopal Tarraconense.   Agradezco muy especialmente la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal Española, cardenal D. Antonio María Rouco Varela; de los señores cardenales presentes, arzobispos y obispos, dels abats de Montserrat i Poblet, de los sacerdotes y diáconos y de todas las personas consagradas.
   El meu agraïment i salutació va dirigit també a l’Honorable Conseller en Cap de la Generalitat de Catalunya, Sr. Josep Bargalló; a l’Il·lustríssim Alcalde de Tarragona, Sr. Joan Miquel Nadal, i a totes les autoritats civils i militars que han tingut l’amabilitat de fer-se presents en aquest acte.
   Saludo els meus germans i tots els membres de la meva família. No vull deixar passar aquest moment sense recordar amb afecte els meus pares, Ramon i Carme, ja difunts, que van saber plantar en mi la llavor de la fe cristiana per tal que arrelés fermament, junt amb un amor molt gran a la meva terra catalana, als nostres costums i a la nostra gent. Ells em van ensenyar a estimar, a perdonar i a posar sempre Déu davant de tot. Podeu estar segurs que a ells —perquè van plantar aquesta llavor divina— els dec ser avui aquí. Quina vocació més gran tenen els pares de família!
   Un saludo a todos los que habéis venido de fuera de Cataluña, especialmente de Navarra, donde dejo muchos recuerdos y amigos, y de donde me traigo tantas cosas buenas.

Passat, present i futur

   Joan Pau II, en acabar el Jubileu de l’Any 2000, ens convidava «a recordar amb gratitud el passat, a viure amb passió el present i a obrir-nos amb confiança al futur» (NMI 1).

Recordar amb gratitud el passat




PABLO VIAJA A ROMA

ENERO.- María entre Pedro y Pablo es mujer INMACULADA para todo católico, apostólico y romano desde 1854

FEBRERO.- Pablo dicta a Tercio la carta a los Romanos que firma en Corinto el año 58

MARZO.- Pablo viajando a Roma por apelación  naufraga sin más peligro

ABRIL.- Pablo practica la imposición de manos para curar al padre de Publio

MAYO.- La mano de Pablo mordida por la víbora queda ilesa durante su  búsqueda de leña

JUNIO.- El expresivo Pablo del Greco

JULIO.- Pablo sólo en la cárcel de Roma escribe su II carta a Timoteo

AGOSTO.- Viaje accidentado de Pablo a la Roma imperial

SEPTIEMBRE.- La Hispania de la epístola paulina

OCTUBRE.- Celebración  de la fracción del pan portando pocas cosas

NOVIEMBRE.- Pablo sentado  misionando a tarraconenses

DICIEMBRE.-San Juan en la isla de Patmos escribe su Apocalipsis hacia el año 100


CALENDARIO
   Arribo a una arxidiòcesi venerable amb un passat gloriós que es fa contínuament present: les arrels apostòliques de sant Pau i santa Tecla; el martiri heroic de sant Fructuós, sant Auguri i sant Eulogi, així com el testimoniatge dels sants que en el transcurs del temps han anat coronant la vida de l’Església de Tarragona. Tots ells marquen una llarga història de fidelitat a l’Església i a Jesucrist. La nostra arxidiòcesi és una Església particular que ha engendrat i sostingut en la fe moltes altres Esglésies particulars al llarg dels segles, que ha estat —i ha de continuar sent— llum per a moltes persones i institucions. Té una tradició que la du a predicar sense descans, com sant Pau, la bona nova de Jesús, ja que «Jesucrist és el mateix ahir i avui i pels segles» (He 13,8), i ho ha fet enmig d’un poble real i concret, aquell que habita a l’Alt Camp, al Baix Camp, al Baix Penedès, al Tarragonès, a la Conca de Barberà, al Priorat i a alguns pobles de l’Urgell i de les Garrigues.
   Recordem aquí, doncs, molt breument, el passat amb gratitud, i volem afegir a aquesta rica història l’ofrena de les nostres vides, amb les nostres il·lusions fetes realitat, posada l’esperança en Crist mort i ressuscitat. Viure amb passió el present   Ben ancorats en aquest passat il·lustre, volem viure amb passió el present. Quan es viu la vida cristiana, quan es viu de fe, es posseeix una llum que dóna sentit a les diverses circumstàncies de la vida i es rep resposta a les grans preguntes que ens fem. Els cristians tenim resposta —no receptes— a les qüestions que les persones i la societat es plantegen. Volem aportar a aquesta societat, tants cops materialitzada, la vida de l’Esperit, el sentit de la transcendència, la llum de la fe. Perquè la fe porta a l’esperança, a viure amb sentit 
d’eternitat—de plenitud— la vida de cada dia, els esdeveniments ordinaris, i també els extraordinaris, que hi pugui haver al llarg de la nostra existència. Creiem que hi ha un Déu Pare que ens estima per sobre de les nostres misèries i errors, que ens ha enviat el seu Fill Jesucrist per salvar-nos, que ens dóna constantment l’Esperit Sant per ajudar-nos en el camí vers l’eternitat. Déu ens crida a ser-li fidels.
   La fe cristiana no ens aparta dels problemes i de les preocupacions de cada dia. Com hem llegit a la primera de les lectures, d’Isaïes, el Senyor ens ha enviat també a nosaltres «a portar la bona nova als desvalguts, a curar els cors adolorits; a proclamar als captius la llibertat i als presos el retorn de la llum; a proclamar l’any de gràcia del Senyor» (Is 61,1-2).
   La fe i l’esperança ens porten a viure la caritat, l’amor. Els cristians tenim el bonic deure d’estimar els altres com el Crist ens ha estimat (cf. Jn 13,34). I estimar és perdonar, disculpar i sobretot comprendre. Estimar és ajudar i dir les coses, perquè quan s’estima una persona se li diu allò que no va bé, com un pare o una mare fan amb els seus fills. I els cristians hem d’estar a prop físicament i afectiva dels més necessitats, sigui materialment o espiritualment: dels qui pateixen la malaltia, el dolor, la separació de les persones estimades —en definitiva, els qui participen de la Creu—, i també de tots aquells que experimenten en totes les seves formes la dolorosa orfenesa del nostre Pare Déu, perquè encara no el coneixen, o no han descobert la meravella del seu tracte, o se n’han allunyat per mil circumstàncies de la vida.Obrir-nos amb confiança al futur   Si volem obrir-nos amb confiança al futur cal viure amb aquesta fe, esperança i caritat. Però, en concret, què hem de fer ara que comença una nova etapa, un nou pontificat?
  Sa Santedat Joan Pau II, en l’exhortació apostòlica «L’Església a Europa», diu: «Sí, després de vint segles, l’Església es presenta a l’inici del tercer mil·lenni amb el mateix anunci de sempre, que és el seu únic tresor: Jesucrist és el Senyor; la salvació no es troba en ningú més que en ell (cf. Ac 4,12). La font de l’esperança per a Europa i per a tot el món és Crist, i "l’Església és el canal a través del qual passa i es difon l’ona de gràcia que flueix del cor traspassat del Redemptor—» (n. 18). I més endavant afegeix: «S’observa que les nostres comunitats eclesials han d’afrontar debilitats, fatigues, contradiccions. Necessiten també escoltar novament la veu de l’Espòs que les convida a la conversió, les incita a actuar amb entusiasme en les noves situacions i les crida a comprometre’s en la gran obra de la "nova evangelització". […] D’aquesta manera Jesucrist crida les nostres Esglésies d’Europa a la conversió, i elles, amb el seu Senyor i gràcies a la seva presència, es fan portadores d’esperança per a la humanitat» (n. 23).
   Amb aquestes llums el camí és clar. No és altre que el traçat en el Pla pastoral diocesà 2002-2005, amb els seus objectius i accions; un pla pastoral que és aplicació del concili provincial Tarraconense, que va ser una actualització i concreció a les nostres terres del concili Vaticà II. Vull ser continuador del que ja s’hi fa; vull impulsar i animar tot el que el Sant Pare ens indica a l’exhortació apostòlica «L’Església a Europa» i el que es diu al Pla pastoral diocesà: formació i acompanyament; evangelització i catequesi; matrimoni i família, religiositat popular, caritat i testimoniatge. I tot això ho vull fer amb un treball pastoral animat per una espiritualitat i un estil de comunió i de missió. Agraeixo de debò al meu antecessor, l’arquebisbe Lluís, així com als anteriors consells Presbiteral i Pastoral Diocesà i a tots els qui han treballat en aquest projecte —i en els projectes anteriors— la feina duta a terme. Com hem llegit a l’evangeli —i ho dic sense arrogància—, vull ser per a tothom, amb l’ajut de Déu, el bon pastor que dóna la vida per les ovelles (cf. Jn 10,11).   Les vocacions al ministeri sacerdotal, així com a la vida consagrada, la promoció del laïcat, la tasca pastoral amb el jovent&#hellip; seran qüestions que ocuparan molt especialment la meva ment i el meu cor.
   Vull que la col·legialitat i la voluntat de diàleg regeixin el meu pontificat: voluntat d’escoltar tothom, d’acollir tothom, d’aprendre de tothom, de ser l’arquebisbe de tots, sempre dins la identitat de l’única Església de Jesucrist. Vull treballar, en primer lloc, al servei de tots els fidels d’aquesta arxidiòcesi, per tal que la fe i l’amor al Crist i a la seva Església augmentin i s’enforteixin. Prego ara el Senyor que ens concedeixi allò que sant Pau ens diu a la segona lectura: «Un sol cos i un sol esperit, com és també una sola l’esperança que neix de la vocació rebuda. Un sol Senyor, una sola fe, un sol baptisme; un sol Déu i Pare de tots, que està per damunt de tot, actua a través de tot i és present en tot» (Ef 4,4-6).
   Demano al Senyor, germans estimats, que ressonin en tots vosaltres aquests desigs per a l’etapa que s’inicia, i que l’anunci de Jesucrist redemptor arribi a tot arreu, a totes les famílies i a totes les persones d’aquesta beneïda terra de Tarragona. Sento en la meva ànima l’impuls de fer realitat, amb la col·laboració de tots, el contingut de les paraules de sant Pau que he triat com a lema per al meu pontificat: «El que has escoltat, ensenya-ho» (2 Tm 2,2).
   Però aquest servei està obert a tots els camps de la vida social, política i econòmica del nostre poble. Aprofito la presència de representants tan qualificats de les diverses institucions per oferir-los la nostra lleial col·laboració en tot allò que sigui possible, per al bé de les persones i per ajudar a solucionar els problemes que tenim. Sabeu que compteu sempre amb la nostra estima, ajuda i pregària davant el Senyor.
   I des de l’arxidiòcesi metropolitana i primada de Tarragona volem continuar prestant un servei a tots els bisbats de Catalunya, amb els quals ens uneixen lligams culturals i històrics entranyables —àmpliament descrits al document «Arrels cristianes de Catalunya»— que han donat molt de fruit a l’Església durant tants segles, i que els continuaran donant amb l’ajut de Déu i amb el nostre esforç personal.
  I des de la nostra identitat, com deia sant Fructuós al soldat Fèlix, hem de «tenir al pensament l’Església catòlica, estesa d’Orient a Occident». L’Església de Tarragona sempre ha tingut un cor acollidor, catòlic, universal.   Germans i germanes, la fe ens posa sempre per davant una tasca molt bonica i que exigeix totes les nostres energies, perquè el món, com diu sant Pau, espera «la manifestació dels fills de Déu».
   No voldria acabar les meves paraules sense donar les gràcies molt sincerament a tots els qui durant aquests mesos han tingut cura de l’arxidiòcesi i han preparat aquesta celebració, de manera molt especial a l’administrador diocesà, Mn. Miquel Barbarà, a qui agraeixo de tot cor les seves paraules a l’inici de l’acte. I no vull deixar d’esmentar el Cor i Orquestra dels Amics de la Catedral, que han magnificat la celebració i dels quals espero poder gaudir en moltes altres ocasions. També manifesto el meu reconeixement a les entitats i organismes de les Administracions que hi han col·laborat.
   Envoltat d’un núvol de testimonis que han afermat la vida d’aquesta venerable Església durant tants segles, invoco, davant vostre, la intercessió de l’apòstol sant Pau, i de santa Tecla, deixebla i oïdora de la Paraula, i vull fer-me digne de la intercessió de sant Fructuós i dels seus sants diaques, dels sants pastors Pròsper i Oleguer, i també de sant Josemaría Escrivà, de qui vaig aprendre a estimar i servir l’Església.
   Finalment, m’encomano a la Mare de Déu, invocada sota tantes advocacions a la nostra arxidiòcesi, i de manera especial demano a la Mare de Déu de Montserrat, patrona de les diòcesis que tenen la seu a Catalunya, la seva ajuda pel ministeri que avui inicio: Mare, vetlleu per tots nosaltres, teniu-nos sempre dins vostre mantell blau.

separador homilético
                          BENVINGUDA AL NOU ARQUEBISBE, MONS JAUME PUJOL BALCELLS
  Senyor Nunci Apostòlic, president de la celebració; Senyor Arquebisbe electe, pastors de l’Església, autoritats, representacions, germans i germanes. Permeteu-me una salutació més específica als preveres, diaques, religiosos i laics i laiques de l’arxidiòcesi de Tarragona, presents o que segueixen la celebració per mitjà de pantalles o de la televisió Més Tarragona. Mereixeu estar en llocs millors en aquesta Catedral, però com que hem de ser acollidors els cedim als qui han vingut ocasionalment per a aquesta celebració.
   Senyor Arquebisbe electe, sigueu benvingut a aquesta venerable Església de Tarragona, metropolitana i primada de les Espanyes, com ho heu acceptat solemnement fa uns instants.["JURO DEFENSAR EL PRIMAT DE  L' ESPANYES"] Sou a la que des d’ara serà la vostra Catedral. Sereu una anella més en la successió de Fructuós. Com vaig dir en el comiat del vostre predecessor, l’arquebisbe Lluís Martínez Sistach, avui coconsagrant, aquesta Església és senyora, com ho és amb sobrietat aquesta Catedral que ens acull, sense oripells, i no és mesquina. Per això la vostra persona ha de rebre un acolliment cordial i generós. I així ho fem.   Veniu a una Església venerable que, segons una tradició més que atendible, és un dels llocs on s’ubica la realització del propòsit de sant Pau d’anar a Hispània, manifestat a la carta als Romans (15,24.28); una Església ben organitzada en el segle III i estimada fins i tot pels pagans, com consta a les primeres actes martirials de la península ibèrica, que narren el martiri del bisbe Fructuós i els seus diaques Auguri i Eulogi, al mateix amfiteatre actual de la ciutat de Tarragona. El bisbe d’aquesta Església, Himeri, rep al segle IV, l’any 385, la primera decretal del papa Sirici a occident amb les funcions que són ben bé de metropolità i de primat envers les províncies d’Hispània, i el mateix fa el papa Hilari al bisbe Ascani els anys 464 i 465. Tarragona era una Església cultualment important en el primer mil·lenni, com es desprèn de l’Oracional de Verona. Amb la invasió musulmana, sant Pròsper va haver de fugir a la Ligúria italiana. Aquesta Església va ser restaurada després de la conquesta cristiana per la butlla del papa Urbà II Inter primas Hispaniarum urbes de 1091. Segurament que té la història més brillant de tota l’Església universal de convocatòria de concilis provincials: des dels concilis provincials del primer mil·lenni, passant per ser la primera província eclesiàstica en tota l’Església que va fer la recepció del concili de Trento, fins a l’últim concili provincial Tarraconense de l’any 1995, que necessita una més intensa aplicació i que és ben bé una recepció del concili ecumènic Vaticà II. És una Església capdavantera en la devoció al Sagrat Cor i la primera a tot Espanya que va fer la processó de Corpus, en concret a Valls; una Església que ha promogut que en el credo del símbol dels Apòstols, quan afirmem que creiem en l’Església catòlica, hi afegim apostòlica i romana, com expressarem després en cantar-lo; una Església que ha tingut arquebisbes il·lustres com sant Oleguer, Antoni Agustín, el cardenal Cervantes de Gaeta, López Peláez, el bisbe auxiliar màrtir Manuel Borràs… només per citar-ne alguns —tenint presents els més recents—, que van tenir un paper important en aquella guerra fratricida del 36 al 39 del segle passat, ja que els dos capdavanters de posicions diferents de l’Església en aquell moment eren fills d’aquesta arxidiòcesi: el cardenal Gomà, de la Riba, i el cardenal Vidal i Barraquer, de Cambrils. És una Església que ha tingut, al llarg de la història, com a sufragànies, les seus metropolitanes de Pamplona, Burgos, Saragossa, València i, últimament, Barcelona; una Església que, com deia en el comiat esmentat a l’arquebisbe Lluís, de vegades ha sofert el martiri per ser Església i també per ser fidel al país, complint un deure elemental de cada Església particular; una Església, finalment, que també ha sofert el martiri força dolorós de la incomprensió, més dolorós encara quan prové de qui hauria de ser més comprensiu.   Sr. Arquebisbe electe, aquesta Església acull generosament la vostra persona i, com que creiem en l’eficàcia dels sagraments, quan haureu rebut la plenitud del sacerdoci i us haureu assegut a la seu de Fructuós sereu el nostre pare i pastor. Sabeu molt bé que veniu en un moment delicat. Necessitem una tasca profunda de comprensió i d’acceptació d’uns i altres, de fraternitat, de pau i de serenor. En els dos mesos que, per confiança del Col·legi de Consultors, he actuat d’administrador diocesà, he constatat que molts preveres i seglars han treballat per la unitat, la concòrdia, la serenitat i la pau. Crec que l’últim servei que he de fer com a administrador és dir-vos que trobareu persones cofoies, altres d’indiferents, però també n’hi ha moltes de profundament afectades en el seu sentit de comunió eclesial i de pertinença a l’Església. Les qui més m’han preocupat són les que estan afectades en el silenci solitari de la seva consciència. I totes són Església de Tarragona, Església que se sent qüestionada pel fet que, vivint com vivia amb normalitat, per nomenar el seu pastor s’ha seguit un procediment tan extraordinari. Malgrat tot, invito tots els diocesans a respondre amb actituds humanes i cristianes madures. Tots hem de donar respostes evangèliques de perdó i d’amor. Aquestes paraules volen ser un humil servei a l’Església de Tarragona; les hem reflexionat els membres del Col·legi de Consultors, que, per responsabilitat i obediència, exercirem la funció que se’ns demana en aquesta celebració.
   Sr. Arquebisbe, sigueu artífex entre nosaltres de concòrdia, de fraternitat, de pau i de comunió eclesial. Voleu ser l’arquebisbe de tots. N’esperem signes clars. Hem preparat tan bé com hem sabut la vostra consagració episcopal. Hem invitat els arxidiocesans a fer una recepció de la vostra persona amb sentit eclesial profund. A tots ens ha de moure el bé d’aquesta Església de Tarragona, que ha de continuar fent el seu camí amb fidelitat al Déu vivent i veritable, l’únic que mereix tot honor i tota glòria. Senyor Arquebisbe, sigueu benvingut.
   Mn. Miquel Barbarà Anglès, administrador diocesà sede vacante
   Catedral, 19 de setembre de 2004separador de diálogo
         SALUTACIÓ DEL SENYOR ARQUEBISBE, MONS. JAUME PUJOL BALCELLS A L’ALCALDE DE TARRAGONA
¡canción de cuna!    Moltes gràcies, Senyor Alcalde, per les paraules de salutació i benvinguda que m’heu adreçat en nom de la Corporació Municipal i de tots els tarragonins en la meva arribada a la ciutat de Tarragona, capital d’aquesta arxidiòcesi metropolitana i primada.
   Des d’ara seré ciutadà d’aquesta ciutat. Seré un ciutadà vostre. I us puc dir que estic content de formar part d’aquesta ciutat tan plena d’història. L’imperi romà la va fer una gran capital, de les més importants de tot l’imperi. Dins del recinte murallat, als peus del que era la zona religiosa, em sembla sentir el ressò de la predicació de sant Pau, que, segons una tradició atendible i venerable, va predicar en aquest lloc, on se situa la realització de la seva decisió de visitar Hispània, tal com ho manifesta en la seva carta als Romans (Rm 15,24-28).   Vinc a la ciutat del bisbe màrtir sant Fructuós i dels seus diaques Auguri i Eulogi. Hi vinc amb la missió de sant Pau i com una anella més de la successió de sant Fructuós, en compliment de la seva proclamació solemne que no ens mancaria pastor, feta abans del martiri a l’amfiteatre d’aquesta ciutat.   Fructuós va ser un bisbe molt estimat no solament pels cristians sinó també per tots els ciutadans. Amb la meva missió de bisbe i des de la meva missió de bisbe vull ajudar també a cercar el bé de tota la ciutat. Cadascú des de la nostra missió hem de fer una aportació al bé comú. Hem de treballar per una ciutat que sigui rica en valors humans i cristians, en la promoció dels valors del regne de Déu, un regne de veritat i de vida, regne de santedat i de gràcia, regne de justícia, d’amor i de pau.   Els fidels de l’Església catòlica tenim una gran aportació a fer a la ciutat de Tarragona, que no viu només del record de la seva història passada, sinó que viu un moment intens de transformació en tots els aspectes i que viu oberta i esperançada vers un futur que desitgem realment millor per a tots els ciutadans i ciutadanes. La nostra Església està fent una contribució important al bé comú de la ciutat amb les seves institucions pastorals, els seus centres docents, la seva preocupació per la joventut, el seu suport a la família i la seva llarga acció a favor de molts col·lectius que realment la necessiten: persones pobres, persones soles, persones malaltes, persones que en certs moments de la vida esperen una mà amiga que les ajudi en el seu fatigós camí.
   Us agraïm que valoreu aquesta acció, que és fruit de la propagació i vivència del missatge evangèlic. El Déu veritable és Déu d’amor i de pau. És Déu Pare que ens fa veure en cada home i en cada dona un germà i una germana. És Déu Pare que vol el bé de cada fill i filla i que ens crida a una plenitud de vida capaç de satisfer els anhels més profunds que bateguen en el cor humà. Des de la meva missió de pare i pastor desitjo que la bona nova de la salvació arribi a cada ciutadà que vulgui obrir a Crist les portes del seu cor en bé de totes i cada una de les persones i de la nostra estimada ciutat de Tarragona.
   Moltes gràcies
separador de diálogo Alcalde-Sr. Arzobispo
           PARAULES DE SALUTACIÓ DE L’ALCALDE DE TARRAGONA A MONS. JAUME PUJOL BALCELLSARAULES DE SALUTACIÓ DE L’ALCALDE DE TARRAGONA A MONS. JAUME PUJOL BALCELLS
EXCEL·LENTÍSSIM I REVERENDÍSSIM SENYOR ARQUEBISBE I PRIMAT,Sr.  Alcalde  de Tarragona    Us dono la benvinguda en aquesta ciutat, Tarragona, que des d’ara és també la vostra. Us la dono personalment i com a representant dels ciutadans de Tarragona. De tots, sense exclusions: tant dels catòlics creients i practicants, com dels altres cristians i, també, dels no cristians.
   El "Llibre d’entrades de reis i virreis i d’alguns privilegis" que es conserva en el nostre arxiu municipal documenta el protocol amb el qual la ciutat acostumava a rebre solemnement els arquebisbes d’ençà el segle XIV.
   Ara, a l’inici del segle XXI, Tarragona manté la tradició de donar una solemne rebuda en l’entrada d’un nou arquebisbe. Avui, és obvi que la societat civil de Tarragona no conserva el mateix esperit corporatiu i gremial de l’època medieval i de l’època moderna, però la ciutat no oblida aquella vella tradició.
   L’arxidiòcesi de Tarragona és seu de la Santa Església Catedral Basílica Metropolitana i Primada de les Espanyes, la qual cosa li confereix un caràcter especial i la converteix en el referent i pilar fonamental de l’Església catalana. En aquest sentit, cal continuar l’herència del concili provincial Tarraconense impulsat per l’arquebisbe Dr. Ramon Torrella. El seu predecessor, l’arquebisbe Dr. Lluís Martínez Sistach, en el seu discurs de presa de possessió, també es va comprometre a aplicar les resolucions conciliars.
   Vull recordar expressament que l’Església de Tarragona ha tingut una tradició insigne mentre es va poder desenvolupar amb llibertat, és a dir, mentre Catalunya va conservar el seu règim propi i les seves institucions. En són una prova contundent els nombrosos concilis i sínodes d’aquesta província eclesiàstica, documentats des de l’any 598, els quals van perdurar fins al segle XVIII, o sigui, fins la pèrdua de les nostres llibertats nacionals i la imposició de l’absolutisme, que també va afectar l’Església. Estic parlant d’un conjunt impressionat de més de 160 concilis que honoren altament la nostra seu metropolitana, l’Església catalana, l’Església universal, l’Església especialment tarraconense.
   La millor tradició dels nostres prelats ha estat justament la fidelitat i l’amor a la terra. L’Església a Tarragona, conduïda pel seu arquebisbe, ha de connectar amb tots els sectors de la societat, creients o no, per a treballar per una millor justícia social.   I és amb aquest esperit cordial, fraternal i de col·laboració que us dono la benvinguda. La vostra austeritat en la vida personal, la generositat en la dedicació i la sinceritat espiritual han de servir als cristians per sumar i cohesionar, no per fragmentar o per excloure.
   Personalment desitjava tenir un arquebisbe català. El desig s’ha complert. Tenim un nou arquebisbe català, sensible, per tant, a reconèixer i defensar la identitat de Catalunya i de l’Església catalana.
   Tarragona espera molt de vós, perquè estic segur que enteneu la necessitat de mantenir-la dignament en la preeminència que li correspon històricament i que mai més no ha de perdre, sinó que encara ha d’augmentar, seguint l’exemple dels vostres més destacats predecessors.
   El reconeixement de la figura de l’arquebisbe com a guia i mestre de tots els cristians de l’arxidiòcesi de Tarragona implica que la vostra tasca apostòlica s’adapti als principis i valors arrelats en la nostra societat durant les últimes dècades.
   Excel·lentíssim i Reverendíssim Senyor, la ciutat de Tarragona us dóna la benvinguda i us desitja que tingueu una fructífera labor apostòlica entre tots nosaltres.
   Benvingut i per molts anys!Joan Miquel Nadal i Malé, Alcalde de Tarragonaseparador
       Homilia de Mons. Lluís Martínez Sistach, arquebisbe de Barcelona, en la missa d’inici del seu pontificat.
                                                 Basílica de Santa Maria del Mar, 18 de juliol de 2004
               Amb goig inicio avui el meu ministeri episcopal en aquesta estimada Església metropolitana de Barcelona en la qual he rebut el baptisme —aquesta Basílica de Santa Maria del Mar m’ho recorda entranyablement—, la vocació sacerdotal, el ministeri presbiteral i episcopal. Vinc a tots vosaltres amb una actitud d’agraïment i perquè prengueu possessió de mi. Sóc ben conscient que l’encàrrec que el Sant Pare m’ha confiat consisteix a estimar i servir aquesta Església que té unes arrels antiquíssimes i que fretura per ser sempre fidel al Senyor per tal d’anunciar la bona nova de Jesús als homes i dones de la nostra societat.                 La paraula de Déu d’aquest diumenge il·lumina de manera ben diàfana el ministeri del bisbe diocesà i el treball de tots els membres de la nostra Església diocesana. L’apòstol Pau ens ha dit que és servidor de l’Església perquè Déu li ha confiat la missió d’anunciar Jesucrist a tothom, sense fer distincions. El servei més preuat del bisbe és l’anunci creient, fidel i joiós de Jesucrist.
                El Senyor m’envia a vosaltres a evangelitzar. Tota l’Església de Barcelona ha rebut del Senyor l’encàrrec d’anunciar la bona nova. Avui és urgent i molt necessari donar a conèixer Jesucrist als homes i dones de la nostra societat profundament secularitzada. Catalunya no està al marge dels corrents culturals de l’Europa occidental i participa del seu procés de descristianització. L’Església ha d’oferir el bé més preciós i que ningú més no pot donar-li: la fe en Jesucrist, font de l’esperança que no defrauda. La font de l’esperança per a la nostra arxidiòcesi, com per a tot el món, és Crist, i l’Església és el canal a través del qual passa i es difon l’onada de gràcia que brolla del cor traspassat del Redemptor.               La finalitat del concili provincial Tarraconense ha estat precisament aquesta: com evangelitzar, avui, la nostra societat catalana. I per assolir-ho hem de mirar tota la realitat eclesial i social del nostre país amb una immensa simpatia, amb la mirada del Bon Pastor (cf. Concili provincial Tarraconense, Prefaci). Així ho afirma el document episcopal “Arrels cristianes de Catalunya”. Joan Pau II, en la seva encíclica missionera, deia que els cristians “són signe de l’evangeli àdhuc per la fidelitat a la pàtria, al poble, a la cultura nacional, però sempre amb la llibertat que Crist ha portat”, i dirigint-se a Catalunya, amb motiu del seu mil·lenari, va afirmar: “Cal assenyalar que l’acció de l’Església ha anat configurant el poble català amb tots els trets propis: culturals, sociopolítics i econòmics. Aquesta herència” —continua afirmant el Papa— “us crida a tots a acréixer les virtuts cíviques, humanes i cristianes que han distingit els fills i les filles de Catalunya.”
               Tots som ben conscients de les dificultats que tenim en el treball de l’evangelització i de l’activitat pastoral. Aquestes dificultats les experimenten més els preveres i amb força mesura els altres fidels que estan més compromesos en la pastoral en el si de les parròquies, comunitats, institucions eclesials i enmig de la societat. Comprenc la vostra fatiga i fins i tot el vostre desencís. Molts de vosaltres viviu en el vostre interior el dolor que ocasiona sempre una modificació de la circumscripció de l’arxidiòcesi. Tanmateix em plau posar en relleu el vostre lliurament generós a l’Església que estimeu, el vostre zel amarat de caritat pastoral i el vostre servei constantment renovat i animat per l’adhesió personal a Jesucrist mort i ressuscitat. Us en dono gràcies i us dic que estic i estaré sempre al vostre costat per compartir com a pròpies les vostres alegries i les vostres tristeses.               El Gènesi ens ha recordat com Abraham i Sara desitjaven freturosament un fill, el fill de les promeses reiterades de Déu. Quina joia no devia tenir Sara, ja anciana, aquell dia que va preparar els panets, quan l’hoste diví li va dir que quan tornés el proper any ella tindria un fill! La vinguda i l’acció de Déu sempre és desconcertant i dóna confiança davant totes les dificultats. Desitjo, benvolguts, que Crist ressuscitat ompli sempre de serenor, d’esperança i d’il·lusió els nostres cors i el treball que realitzarem conjuntament en l’Església i en la societat. El Senyor de la glòria ens ha promès que estarà amb nosaltres dia rere dia fins a la consumació del món.
               Per viure aquesta presència de Crist, cap i pastor, en l’Església i en les nostres comunitats eclesials, cal acollir i escoltar Jesús com ho va fer aquella família amiga seva de Betània. L’evangeli d’avui ens ho recorda. Això ens mena a assolir la santedat, que és la vocació primera i fonamental que el Pare dirigeix a tots els cristians en Jesucrist per mitjà de l’Esperit. Els sants i santes de la nostra arxidiòcesi, des de santa Eulàlia fins a sant Josep Oriol, són els testimonis més esplèndids de la dignitat conferida als deixebles de Crist. Em plau posar en relleu el testimoniatge del Dr. Pere Tarrés, membre de la Federació de Joves Cristians, metge i sacerdot d’aquest presbiteri diocesà, que el proper 5 de setembre serà beatificat pel papa Joan Pau II a Loreto juntament amb dos militants de l’Acció Catòlica italiana.
               Realitzar un treball pastoral que doni prioritat a la pregària, personal i comunitària, significa reconèixer la primacia de la gràcia. Hi ha una temptació que assetja sempre el camí espiritual i l’acció pastoral mateixa: pensar que els resultats depenen de la nostra capacitat de fer i de programar. Potser per això Jesús va dir a Marta que estava preocupada i neguitosa per moltes coses, però que només n’hi ha una de necessària: escoltar als peus del Mestre la seva paraula.                Arreu els cristians tenim el repte de fer de l’Església —és a dir, de cadascun de nosaltres i de totes les realitats eclesials— la casa i l’escola de la comunió, si de debò volem ser fidels al designi de Déu i respondre també a les profundes esperances del món. Això ens demana a tots viure una autèntica espiritualitat de comunió. L’Església apareix més com una comunió si cada comunitat cristiana és capaç d’acollir tots els dons de l’Esperit. El Papa afirma que “la unitat de l’Església no és uniformitat, sinó integració orgànica de les legítimes diversitats; és la realitat de molts membres units en l’únic cos de Crist” (A l’inici del nou mil·lenni, 46).
                  L’Església ha de viure un amor preferencial pels pobres. Recordant el meu lema episcopal —“La caritat de Crist ens urgeix”—, desitjo fer present que aquesta consideració paulina ens mou a estimar Déu i el proïsme i a no separar mai aquests dos amors. No som del món, però vivim en el món i estimem el món creat per Déu i volem realitzar-hi el seu pla creador i redemptor. En aquest sentit, el concili Vaticà II afirma que “els cristians han de cercar i assaborir allò que és de dalt; això no disminueix, sinó que més aviat augmenta, la gravetat de l’obligació de treballar amb tots els homes en la construcció d’un món més humà” (Gaudium et spes, 57). Benvolguts laics i laiques, estigueu molt presents com a cristians en el món. El Senyor us confia especialment aquest camp de la seva vinya, i és assumint aquest compromís que estimeu Déu i els germans.      Vinc de la venerada Església metropolitana i primada de Tarragona que em va acollir amb actitud d’afecte i de col·laboració i que m’honoro d’haver servit amb el meu ministeri episcopal. Aquesta seu metropolitana de Barcelona que el Senyor em confia ha de treballar ben unida amb la de Tarragona per tal de continuar i intensificar la pastoral de conjunt que s’està realitzant al servei de l’Església a Catalunya. Com una anella més de la llarga successió apostòlica d’aquesta seu, vinc després del Sr. Cardenal Ricard M. Carles, que ha esmerçat amb sol·licitud apostòlica catorze anys del seu ministeri episcopal al servei d’aquesta porció del poble de Déu. Vaig col·laborar amb ell com a bisbe auxiliar en aquesta seu durant un temps a l’inici del seu pontificat. Us agraeixo, Sr. Cardenal, el vostre lliurament. El meu agraïment es dirigeix també al Sr. Bisbe Auxiliar Mons. Joan Carrera pel seu constant treball al servei d’aquesta Església; per a mi i per a l’arxidiòcesi, Sr. Bisbe, sereu un ajut molt necessari i molt valuós. Una salutació cordial a qui ha estat fins ara bisbe auxiliar, Mons. Pere Tena Garriga. Tinc també present el servei realitzat pel Sr. Administrador Apostòlic Mons. Josep Àngel Saiz. El meu record va dirigit ara als antecessors meus ja traspassats, d’una manera especial a qui vaig servir més de prop com a vicari general i després com a bisbe auxiliar, Sr. Cardenal Narcís Jubany Arnau.
                  Compto amb tots vosaltres, diocesans, i confio plenament en la vostra col·laboració constant i generosa. Em dirigeixo, en primer lloc, a vosaltres, molt estimats preveres que sereu sempre els més íntims i immediats col·laboradors del meu ministeri episcopal. El pastoratge de l’arxidiòcesi el faré sempre amb els vostres consells i la vostra participació. Hi ha entre tots nosaltres una profunda relació sacramental, ja que pel sagrament de l’orde participem del mateix sacerdoci ministerial de Crist. Procuraré que trobeu sempre en mi un amic, un germà i un pare. Us estimo a tots per igual. Tindreu ben obertes les portes del meu cor i de casa meva, sempre i a qualsevol hora. Els diaques estaran molt a prop del meu ministeri, exercint el servei que caracteritza el do sacramental que han rebut en bé de l’Església diocesana.                   Els seminaristes del nostre seminari sou la joia de l’Església. Vosaltres heu acollit amb generositat i valentia la crida que el Senyor us ha fet de servir-lo a ell i a l’Església en un futur proper en el ministeri presbiteral. Invito a tots els estimats joves de l’arxidiòcesi que considerin la vida com un do de Déu i que escoltin amb disponibilitat la crida de Jesús.
                   Benvolguts religiosos i religioses, de vida contemplativa i de vida activa, homes i dones de vida consagrada. Vosaltres engalaneu la nostra arxidiòcesi vivint fidelment el vostre respectiu carisma i treballant en diversos camps de l’Església i de la societat, contribuint així en l’edificació de tot el cos místic de Crist cercant el bé d’aquesta Església particular. Per a mi sereu sempre uns membres estimats i valuosos de l’Església i des de la vostra vida comunitària demanaré i agrairé la vostra col·laboració en la pastoral diocesana.
                   Les meves paraules plenes d’afecte van ara dirigides a vosaltres, laics i laiques de l’arxidiòcesi de Barcelona, que us sentiu Església i que participeu en el si de les parròquies, moviments, consells i institucions eclesials, i que esteu compromesos com a cristians en les realitats de la societat. La diòcesi necessita la vostra participació i col·laboració i esmerçaré temps i dedicació per a tots vosaltres. El tracte familiar i constant entre nosaltres ha de ser motiu d’esperança, d’un profit eclesial ben abundós i d’un reforçament més espontani de l’obra pastoral. Tinc molt present en la meva pregària i afecte els malalts, els pobres i els marginats i totes les persones que sofreixen per diversos motius.    Agradezco al señor Nuncio Apostólico de Su Santidad su participación en esta celebración y la imposición del palio esta mañana en la Catedral por encargo del Santo Padre. La comunión con el sucesor de Pedro será siempre el signo de una realidad profunda: la de sentirnos miembros de la Iglesia de Jesucristo extendida de Oriente a Occidente, y a la vez enriquece nuestra conciencia de catolicidad.
                   Deseo agradecer también al señor Cardenal de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, a los señores arzobispos y obispos su participación en esta eucaristía como expresión de la colegialidad afectiva y efectiva que propicia un fecundo trabajo eclesial. Gràcies, d’una manera especial, als bisbes de les diòcesis que tenen la seva seu a Catalunya, a tots ells reitero el meu servei al treball conjunt en bé de la comunió i de la missió de les nostres Esglésies.
           Agraeixo al Molt Honorable Senyor President de la Generalitat, al Molt Honorable Senyor President del Parlament de Catalunya, al Sr. Alcalde de Barcelona, al Sr. President de la Diputació i a totes les altres autoritats la seva atenció i deferència per fer-se presents i per participar en aquest acte. Corresponc al seu gest amb el meu agraïment i amb el desig de col·laboració lleial, des de l’angle que em pertoca, a la seva dedicació al bé comú.                   Gràcies a les meves germanes, nebots i familiars, i especialment als meus estimats pares, que per la comunió dels sants han estat molt a prop nostre. Sempre he trobat en la família el suport i l’ajut amarat d’amor que tots necessitem en la vida.
           El meu agraïment es dirigeix als sacerdots, religiosos i religioses i laics i laiques de l’estimada arxidiòcesi metropolitana i primada de Tarragona i de les altres diòcesis que heu volgut acompanyar-me en aquesta entranyable celebració. Que Déu us ho pagui.
                   Que Maria, sota les entranyables advocacions de la Mare de Déu de la Mercè i de la Mare de Déu de Montserrat, intercedeixi amb amor maternal en el camí que junts encetem al servei de l’Església que peregrina a Barcelona.

Separador                                                                                 Parlament d’acomiadament al Sr. Arquebisbe Dr. Lluís Martínez Sistach

Documento de despedidad del Sr. Arzobispo Luis Martínez SistachLos asistentes a las homilías en columna de a cuatro Senyor Arquebisbe Lluís, Sr. Arquebisbe-bisbe emèrit d’Urgell, Consell Episcopal, Capítol d’aquesta Catedral, i autoritats presents, preveres diaques, religiosos, religioses, laics i laiques de la nostra estimada arxidiòcesi, familiars del Sr. Arquebisbe, participants tots en aquesta celebració amb motiu del comiat del Dr. Lluís Martínez Sistach com a arquebisbe metropolità de Tarragona i primat de les Espanyes.Senyor Arquebisbe,
Acomiadar un arquebisbe és sempre un moment especialment intens en la vida de l’arxidiòcesi. Aquest és encara més especial perquè no és un final per haver arribat a una edat determinada, com va ser el comiat del Dr. Pont i Gol, o per trobar-se en un estat de salut delicat, com va ser el del vostre predecessor, recentment traspassat, el Dr. Ramon Torrella. Aquest comiat és diferent: heu rebut la missió d’esdevenir, des del proper diumenge, si Déu vol, el primer arquebisbe metropolità de l’arxidiòcesi germana de Barcelona. És la tercera arxidiòcesi que havent estat sufragània de Tarragona, esdevé metropolitana, després de Saragossa i de València (molt més abans, fins i tot Pamplona i Burgos). Des de la decretal del papa Sirici al bisbe Himeri de Tarragona, l’any 385, i des de l’any 419, en què el bisbe Ticià de Tarragona és anomenat per primer
cop metropolità, es dóna el fet que, per primera vegada, a Catalunya hi haurà dos metropolitans, i vós passeu de metropolità de Tarragona a metropolità de Barcelona.
Amb motiu d’aquest relleu diferents vegades heu manifestat la vostra convicció que un bisbe fa el bisbat i un bisbat fa el bisbe. És un donar i rebre mutu que s’ha esdevingut al llarg d’aquests set anys en què heu estat el nostre arquebisbe. Si hagués d’enumerar tot el que ha estat
aquest donar i rebre, si hagués de ser exhaustiu, depassaria l’espai que han de tenir aquestes paraules i desdibuixaria el caire de caliu que han de tenir. De tota manera, he d’expressar alguns fets com a indicadors o com a fites d’un camí recorregut mútuament durant set anys.
En primer lloc vull indicar el compromís per aplicar el concili provincial Tarraconense, manifestat clarament en l’homilia del dia de la presa de possessió i renovat reiteradament i de moltes maneres. En el si de la Conferència Episcopal Tarraconense heu aprovat, en aplicació del nostre
Concili, tres importants directoris: el Directori de pastoral sacramental, pel que fa als sagraments de la iniciació cristiana; el Directori de la parròquia i el Directori de l’arxiprestat; un llibre de pregàries del cristià i un cantoral litúrgic bàsic, a més d’altres aplicacions de les resolucions
conciliars. I pel que fa a l’aplicació a l’arxidiòcesi, vau acceptar el pla pastoral del vostre predecessor i n’heu aprovat dos més, tots ells amb la intenció d’aplicar el nostre Concili, perquè si els plans pastorals estan vius està viu el Concili, i si els plans pastorals s’apliquen, s’està aplicant
el Concili.Com a fites del llarg camí d’aquests set anys hem de fer esment també de les quatre cartes pastorals: "Treballem amb joia a la vinya del Senyor", "Caleu les xarxes", "Enviats per a donar fruit" i "Les vocacions sacerdotals, joia de l’Església". Aquesta última, que tanta difusió ha tingut i que l’han treballat diferents organismes, com el Consell Presbiteral i el Consell Pastoral Diocesà, grups i moviments, marca una preocupació important del vostre pontificat: la preocupació per totes les vocacions i especialment per les vocacions al ministeri ordenat de preveres  i de diaques. Fem ara presents els preveres i els diaques que heu ordenat. Tot això juntament amb la cura de pare i pastor per la situació personal dels preveres, de la qual cosa, més enllà del que és normal que es conegui, en podem donar fe els col·laboradors més propers. Cal subratllar també la preocupació pel Seminari i pels seminaristes. Moltes vegades us heu referit al paper dels laics tant de cara endins de l’Església com de cara enfora, animant
els laics i laiques a ser fidels al que els és més propi: donar testimoniatge enmig de les realitats temporals, en el món de la política, de l’economia, de la cultura i tot el que configura la realitat sociocultural del nostre país, que ens l’estimem perquè és el nostre, com diu el Concili. Una altra
fita del vostre pontificat crec que ha estat la intervenció reiterada en l’obertura a l’Europa que s’està construint a fi que estigui impregnada dels valors cristians que tant han contribuït a configurar-la.
Són fites molt pròpies de l’acció pastoral les orientacions i preocupacions sobre la família i sobre els joves, que han merescut, amb raó, una especial atenció. Us heu fet molt present a les parròquies, sobretot amb motiu de la confirmació de tants joves i de més grans a la Catedral. Heu estat present en els mitjans de comunicació social, amb intervencions molt sovintejades, setmanalment a través de la carta dominical Paraula i Vida retransmesa per la quasi totalitat d’emissores de ràdio que hi ha en el territori de l’arxidiòcesi i a les televisions locals de Tarragona i Reus.
Amb el vostre Consell Episcopal heu establert importants decisions pastorals, com per exemple l’agrupació de parròquies, l’admissió i acompanyament en el Catecumena Diocesà d’Adults, el memoràndum per al rector de parròquia i l’Estatut de l’arxiprestat, elaborat amb la participació del Col·legi d’Arxiprestos i del Consell Presbiteral.Com a bon canonista, us heu preocupat que cada organisme de la Cúria tingués el lloc que li correspon i exercís les funcions que li són pròpies. Us heu preocupat de dignifica el Tribunal diocesà i el metropolità, heu fet millores a l’Arxiu Històric Arxidiocesà i heu fet arranjar la Casa dels
Concilis a fi que pugui ser la seu de diferents organismes i moviments diocesans. Allí s’hi ubicarà el Museu Bíblic, que amb l’ajuda coratjosa i eficient dels seus responsables, serà d’una gran categoria. També hauria estat la vostra il·lusió que en aquesta Casa dels Concilis s’hi pogués posar, encara que fos testimonialment, un petit museu que donés a conèixer la gran història, única a l’Església universal, de la nostra tradició de concilis provincials.
Una altra fita important del camí d’aquests set anys ha estat la vigilància sobre els béns de l’Església, que com heu dit moltes vegades han de ser per subvenir les necessitats pastorals i per ajudar els més pobres, no permetent que, sota cobertures legals o intencions populistes, es realitzessin actes que en realitat serien una expropiació forçosa encoberta.
En aquest capítol dels béns materials, he deixat per al final —pel que en acabar aquesta celebració rebreu— la vostra preocupació i el vostre compromís per la restauració d’aquesta Catedral, en la qual s’hi estan realitzant les obres més importants que mai s’hagin fet després de la
seva construcció, gràcies al conveni signat entre la Generalitat de Catalunya, la Diputació de Tarragona, el Consell Comarcal del Tarragonès, l’Ajuntament de Tarragona i l’Arquebisbat, i per mitjà de les subvencions del Govern de l’Estat, totes molt importants i necessàries.
Essent arquebisbe de Tarragona vau ser renovat per a un nou quinquenni consultor del Consell Pontifici per als Laics i també vau ser nomenat membre del Consell Pontifici per als Textos Legislatius.No em puc allargar més. Només he indicat unes fites d’aquest llarg i intens camí de set anys del vostre pontificat. Si tot el que acabo d’esmentar fins ara es pot situar en la vessant del que el bisbe —en aquest cas l’arquebisbe— dóna a la diòcesi, sense descurar la col·laboració de tantes
persones que han fet la seva aportació, i que es pot dir
que va en la direcció del que la diòcesi aporta al bisbe, ara hauria de fer esment de manera més explícita de la vessant del que la diòcesi dóna al bisbe, en aquest cas l’arxidiòcesi a l’arquebisbe.
Comprendreu que en aquesta vessant he de ser modest. Deixeu-me dir només, Senyor Arquebisbe, que aquesta arxidiòcesi sens dubte que deu haver augmentat la vostra memòria històrica de les nostres arrels: sant Pa i sant Fructuós, d’on venim, i de la densa història dels segles que han transcorregut en "l’espessa boira de disset centúries", com diu Mn. Melendres. Aquesta arxidiòcesi us deu haver fet prendre més consciència del servei que aquesta seu ha fet a tot Catalunya i més enllà, i de quina és la nostra identitat, a la qual, malgrat la nostra pobresa, no podem renunciar; una Església que, malgrat les vicissituds que ha hagut de viure, ha volgut ser fidel a l’Església i al nostre país, Catalunya, com és un deure elemental de cada Església particular estimar i servir el propi país; una Església que diferents vegades s’ha vist revestida del vermell
martirial tant per ser Església com per ser fidel al país, que moltes vegades ha hagut de patir el martiri de la incomprensió, més dolorós quan prové de qui més hauria de ser comprensiu; una Església que estimem i que considerem venerable. Aquesta Església venerable us ha prestat
la seva venerabilitat i vós n’heu sortit enfortit amb més prestigi. Us hem donat la nostra comunió eclesial, la nostra comprensió i la nostra col·laboració lleial. Esperem haver estat fidels i haver correspost a la vostra confiança. Hem treballat per tenir pau i bona harmonia, per viure la
comunió eclesial en profunditat i per expressar-la amb signes d’amistat i de fraternitat. Sens dubte que això us haurà ajudat i haurà ennoblit el vostre servei ministerial. Us l’oferim com el millor regal de comiat. Que us serveixi per afrontar la nova responsabilitat que teniu encomanada. I
quan ens mireu des de Barcelona recordeu l’arxidiòcesi que vau trobar, la que mútuament hem anat fent al llarg de set anys, com a arquebisbe a l’arxidiòcesi i com a arxidiòcesi a l’arquebisbe, i la que queda l’endemà de la vostra presa de possessió a Barcelona.Tothom comprendrà que l’enumeració d’aquestes fites no s’ha de convertir en un examen de set anys de govern, que com tota acció humana pot tenir les seves limitacions i errades. Tampoc s’ha de convertir en un culte a la personalitat, que mai no hauria d’existir en l’Església. Moltes
vegades us he dit, com va dir Eulogi, diaca de Fructuós, en el judici abans del martiri: "Jo no adoro Fructuós, sinó el mateix que Fructuós adora."
Senyor Arquebisbe, tingueu la certesa que aquesta Església venerable, pobra però no mesquina, sap ser senyora, sense oripells, com és austerament senyora aquesta Catedral. I a qui ha dedicat set preciosos anys de la seva vida a servir-la dia a dia amb tant d’esforç i amb tant de treball, l’acomiada tant bé com sap i reconeixent-li el bé que ha fet. Els arquebisbes passen i l’arxidiòcesi continua. Ens hi mantindrem fidels.
Senyor Arquebisbe, moltes gràcies, i que l’únic Bon Pastor ens ajudi a tots, allà i aquí. Moltes gràcies!
Mn. Miquel Barbarà,
vicari general de l’Arquebisbat de Tarragona
Tarragona, 11 de juliol de 2004
Full parroquial
Edita: Arquebisbat de TarragonaDirector: Didac Bertran
Redacció i administració: Pla de Palau, 2 - 43003 Tarragona
Telèfon: 977 233 412 Fax: 977 251 847
a/e: mcs@arquebisbattarragona.org

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Homilía de Mons. Ginés García en la Fiesta de San Torcuato, Patrón de Guadix y de la diócesis accitana
Domingo 17 de Mayo de 2015 20:12    ESCUCHA ESTE TEXTO
 
HOMILÍA DE LA MISA PONTIFICAL EN LA SOLEMNIDAD DE SAN TORCUATO, OBISPO Y MÁRTIR, PATRONO DE LA DIÓCESIS

Excmo. Cabildo Catedral de la S.A.I. Catedral;
Hermanos sacerdotes y diácono;
Miembros de los institutos de vida consagrada;
Sr. Alcalde y miembros de la Excma. Corporación municipal;
Dignas autoridades.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

  La fiesta de san Torcuato nos acerca cada año hasta el origen de la fe apostólica de nuestro pueblo. De alguna manera nos hace recrear la aventura de la primera evangelización de la Hispania romana por los discípulos del Señor Jesús,  en medio de una Iglesia naciente que no se detenía ante ninguna dificultad, aunque se tratara de la entrega de la propia vida. Enviados a anunciar el Evangelio que habían recibido del mismo Jesús e impulsados por la fuerza del Espíritu Santo que recibieron el día Pentecostés, cumplían con el envío al que habían sido destinados: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15).

  Me gustaría recrear ahora, en este momento del camino de nuestra Iglesia, la actitud de aquellos hombres, de Torcuato y sus seis compañeros, enviados desde Roma por el apóstol Pedro. No imagino a unos hombres tristes que vinieran a anunciar calamidades, y que lo hicieran a la fuerza, sin fervor, como algo que hay que cumplir, más como carga que como deseo del corazón, como una rutina impuesta por la tradición o la autoridad de quien fuera. No imagino a funcionarios del Evangelio destinados a los confines del mundo entonces conocido. Quiero, más bien, imaginar, porque así fue, a un grupo de hombres con una fe convencida y viva, que atraídos por Jesucristo y su Evangelio, habían dejado todo para anunciarlo. Eran hombres, que por la predicación de aquellos que habían sido testigos de la resurrección del Señor, habían sido contagiados por la nueva vida de Jesús de Nazaret y venían dispuestos a contagiar a lo demás, aunque por ello les costara la entrega de la propia vida.

  Volver al origen gozoso y fecundo de nuestra fe es necesario y fundamental para que la Iglesia que camina hoy en Guadix no viva en una situación de acomodo, más preocupada por el recuerdo y la conservación de un glorioso pasado, que por dar respuesta, igual de generosa que la que dieron otras generaciones, al don de la fe. Es una llamada a volver al primer amor, a vivir en la docilidad de la fe recibida y en la fortaleza para confesarla ante los hombres.

  Acogemos gustosos la invitación del Papa Francisco a vivir una etapa evangelizadora marcada por la alegría: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (..). Quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría” (EG, 1).

  En el camino de la  fe siempre tenemos la luz de la Palabra de Dios que alumbra y guía la existencia, dando sentido a lo que somos y hacemos. Dejémonos, por tanto, iluminar por la Palabra que se nos ha proclamado hoy.

  Moisés, en el libro del Deuteronomio, invita al pueblo a hacer memoria, pero memoria, ¿de qué? Memoria de la acción de Dios, de las maravillas que ha hecho en Él. Memoria que da sentido a su origen y al camino que el pueblo recorre hoy, pues así las conquistas son un motivo de acción de gracias y las dificultades y fracasos una invitación a no desfallecer, a seguir adelante porque no estamos solos, Dios viene con nosotros. Toda nuestra historia es el reconocimiento que “el Señor es Dios y no hay otro fuera de él”. Es el Señor quien llamó a nuestros padres y nos liberó de la esclavitud. El reconocimiento de Dios en nuestra vida es también una llamada a vivir sus mandamientos “para que seas feliz tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre”.

  Queridos hermanos, qué importante es la fe en la vida del hombre. La fe no es un adorno, la fe marca y orienta todos los ámbitos de la vida humana, tanto personal como social. No es igual creer que no creer. Cuando un hombre o una mujer se sumergen en el misterio de un Dios que lo ama sin límites, no puede quedar indiferente, la vida ya no puede ser entendida ni vivida del mismo modo que antes del conocimiento o reconocimiento del Dios verdadero. El ser humano tiene necesidad de Dios para no hundirse en el sin sentido de una existencia intrascendente; por eso, cuando se aparta al Dios verdadero nace el mercado de diosecillos que compiten por ganarse al hombre con el único propósito de esclavizarlo. La garantía de la libertad y de la felicidad humana es un Dios que nos ama y nos pide amar a los demás como Él mismo nos ama. Y la prueba más clara de la verdad de su amor es que envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por Él, entregando el don de su propia vida.

  Nuestra memoria, la memoria cristiana, es por esto una memoria agradecida. Es la memoria de san Torcuato y sus compañeros, la memoria de Luparia y de los santos de esta Iglesia de Guadix, es la memoria de tantos creyentes sencillos que han conocido y gustado la alegría del Evangelio, el gozo de una vida según la voluntad de Dios.

  La aventura de la evangelización de esta Iglesia, como toda la evangelización, es una obra del amor. Lo expresa con gran belleza san Pablo en la primera de sus cartas a los Tesalonicenses que acabamos de proclamar: “Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas”. Sin amor no hay evangelización. Para seguir evangelizando hoy a nuestro pueblo hemos de amarlo. No se entrega la vida sino por amor, no se desgasta cada día la existencia por alguien a quien no se quiere. El amor a nuestro pueblo nos exige renovar nuestra fe y nuestro fervor para seguir llevando a Cristo. Las dificultades que las hay, porque siempre las ha habido, tienen que ser un acicate para no rendirse ante los problemas; nos mueve la hermosa tarea de que los hombres conozcan al Señor y lo amen. La fe cristiana ha sido, y ha de seguir siendo fundamento de esta tierra.

  Pero para esto, el grano ha de caer en la tierra; “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto”. Es la paradoja y la vocación del Evangelio, que no busca el éxito de este mundo, ni se fundamenta en números ni estadísticas. Morir es vivir. Caer en la tierra, hacerse tierra, vivir en la tierra de los hombres, compartiendo sus esperanzas e ilusiones, sus angustias y tristezas es la  misión de la Iglesia; una Iglesia que, desde hace dos mil años, ha sido solidaria con esta tierra y sus gentes, y hoy renueva su voluntad decidida de estar al servicio de los accitanos como lo estuvo san Torcuato.

  San Torcuato vino hasta la Acci romana, aquí anunció el Evangelio de Jesucristo, y aquí entregó su vida de un modo martirial. El mártir es testigo del Señor Jesús hasta la entrega de la vida, y si es necesario con el derramamiento de sus propia sangre. El martirio ha sido una realidad que no ha abandonado nunca a la Iglesia a lo largo de su historia, como lo anunció el mismo Señor. También hoy hay hermanos nuestros que siguen derramando su sangre por ser cristianos. Quiero hacer presentes de un modo especial a esos mártires de la fe de hoy. Hombres y mujeres que mueren por el hecho de ser cristianos, como consecuencia de la barbarie de los que toman el nombre de Dios en vano, y ante la indiferencia de un mundo occidental lleno de prejuicios religiosos, e incapaz de distinguir el bien del mal, más preocupados de levantar fronteras que de construir una mundo fraterno.

  El martirio de nuestro Patrón me invita a destacar tres signos que definen el martirio cristiano, y que hoy para nosotros accitanos, debe seguir siendo un signo de identidad y una apuesta por un futuro en esperanza para nuestro pueblo. Los elementos que identifican al mártir de Cristo son: confesión de la fe, perdón y entrega de la vida.

  El mártir de Cristo muere en y por la confesión de la fe. Le quitan la vida porque no renuncia a confesar el señorío de Cristo. Nuestro testimonio hay ha de ser el de la confesión sincera, convencida y generosa de la fe en Cristo. No hemos de temer vivir como el Señor nos pide, ni podemos dimitir del anuncio del Evangelio a un hombre, y en una sociedad indiferente que parece no necesitar este don precioso. Con convicción y paciencia, con amor y alegría, en definitiva, con el testimonio de la propia vida, hemos de emprender cada día la apasionante aventura de la evangelización.

  El mártir de Cristo siempre muere perdonando; es motivo de reconciliación. Qué testimonio más hermoso, pues creo que hoy, cada uno de nosotros, nuestra sociedad, tiene necesidad de perdón. Necesitamos perdonarnos a nosotros mimos –muchos de nuestras problemas personales tienen su origen en una falta de perdón de nosotros, de nuestro modo de ser, nuestro aspecto físico, nuestra historia-; perdonar a los demás, no hacer del otro mi rival o enemigo, sino mi amigo o mi hermano. Cuánto necesitamos mensajes de reconciliación, necesitamos verlos en la vida pública y en la privada. Hemos de desterrar cualquier violencia, también la verbal e ideológica, de lo contrario estamos transmitiendo a la sociedad que son más importantes las ideas –las ideologías- que las personas, y así estamos abocando a nuestro pueblo a la desconfianza y a la falta de fe en todo y en todos. Pero, ¿cómo vamos a perdonar si nadie nos perdona, si no tenemos experiencia de ser perdonados?. “Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!”, son palabras del Papa Francisco (EG, 2).

  El último elemento que define el martirio cristiano es la entrega. El mártir, como Cristo, entrega su vida. Es un acto libre y generoso. No es fruto de la fortaleza humana sino de la fuerza de la acción de Dios. Muchos testimonios martiriales nos muestran la flaqueza natural y el miedo de los que habían de morir mártires; sin embargo, en el momento del martirio se han convertido en un verdadero testimonio de fortaleza. Hoy también nosotros pedimos a Dios el don de la generosidad. Esta tierra bendita, adornada por la belleza natural y la bondad de sus gentes, pero castigada por una crisis de resonancias económicas, pero de origen antropológico y ético, necesita de mucha generosidad, generosidad de todos, pero especialmente de los que tenemos alguna misión en la vida social. Es necesario, quizás como nunca, el testimonio de unidad y de mutua colaboración; que nos duela nuestra gente, y que solos ellos sean nuestra preocupación y aspiración. Como acabamos de decir los obispos españoles en la Instrucción pastoral, “Iglesia, servidora de los pobres”, hemos de devolver al hombre la primacía que le corresponde en el orden de la creación y en la sociedad, poniendo a su servicio todos los bienes de la tierra. “Necesitamos un modo de desarrollo que ponga en el centro a la persona; ya que, si la economía no está al servicio del hombre, se convierte en un factor de injusticia y exclusión. El hombre necesita mucho más que satisfacer sus necesidades primarias” (n 23). La primacía del ser humano exige la defensa de la vida desde el momento de su concepción hasta la muerte natural. Nunca se puede ser un derecho quitar la vida, ni anteponer los derechos del fuerte sobre los del más débil. La primacía del hombre exige también una vida digna. No quiero olvidar tampoco la libertad de los padres para elegir la educación que quieran para sus hijos, incluyendo la enseñanza religiosa y moral. En fin, la primacía del hombre es una llamada a trabajar por el bien común, esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. En este trabajo por el bien de todos nos han de preocupar de un modo especial los más desfavorecidos.

  Pidamos hoy por nuestra tierra y por nuestros hermanos; por todos los hombres y mujeres de este mundo, pero hagámoslos con miras amplias, como dice santa Teresa de Jesús a las monjas del convento de san José: “No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (Camino de perfección, cap. 1, 5).

  Termino pidiendo a san Torcuato, lo que le pedimos en el himno: “Obispo amoroso tus ojos mortales vieron a la Virgen en Jerusalén; ya que no tus ojos danos tus virtudes para que el cielo la podamos ver”.

                                                          + Ginés, Obispo de Guadix    15-5-2015


Guadix celebró a su patrón San Torcuato Viernes 16 de Mayo de 2014 ESCUCHA ESTE TEXTO

Homilía de Ginés García Beltrán, por el patrón de la diócesis de Guadix, San Torcuatro
Homilía de Ginés García Beltrán, por el patrón de la diócesis de Guadix, San Torcuatro

Excmo. Cabildo de la S.A.I. Catedral; Hermanos sacerdotes; Diácono y seminaristas.
Miembros de los institutos de vida consagrada; Hermandad de San Torcuato;
Sr. Alcalde y miembros de la Excma. Corporación municipal; Dignas autoridades. Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

  La fiesta de San Torcuato, fundador y patrón de la diócesis de Guadix, nos invita un año más a volver a los orígenes de nuestra fe, que hunde sus raíces en la misma época apostólica. Si cada 15 de mayo es para nosotros una fiesta de la fe, este año con una nota muy especial al celebrar el Año de la fe.
Esta fiesta ha de ser, por tanto, una nueva oportunidad para hacernos conscientes del don que supone la fe que recibimos del testimonio apostólico, y un momento para renovarla en el gozo de los que han  experimentado el amor de un Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (cf 1Tim 2,4-5). Como hemos rezado en la oración propia de esta solemnidad, le pedimos al Señor “ser dóciles a la fe recibida y fuertes para confesarla ante los hombres”.
Celebrar la fe es, por una parte, expresar el agradecimiento del corazón por tanto bien recibido, es hacer memoria agradecida de las maravillas que Dios ha obrado en nosotros y en nuestro pueblo a lo largo de la historia; pero, al mismo tiempo, es una invitación a mirar al futuro con ojos de fe, a confiar en Dios que sigue guiando nuestros pasos en medio de una existencia donde conviven las alegrías y las esperanzas con las fatigas y los sufrimientos.
La fe no es un objeto de museo, ni cuestión de añoranza de otro tiempo pasado que fué mejor; al contrario, la fe es aventura, la fe es pasión; la fe es entrega confiada, porque la fe es vida. Para ser creyente hay que atreverse. No se cree desde la comodidad o la seguridad; se cree desde el desprendimiento, la humildad y la pobreza. Cree el que no tiene miedo a lo nuevo, el que no quiere conservar por conservar; cree el que se introduce en el misterio de la misma condición humana porque está seguro que todo tiene un por qué, una razón, un sentido; cree el que deja hablar al interior, el que es capaz de escuchar, el que no entiende la vida como lucha sino como encuentro; cree el que sabe, o al menos presiente, que hay alguien que lo conoce, que lo escucha, que lo sostiene, que lo ama. Los cristianos no creemos en algo, creemos en alguien.
En este sentido, no deja de ser curioso, que en las épocas de mayor increencia se extiende con más  fuerza el culto a los diosecillos, a los ídolos que no pueden salvar, y es que el hombre, siempre, aunque no lo sepa, tiene sed del Dios vivo. Así lo han experimentado muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia, sirva como ejemplo la confesión de San Agustín cuando afirma: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!, y ver que tú estás dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo más yo no lo estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste y me abrasé en tu paz”.
La Palabra de Dios que hemos proclamado ilumina esta fiesta que celebramos, como ilumina el misterio mismo de nuestra de fe, al tiempo que nos introduce en la paradoja que supone la vida en Cristo. En el texto evangélico hemos escuchado: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Son palabras difíciles de entender en una cultura como la nuestra, pero también lo fueron en la época de Torcuato y sus compañeros, en el primer siglo de nuestra era. Para dar vida hay que morir, para dar fruto hay que sufrir. ¿Puede entender esto el hombres de hoy?,  ¿es el sufrimiento y la muerte una condición indispensable para lograr mis aspiraciones?, ¿acaso no hay que desterrar la debilidad, el sufrimiento y la muerte para ser feliz? ¿Por qué nos cuesta aceptar la realidad del sufrimiento?  Sencillamente, porque estamos solos, porque sentimos la soledad que produce la ausencia del amor.
Cuando un hombre experimenta el amor no está solo aunque sufra. Puede parecer duro pero es así: el hombre moderno vive muy solo; en medio de las multitudes está solo. Está solo porque al egoísmo lo ha llamado amor, porque se busca a sí mismo y su bienestar, en vez de buscar a los otros. El hombre moderno desconoce que el amor verdadero es entrega sufriente, dar vida para tener vida. El creyente sabe que no está solo, que Dios vive en él, que juntos hacen el camino de la vida, por eso, incluso, la soledad, es una soledad habitada. En el sufrimiento está Dios, en la desdicha está Dios, por eso somos capaces de seguir adelante, de mirar al futuro con esperanza. Hemos conocido el amor y hemos creído en él, por eso estamos firmemente persuadidos que nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo muerto y resucitado.
Pero ahora volvamos a la página evangélica que hemos escuchado, con el propósito de entenderla en su contexto. Jesús pronuncia estas palabras un día después de su entrada triunfal en Jerusalén, poco antes de la Pascua en la que va a entregar su vida para la salvación de los hombres. Unos griegos que habían venido a Jerusalén para la Pascua quieren ver a Jesús. Son hombres que buscan, como tantos a lo largo de la historia. Ante la interpelación de los discípulos, Jesús, olvidando la petición más inmediata –quieren verlo-, les habla de su glorificación –“ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre”-. No es momento para quedarse en la anécdota, sino que hay que ir a lo esencial, parece decirles. No se trata de pararse en la fama que ha crecido del predicador galileo, sino que hay que llegar a lo profundo de su misión que se va a consumar en la cruz, como camino de la glorificación de Hijo.
Al mismo tiempo, Jesús muestra  en estas palabras su humanidad, la angustia propia de un hombre ante la hora del sufrimiento que se avecina. Semejante a nosotros, solidario con cada uno de nosotros y con nuestros sufrimientos, pero apoyado en Dios. Es camino difícil pero es el camino de la salvación.
Caer en la tierra del mundo, enterrase en el surco de la humanidad para dar vida; negarse a sí mismo para ser fecundo y abrir el horizonte de la vida eterna. El camino de la cruz es necesario para que nazca el hombre nuevo redimido en Cristo. Jesús ha de pasar por la muerte para que su vida no sea sólo un bello poema sino que dé fruto en bien de la humanidad. Así también los seguidores de Cristo. El Evangelio es testimonio pero también enseñanza acerca del camino que hemos de hacer los discípulos del Señor.
El testimonio de los santos nos muestra la verdad del Evangelio y la posibilidad que todos tenemos de realizarlo en nuestra vida, con la gracia de Dios. San Torcuato es, una vez más, ejemplo y estímulo para seguir en el empeño de vivir el Evangelio en la existencia concreta, en lo cotidiano, en la concreta situación social e histórica en la que nos ha tocado vivir. Las palabras de San Pablo en su segunda carta a los tesalonicenses, que acabamos de escuchar, nos recuerdan que el anuncio del Evangelio –la evangelización- nunca ha sido tarea fácil, “Tuvimos valor –apoyados en nuestro Dios- para predicaros el Evangelio de Dios en medio de fuerte oposición”. Predicar el Evangelio siempre conlleva un riesgo, pero es mayor el deseo de que los hombres conozcan al Señor y lo amen, que las dificultades que puedan venir de este anuncio.
La vida no vale nada cuando se vive para sí y no para los demás. Nos lo muestra la historia: el mayor desprecio a la vida humana viene siempre unido al olvido de nuestros ser criaturas, al olvido de Dios. También lo hemos escuchado en la carta de San Pablo: “Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor”. Así es, la evangelización es un acto de amor; no se evangeliza sino amando a aquellos a los que se les lleva el Evangelio, haciendo de este servicio una entrega de la propia persona.
Las palabras del Evangelio nos han de interpelar a cada uno como creyentes, así como han de interpelarnos como Iglesia del Señor que camina en Guadix, en comunión con la Sede de Pedro y con las demás iglesias diseminadas por el mundo entero. Esta palabra del Señor ha sido pronunciada en este momento de la historia, de nuestra historia particular. ¿Qué nos dice el Señor a los cristianos de hoy, a los que formamos la diócesis de Guadix? ¿Cómo leerla en medio de la realidad social que estamos viviendo? Sea dicho desde el principio, que sólo desde una actitud orante, abiertos a lo que el Espíritu quiere decir a la Iglesia, descubriremos la  verdad de una palabra que es presencia, y lo que ésta nos quiere decir para ser testigos del Señor en el mundo.
Vivimos una situación histórica delicada. La Iglesia, solidaria con la vida de los hombres, no puede ser ni es ajena a esta situación. Nuestra mirada a los hombres y al mundo ha de ser una mirada desde Dios. Mirar al mundo como Dios lo mira, querer a los hombres como Dios los quiere. Por eso, detrás de los análisis y diagnósticos acerca de las causas de la situación que hemos llamado de crisis, por encima de las soluciones que entre todos hemos de buscar y procurar, está el hombre concreto. No son tan importantes las causas como los hombres que sufren las consecuencias de una sociedad que ha vivido de excesos y ha olvidado el valor de la humanidad. Lo más grave de esta situación son los rostros multiplicados y diversificados de la pobreza, cada hombre y cada mujer, cada familia que pasa por momentos de grave dificultad, donde se les priva de lo esencial para vivir con la dignidad que le es propia.
Las consecuencias económicas y sociales de esta situación son sólo eso, consecuencias; Sin embargo, a la base de esta situación, hay unas claras raíces espirituales y morales. La crisis actual es una cuestión antropológica. Lo afirma el Papa Benedicto XVI en la  Caritas in Veritate: “porque la cuestión social se ha convertido en una cuestión antropológica”. Lo que está en juego en esta situación es la imagen del hombre mismo. Se ha extendido una imagen del hombre basado en sí mismo y en sus posibilidades; dueño único de su existencia y autónomo ante cualquier instancia exterior. Es un hombre que se hace a sí mismo y al que pertenece cualquier decisión sobre su vida. Su juicio es última instancia de discernimiento; todo es relativo porque depende de la pura subjetividad.
Es un hombre que vive en la pura inmanencia, en un presente que lo ciega y donde la materia lo es todo. El hombre contemporáneo es dios de sí mismo. Sin embargo, en su falsa pretensión, está también su pobreza; su divinidad le hace mascar los fracasos y lo efímero de la existencia con una fuerza especial. La inmanencia es arena que impide que el edificio humano tenga consistencia, “La censura de la dimensión trascendente del ser humano, tan a menudo impuesta por la cultura dominante, conduce a verdaderos dramas personales, especialmente entre los jóvenes. La fe, por el contrario, libera el juicio de la razón y de la conciencia para distinguir rectamente el bien del mal y para arrostrar el sacrificio que comporta el compromiso con el bien y la justicia y, por eso mismo, otorga a la vida el aliento y la fortaleza necesarios para superar los momentos difíciles y para contribuir desinteresadamente al bien común”.
Pero no quiero pasar por alto, lo que creo supone un peligro que nos amenaza a todos, un peligro del que hay que hablar en voz alta, y hasta denunciar. Me refiero, por una parte, a la falta de fe que se está instalando en el corazón de buena parte de la sociedad, y no hablo sólo de la fe sobrenatural –la fe en Dios-, sino de sentimiento, cada día creciente, que todo está mal y todos son malos. Al final nadie cree en nadie, nadie se fía de nadie. Las consecuencias de esta actitud pueden ser graves a la hora de construir un futuro en paz y un mundo habitable para todos. Hemos de reconocer que existe el mal, pero que el bien es siempre mayor, aunque no haga ruido; en cualquier ámbito de la sociedad puede haber personas que actúen  mal, pero la mayoría actúan bien. Existe la honestidad y hombres y mujeres que trabajan en servicio a los demás. Por otra parte, es preocupante la posición de algunos radicales que promueven la insumisión al estado de derecho, y hasta lo defienden con llamadas a la violencia. Estas posturas poco coherentes se convierten en un espiral que se puede hacer difícil de controlar.
Frente a esto es necesario el diálogo, con el diálogo no se pierde nada. No podemos permitirnos el lujo de caminar en solitario, las ideas no pueden ser arma arrojadiza contra el otro, hemos de dejar de actuar como contrarios para construir juntos, en el respeto a la justa diversidad. En esta situación todos somos necesarios.
La Iglesia, en medio de esta situación, sigue anunciando la caridad, que es el amor de Dios a los hombres, amor cercano y concreto, tierno y efectivo:. “La caridad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad”.  En definitiva, la caridad es el amor que tiene su origen en Dios. Es verdad que la caridad ha sufrido desviaciones y pérdida de sentido, que se ha presentado como el sustitutivo de la justicia, incluso se le ha revestido con ropajes paternalistas y humillantes. Sin embargo, la caridad verdadera es la única fuerza capaz de transformar al hombre y a la realidad.
La caridad no es sentimentalismo sino entrega gratuita, es amor recibido y ofrecido, no da sino se da. La caridad exige la justicia, y vas más allá; “quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos”.  Además no se queda en cada hombre sino que mira al bien común, porque “amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él (..) Es el bien de ese todos nosotros”.  Se ama al prójimo cuando se trabaja por el bien común. “Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Esta es la vía institucional – también política podríamos decir- de la caridad”. Es lo que se conoce como “caridad política”, tan importante y necesaria como la caridad al prójimo, fuera de la mediaciones institucionales de la sociedad.
Quiero terminar con unas palabras recientes de los obispos españoles: “Al invitar a la fe, invitamos a descubrir la verdad sobre el hombre y al coraje para acogerla y afrontarla; invitamos, en definitiva a la conversión, es decir, a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata. No será posible salir bien y duraderamente de la crisis sin hombres rectos, si no nos convertimos de corazón a Dios”.
                                                                                                                                                                  15 de mayo del 2013
                                                                                                                                                                + Ginés García Beltrán
                                                                                                                                                                      Obispo de Guadix
Artículo: ASAMBLEA CON VOCACIÓN DE PUNTO DE PARTIDA EN EL NORTE DE LA PROVINCIA DE GRANADA-Diócesis Accitana.

         Carta Pastoral con motivo del IV Centenario del Patronazgo de San Eufrasio
  Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Atravesamos años muy ricos en celebraciones. Desde que se inició el trienio preparatorio para el Año Jubilar de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo hasta ahora, casi no hemos dejado de celebrar acontecimientos que señalan hitos importantes en la historia de nuestra Iglesia particular. Recuerdo como principales, entre otros, el setecientos cincuenta aniversario de la constitución de la Diócesis con sede episcopal en Jaén, el cuatrocientos aniversario del inicio de la construcción de nuestra preciosa Catedral, primer templo de la Diócesis, y el centenario del inicio del Seminario Diocesano. Además de ello, en el ámbito de la Iglesia universal, hemos atendido otros importantes aniversarios vinculados a la celebración del Concilio Vaticano II. El Papa Juan Pablo II nos los ha recordado ofreciéndonos documentos de especial interés. Durante este mismo curso pastoral 2003-2004 celebramos el ciento cincuenta aniversario de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Como una entrañable preparación mariana y engarzada en el alma cristiana popular, concluimos hace escasos meses el Año del Rosario, dedicado a María por el Papa Juan Pablo II.
2. Todo ello nos hace pensar fundadamente que el Señor, infinitamente bueno y providente, conocedor de las dificultades con que nos encontramos en los tiempos que corren, quiere ofrecernos motivos de renovación personal y eclesial, y ocasiones de estímulo para mantener y cultivar nuestra identidad cristiana en la Comunión eclesial y en el ejercicio de la Nueva Evangelización.El Señor nos ha elegido mediante la vocación propia de cada uno; nos ha mostrado su confianza enviándonos a colaborar en la misión de toda la Iglesia como miembros vivos del Cuerpo Místico de Jesucristo. Con la gracia del Espíritu Santo suscita en nosotros los buenos deseos de permanecer fieles a Dios. Esta es la forma como el Señor obra en cada uno todo lo necesario para que nuestra libertad pueda asumir la propia e intransferible responsabilidad ante Dios.
Pero, como el Señor nos atiende con tan exquisito cuidado, no deja además de ofrecernos puntualmente gracias especiales. Con ellas nos ayuda a vencer cualquier tipo de cansancio, rutina, tibieza, desánimo u olvido de nuestra vocación a la vida y de nuestra privilegiada condición de hijos adoptivos de Dios, colaboradores suyos en la evangelización y herederos de su gloria.

3. Por tanto, cada uno de los acontecimientos, que merecen especial consideración por su relieve y significación eclesial diocesana y universal, deben ser entendidos y acogidos por nosotros como gracias especiales. Mediante estas gracias, el Señor nos recuerda la vocación universal a la santidad, y nos ayuda a mantener la coherencia evangélica, la constancia en la fidelidad, la esperanza firme en la plenitud gloriosa y el anhelo confiado de la salvación eterna.4. Teniendo en cuenta lo que os vengo diciendo, quiero recordaros con esta carta otra celebración especialmente entrañable para quienes integramos la Comunidad eclesial que peregrina por tierras de Jaén. El motivo de la misma celebración es un acontecimiento que atrae los ojos de la memoria hacia nuestros más genuinos orígenes cristianos. Celebramos el cuatrocientos aniversario del patronazgo de S. Eufrasio sobre la diócesis de Jaén. Fué el Obispo Sancho Dávila y Toledo quien pidió al Papa Clemente VIII que declarara a este varón apostólico Patrón de nuestra Iglesia particular. Así lo concedió Su Santidad en el año 1603. Con este motivo situó la fiesta litúrgica de S. Eufrasio en el día 15 de Mayo. Dado que en el año 2003, en que se cumplía rigurosamente el cuarto centenario, la atención diocesana estaba puesta de modo casi absorbente en los actos propios de la celebración del Rosario, pensamos que era más correcto pastoralmente desplazar los actos propios de esta conmemoración al año siguiente dentro de la unidad pastoral del curso 2003-2004.Una venerable tradición, muy bien acogida por los cristianos que han ido ocupando los territorios ahora enmarcados en los límites diocesanos de Jaén, nos transmite la creencia de que los siete varones apostólicos, discípulos de Santiago, enviados a evangelizar Hispania, iniciaron su misión en tierras de Andalucía. Esa misma tradición atribuye a S. Eufrasio la fundación de la primera Comunidad cristiana, posiblemente en Iliturgi, desde donde se fue extendiendo sucesivamente la luz evangélica a diversos territorios que integran en la actualidad el área diocesana giennense.
La alegría de haber sido bendecidos por el Señor con el don de la predicación cristiana desde los primerísimos tiempos de la Iglesia, y el hecho de que la fe en el Señor Jesús no desapareciera ni durante los duros tiempos de la ocupación y de la persecución árabe se constituye en un motivo de gloria y de agradecimiento al Señor, para quienes formamos parte de la Diócesis de Jaén.
5. Como signo de gratitud al Señor, que nos ha privilegiado sembrando la fe en el Dios vivo y verdadero desde los primeros tiempos de la Iglesia mediante la predicación de S. Eufrasio, debemos hacer memoria gozosa de nuestras raíces y manifestar nuestro ánimo de seguir correspondiendo a la magnanimidad divina. El Señor ha obrado maravillas entre nosotros y estamos alegres (cf. Sal 126, 2-3). La Gracia de Dios ha sido fecunda entre los miembros de nuestra Iglesia desde su origen. Hoy podemos ofrecer por ello al Señor frutos maduros de santidad en S. Amador, en los santos Bonoso y Maximiano, en S. Pedro Pascual, en S. Pedro Poveda y en tantos otros cuyas virtudes o cuyo martirio todavía no han sido proclamadas por la Iglesia. Todos ellos entregaron su vida como oblación generosa al Señor mediante el martirio.
Las abundantes vocaciones a la vida consagrada y al ministerio sacerdotal, con dedicación en la propia diócesis y en distintos y lejanos lugares de misión y de colaboración eclesial, nos hablan también de frutos evangélicos que debemos agradecer al Señor. La arraigada fe y devoción que reúne a los giennenses constantemente junto a la imagen de la Santísima Virgen con tanta riqueza de advocaciones constituye, también, un signo claro de que la acción iniciada por S. Eufrasio y seguida por tantos apóstoles sacerdotes, religiosos, religiosas, seglares consagrados y buenos padres de familia, ha sido bendecida por el Espíritu Santo a lo largo de los tiempos. Es lógico, por tanto, que, aprovechando un aniversario tan importante, de quien fue el primer obispo de Jaén, celebremos la bondad de Dios que «ha estado grande con nosotros» (Salmo 126, 3).6. La mejor forma de celebrar y agradecer la bondad de Dios para con nosotros consiste en renovar nuestra vida cristiana. Ayudar a ello es lo que pretendemos con los medios que hemos puesto recientemente al servicio de la Diócesis y que han sido acogidos con buen aprovechamiento por parte de muchos fieles. Entre estos medios es bueno recordar las Escuelas Arciprestales de Formación, la Reflexión Diocesana que está siendo realizada por numerosos grupos parroquiales y extra-parroquiales, las Misiones Populares que se han ido llevando a cabo en muchos pueblos y en parroquias de diversas ciudades, la renovación catequética lanzada como proyecto ambicioso y generalizado que, en el ámbito de la juventud, se ofrece como itinerario de iniciación cristiana con motivo de la Confirmación, la orientación cofrade apoyada por abundantes medios impresos y por distintas acciones pastorales, etc.Es importante y necesario que, al celebrar con algún acto especialísimo el patronazgo de S. Eufrasio en el cuatrocientos aniversario de su declaración, la memoria de nuestras raíces cristianas nos mueva a reafirmar nuestra fe, nos afiance en el compromiso de cultivarla con un profundo sentido de responsabilidad agradecida ante el Señor y nos fortalezca en el compromiso apostólico a favor de nuestros hermanos. Quienes nos precedieron como testigos valerosos de la fe recibida llegaron a dar su vida en el martirio por defender el Nombre de Jesús nuestro Salvador. Nosotros, igualmente beneficiarios de la palabra y de la gracia divina, debemos responder con generosidad a la vocación recibida y decidirnos a ser miembros dúctiles en las manos del Señor para la evangelización del mundo en el que vivimos.
Siguiendo la llamada del Papa Juan Pablo II, no debemos dejar que el miedo nos arredre. Por el contrario, debemos abrir de par en par el corazón a Jesucristo, porque seguir el camino de salvación que Él mismo nos traza y nos invita a recorrer guiados por su luz inextinguible, bien vale una vida.
La celebración del patronazgo de S. Eufrasio ha de centrarse en un renovado interés por hacer que fructifique entre nosotros hoy la fe que él sembró entonces en nuestro pueblo.7. No obstante, es bueno significar puntualmente y de forma destacada en unos actos concretos todo aquello que intentamos como conmemoración más amplia y continuada. Por ello celebraremos con solemnidad la fiesta litúrgica de S. Eufrasio el Sábado 15 de Mayo próximo. El hecho de que coincida en este día de la semana hace posible que muchos sacerdotes y fieles puedan unirse a la Santa Misa que, si Dios quiere, yo presidiré en la Catedral. Gozaría mucho en poder celebrarla con el mayor número posible de sacerdotes y con una buena asistencia de fieles religiosos y seglares de los distintos lugares de la Diócesis.Por ello invito encarecidamente a todos los sacerdotes diocesanos, a todos los religiosos y religiosas, a todos los seminaristas y seglares, a que, en el día y la hora señalados, se hagan presentes en el templo catedralicio, signo de la primera sede episcopal ocupada por S. Eufrasio en los orígenes de nuestra Iglesia particular.
Como se trata de realizar un homenaje al que la piadosa tradición considera el primer obispo de la sede giennense, sería muy adecuado que los señores Arciprestes en contacto con los hermanos sacerdotes, religiosos y seglares de sus respectivas demarcaciones, procuraran una digna representación de los distintos sectores de la Diócesis y de las Congregaciones e Institutos religiosos allí presentes. De un modo especial tiene su lugar en este acto de culto el arciprestazgo de Andújar cuya ciudad le tiene como Patrón y en la que destaca la Cofradía que lleva su nombre.8. Además de alguna otra actividad, que oportunamente se comunicará, comenzaremos las celebraciones litúrgicas de la festividad de S. Eufrasio con el canto de las Primeras Vísperas Solemnes en la tarde del Viernes, día 14 de Mayo. A este acto invitamos de un modo especial a los fieles de la ciudad de Jaén por la proximidad al Templo Catedralicio.Os agradezco a todos, ya de antemano, el interés que confío pondréis para celebrar juntos en la Catedral estos actos conmemorativos con los que deseamos dar gracias al Señor «por todo el bien que nos ha hecho» (Sal 116, 12).
A quienes resulte muy difícil acudir a Jaén para unirse a la Celebración solemne de la Santa Misa el día 15 de Mayo, encarezco hagan lo posible por celebrar la Santa Misa en sus respectivas parroquias y monasterios, en un momento adecuado, para unirse a nosotros espiritualmente en Comunión con la Iglesia Diocesana.
Que el Señor os bendiga y os ayude a esta renovación personal y eclesial tan importante y urgente en nuestro tiempo y en nuestra Diócesis.
 

                                                                                                               @ Santiago García Aracil. Obispo de Jaén Separador episcopal

San Segundo, evangelizador con espíritu, por Jesús García Burillo, obispo de Ávila
Queridos diocesanos: Como nos dice Papa Francisco: «La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida… El creyente es fundamentalmente “memoroso”» (EG 13), pues bien, hoy es tiempo de volver la memoria hacia nuestro Padre en la fe, san Segundo. Uno de aquellos varones apostólicos que a principios de la era cristiana evangelizó nuestra tierra abulense. Varios manuscritos del siglo X nos transmitieron esa memoria testimonial de los primeros evangelizadores en España: Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio fueron ordenados en Roma por los santos Apóstoles dirigiéndose a España para predicar la fe católica… Los siete varones confesaron que habían sido enviados por los Apóstoles para predicar el Reino de Dios y el Evangelio… Se dispersaron por diversas ciudades. Segundo llegó a Abula. Sus restos fueron hallados en un sepulcro de la Iglesia de Santa Lucía, siendo trasladados a la Catedral en 1594 y sus reliquias colocadas en la capilla que lleva su nombre, donde actualmente son veneradas.
Hacer memoria de san Segundo es volver a la fuente del anuncio evangelizador que fundó nuestra Iglesia de Ávila, y, con él, volver al origen y fundamento de nuestra fe que es Jesucristo, muerto y resucitado. «Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos» (2Tim 2, 8) recomendaba san Pablo a Timoteo. También hoy, san Segundo nos invita a nosotros a hacer memoria de Jesucristo. Es Jesús, el amor de Jesús, la primera motivación del evangelizador, la experiencia de haber sido salvado por Él. Es esa pasión por Jesucristo lo que motivó a san Segundo a salir de su tierra y lanzarse a anunciar el evangelio. Nuestra Iglesia abulense nace en ese movimiento evangelizador, nace de la acción misionera de san Segundo. Nos dice el Papa que: «Si no sentimos el intenso deseo de comunicar a Jesucristo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos» (EG 264).
A semejanza de san Segundo, todos los abulenses somos discípulos misioneros, lo somos por el bautismo, por entrar a formar parte de la Iglesia que tiene como misión y vive de estas palabras del Señor: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he enseñado» (Mt 28, 19-20). Añadió Jesús: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28, 20). «El verdadero misionero –nos dice el Papa– sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie» (EG 266).
San Segundo fué un evangelizador con espíritu porque estuvo abierto a la acción del Espíritu Santo. Como los Apóstoles el día de Pentecostés, san Segundo acogió la fuerza que viene de lo alto, según la promesa de Jesús: «Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad… también vosotros daréis testimonio» (Jn 15, 26-27).

Ese mismo Espíritu movió el corazón de san Segundo y lo hizo salir al encuentro de los demás, incluso fuera de su propia tierra, para anunciar el Evangelio de Jesús.
Queridos diocesanos, en esta preparación de la Misión diocesana que comenzaremos el próximo curso, dejémonos alentar por el testimonio valiente y el corazón apasionado de san Segundo, nuestro padre en la fe. Como nos dice Papa Francisco: «La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón» (EG 264), por eso también el espíritu de santa Teresa de Jesús nos invita a la contemplación, al cultivo de la vida interior, desde donde nace la pasión misionera. «El Espíritu Santo infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente –nos dice también el Papa–. Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios» (EG 259).
Con mi bendición y afecto.
+ Jesús García Burillo
Obispo de Ávila, 2 de mayo del 2014
Separador anual
              Homilía en la festividad de San Segundo
                                                         2 de mayo de 2006. SAI Catedral del Salvador

Ilmo. Sr. Deán, Cabildo catedralicio, sacerdotes concelebrantes; Ilmo. Sr. Alcalde, Autoridades civiles, militares, judiciales y académicas, queridos amigos y hermanos:
El calendario litúrgico de la diócesis nos introduce a la fiesta de S. Segundo con esta nota sencilla:“Hallados sus restos en un sepulcro de la Iglesia de Santa Lucía, de Ávila, según tradición del s. XV, san Segundo se cuenta entre los varones apostólicos que predicaron el Evangelio en la Hispania romana y padeció el martirio entre el siglo I y II. El Obispo Don Gerónimo Manrique de Lara trasladó los restos a la catedral de la ciudad en 1594. Poco después, en 1615, las reliquias fueron colocadas en la capilla de la catedral que lleva su nombreLa fe, en la que hemos crecido en el ámbito familiar en la Iglesia de Ávila, y la cultura cristiana que ha generado esta sociedad en la que respiramos, son un regalo del Señor que nos ha llegado por el testimonio de San Segundo. Su vida, entregada hasta el martirio, ha germinado en la rica tradición de la fe cristiana en esta tierra hasta el día de hoy. La fe, también en nuestra tierra, ha sufrido resistencias y persecución hasta matar a sus testigos. Esos testigos han hecho creíble su predicación con la entrega de su propia vida. Cuánto bien nos hará profundizar en su vida y en la larga historia de los testigos de nuestra diócesis, no dejemos que nadie desde poderes interesados nos pervierta la historia de nuestra familia, de la tradición que nos ha dado la vida. La cultura pública se aleja decididamente de la fe cristiana y camina hacia un humanismo inmanentista –acaba de decir la CEE en su Plan de Pastoral para los próximos años- Conozcamos la raíz de nuestra fe, vivamos con fidelidad y entreguemos el testigo vivo a las familias de hoy, a los niños y a los jóvenes.
Celebramos la fiesta de S. Segundo en el corazón de la Pascua de Resurrección. El Señor Resucitado, vencedor de la muerte, ahuyenta nuestros miedos y nos llena de confianza. El, que ha vencido al mal, vive para siempre. Su Evangelio permanece más allá de toda cultura y de todo poder. La historia de Juan Pablo II, fielmente llevada al cine en la película “Karol”, nos narra aquel encuentro que tuvo un viejo sastre con el joven Woytila en medio del horror nazi a la luz de una vela: “Karol, el mal se devora a sí mismo, se disfraza de muchas formas, solamente vence el bien, solamente se vence con el amor y la palabra”. Aquel sastre le entregó las obras de San Juan de la Cruz, magistral maestro de la fuerza del amor en la luz de la fe en medio de la noche. Con la fuerza del Resucitado sabemos que podemos vencer el mal y combatir la cultura de la muerte caminando hacia la Vida. En el mismo Señor, en sus llagas comprendemos que este camino tiene el precio de la entrega incluso hasta el martirio, como hizo S. Segundo. El amor siempre vence. Vivamos esta confianza y crezcamos en la esperanza.
Llevamos entre las manos el tesoro de la vida cristiana, el tesoro que tanto necesita nuestra sociedad y que nos reclama en nuestro vivir de cada día. Nada hay más bello que vivir como cristianos en medio de los demás mostrando el encanto de una vida para los otros, una vida feliz. Nuestra fuerza es interior, es la relación con el Señor y la seguridad de su compañía en el alma. Hemos de sentirnos verdaderos cristianos viviendo esa presencia singular del Señor. Si a nuestro alrededor no se percibe tal presencia del Amor será signo de que no vivimos lo que decimos creer. La vida cristiana tiene un encanto especial que no deja indiferente a nadie y que seduce a muchos cuando lo ven en otros, cuando lo sienten en nosotros. Se nos ha confiado un hermoso tesoro que hemos de cuidar con todo el esmero de nuestra parte y con la seguridad de la gracia de Cristo Jesús. Se nos ha regalado lo mejor y así lo reconocemos cuando lo vivimos. Debemos superar la débil transmisión de la fe a las generaciones jóvenes, la disminución de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada – afirman también los obispos españoles-
¡Cómo necesitamos renovar en nuestra vida la fuerza de la fe, todo el camino de la Iniciación Cristiana ! Cuando algunos adolescentes y jóvenes comienzan a llamar a las puertas de la Iglesia pidiendo la fe reavivan en nosotros la veracidad de nuestra propia vida cristiana. Por eso hemos de confiar este tesoro con toda el alma para que en ellos sea bien recibida, para que ellos sean a la vez portadores de este tesoro. No podemos dejar de transmitir la fe y de testimoniarla, va con la misma vida de cada día. En todos los campos de nuestra sociedad hemos de sembrar los valores del Evangelio como los reales definidores de la dignidad humana. ¡Necesitamos en esta hora la luz de verdaderos cristianos en la vida pública y en la gestión política! ¡Qué consuelo experimentamos cuando vemos a testigos de la verdad en los foros universitarios, en los colegios e institutos! ¡Qué alivio para el dolor cuando en los centros hospitalarios dejamos paso al Señor y escuchamos el Evangelio de la vida! ¡Qué generosidad cuando vemos familias que ponen su patrimonio al servicio de puestos de trabajo y dan hospitalidad real a los que vienen de lejos! ¡Qué aliento para nuestra tierra ver hombres y mujeres que nos regalan la alegría sencillamente con su manera de vivir lo pequeño de cada día!
El tesoro de la fe tiene un lugar privilegiado en la familia. Sabemos muy bien lo que significa en nuestra cultura el calor del hogar, cómo ha ido calando la vida del Señor en el amor de la familia. ¡Cuánto bien hace la familia a nuestra sociedad y qué mal trato recibe de quienes deberían ser sus cuidadores! Nosotros queremos seguir agradeciendo tanto bien, fortaleciendo la vida y la fe que crece en ella. Queremos poner a la familia en el centro de nuestra preocupación pastoral, alentando su capacidad de transmitir la fe. Pedimos constantemente al Señor que ponga en todas nuestras familias su misericordia y su fidelidad para que nos ayuden a entender a todos la alegría de la fidelidad y la riqueza del amor y del perdón. Queremos acudir a la cita de todas las familias del mundo en su V Encuentro en Valencia con la presencia del Santo Padre. Esperamos que sea una renovación de la esperanza en nuestras familias y en las familias de todo el mundo. Son las transmisoras de la fe y las educadoras generosas de los cristianos del futuro. De la abundancia de su fecundidad nacen los nuevos sacerdotes que necesita nuestra Iglesia para seguir anunciando el Evangelio al mundo entero. En la familia aprendemos el exceso del amor y el atrevimiento de la generosidad para entregar la vida entera por los demás. Nuestro Seminario espera a los hijos de nuestras familias. Este año el Señor pasa junto a nuestras familias sembrando abundante gracia. Vamos a cuidar de ellas y ellas cuidarán de nosotros. San Segundo intercede por todas ellas.
Llevamos en nuestras manos la bella misión del Señor: transmitir su presencia viva para los niños y jóvenes de hoy. Éste es nuestro trabajo y nuestra vida. En estos trabajos del Evangelio nos va la vida entera y la vida de todos los cristianos de la diócesis. Que cada uno ocupemos nuestro lugar con fidelidad en la Iglesia de esta diócesis abulense. Éstos son nuestros tiempos, también “recios” (recordando a Santa Teresa) en los que no cabe escudarse en nadie, cada uno hemos de dar razón de nuestra esperanza con nuestra vida. La verdad la tendremos en el amor en el que cada uno “seremos examinados a la tarde de la vida” (como nos dejó marcado San Juan de la Cruz ).
No estamos solos, con muchos o con pocos, nos acompaña el Señor. Él estará siempre con nosotros, todos los días, hasta el pequeño rincón en el que nos encontremos. Todo pasará, pero el Señor estará a nuestro lado hasta la eternidad. Nos ha tomado de la mano y no nos soltará. Pidamos al Padre de la misericordia en esta fiesta de San Segundo que nosotros no nos soltemos de su mano poderosa. La Eucaristía es el banquete de nuestra fiesta, la mesa de nuestra familia, el centro de nuestra relación y la fuerza viva de nuestra vida. Que un día, después de un camino fiel a la misión del Señor, nos sentemos con Él para siempre en la mesa del banquete de su Reino. Así sea.                                                                                                Mons. Jesús García Burillo,  Obispo de  Avila

Separador anual                                                                                                                         Homilía en la fiesta de San Segundo
                                            2 de mayo de 2005.  S.A.I. Catedral de El Salvador

Ilmo. Sr. Deán y Cabildo Catedralicio, queridos sacerdotes;
Ilmo. Sr. Alcalde y Autoridades civiles, militares, académicas y judiciales; queridos hermanos y hermanas abulenses:

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Poco antes de desaparecer de este mundo, Jesucristo ordena a sus discípulos que lleven el Evangelio a todos los pueblos.
El mandato misionero de Jesús llegó al corazón de los apóstoles y pronto se pusieron manos a la obra. Las primeras salidas fueron a lugares cercanos a Jerusalén: los que se habían dispersado iban por todas partes (Hch 8,4) señala el libro de los Hechos. La dispersión se debía a las primeras persecuciones surgidas en Jerusalén; pero fueron la oportunidad para llevar a efecto el mandato esencial de Jesucristo: anunciar el Evangelio hasta el fin del mundo. Felipe predicó en Samaria, Pedro viajó a muchos lugares: anduvo recorriendo todos los lugares (Hch 9, 32 ): predicó en Lida, Joppe, Cesarea. Y más tarde en Roma, capital del Imperio.El Apóstol gran realizador de los viajes misioneros fué San Pablo que fundó comunidades cristianas en todo el Mediterráneo. Las principales ciudades del imperio romano en la costa norte mediterránea fueron visitadas por Pablo; por medio de su predicación, nacieron en ellas las primeras comunidades cristianas. Estando en la comunidad de Antioquía surgió la iniciativa de Pablo de partir hacia los gentiles con su compañero Bernabé. El Espíritu inspiró a Pablo la necesidad de abrirse a los paganos, dejando a los judíos: Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios; - dice a los judíos de Antioquía- pero ya que la rechazáis... mirad que nos volvemos a los gentiles, pues así nos lo ordenó el Señor: “te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra".La urgencia del evangelio que Pablo escuchó en Damasco del catequista Ananías le llevó a la proclamación universal de la fe, según el propio Jesús había encomendado a los discípulos: id y haced discípulos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu (Mt 28, 18). Por medio de cuatro largos y penosos viajes recorrió Pablo el Asia Menor, pasó a Macedonia, dedicando especial tiempo a la comunidad de Efeso, se adentró en Grecia y llegó más tarde encarcelado a Roma. A los romanos expresó su deseo de viajar a Occidente, concretamente a España: Ahora, no teniendo ya campo de acción en estas regiones, y deseando vivamente desde hace muchos años ir donde vosotros, cuando me dirija a España... pues espero veros al pasar, y ser encaminado por vosotros hacia allá (Rm 15, 23). A pesar de estar prisionero en Roma, prosiguió su evangelización y padeció el martirio en tiempo de Nerón, hacia el año 64. También Pedro llegó a Roma, atraído sin duda por la importancia de la ciudad como capital del imperio romano. La comunidad cristiana de Roma tuvo siempre una clara conciencia de haber sido fundada por Pedro. Las excavaciones practicadas en la Basílica de San Pedro confirman los datos históricos y la misión conjunta de los apóstoles Pedro y Pablo en dicha ciudad de Roma. Hace tan sólo unos días el nuevo Papa Benedicto XVI ha confesado su fe ante la tumba de San Pedro, como primer acto de su pontificado, y los obispos lo hacemos en la visita ad limina.Por la predicación de los santos apóstoles la fe cristiana había llegado a los habitantes de la cuenca del Mediterráneo. Ya en el siglo II San Ireneo de Lyón, hacia el 202, menciona las Iglesias en España, entre los celtas, en Oriente, en Egipto y Libia y en las provincias germánicas (Ad Haer I, 10,2).
Clemente de Alejandría, (+ antes del 215) pudo decir que la doctrina de nuestro Maestro no permaneció sólo en Judea, como la filosofía en Grecia, sino que se propagó por toda la tierra habitada (Strom VI, 18, 167).
La llegada de la fe cristiana a España se conoce por antiguos documentos, huellas arqueológicas y antiguas tradiciones sobre los orígenes del cristianismo: algunas de las cuales hemos admirado en nuestra reciente exposición Testigos. Las más importantes de estas tradiciones son la predicación de Santiago, el viaje a España de San Pablo y los siete varones apostólicos. ¿Quiénes fueron estos varones apostólicos?Varios manuscritos del S. X, cuyos textos fueron redactados ya, probablemente, en el S. VIII, han conservado las actas o vidas de estos siete varones. Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecelio y Hesiginio fueron ordenados en Roma por los santos apóstoles Pedro y Pablo y se dirigieron a España para predicar la fe católica. Conducidos por Dios, llegaron a Acci (Guadix), donde se celebraban las fiestas de Júpiter, Mercurio y Juno. Reconocidos los varones cristianos, arremetieron sus moradores contra ellos, persiguiéndolos hasta el río, donde los perseguidores perecieron en gran número, al romperse milagrosamente el puente. A una matrona de nombre Luparia le confiesan que han sido enviados por los santos apóstoles para predicar el Reino de Dios y el Evangelio en España. Luparia construye una basílica, en cuyo baptisterio es bautizada, y los varones se distribuyen por toda la región, convirtiendo paganos al cristianismo. De los siete varones, Segundo marchó a Abula –dicen los manuscritos-.
¿Qué datos tenemos de los orígenes de la fe cristiana en nuestra Iglesia de Ávila? La fundación de nuestra comunidad cristiana en Ávila por parte de San Segundo proviene de historias locales. La primera referencia data del año 1327, cuando un chantre pide ser sepultado “entre el altar de San Blas y el de San Segundo”, y en el año 1481 se manda guardar en el mes de mayo la fiesta de San Segundo en la Diócesis : Son las dos primeras referencias históricas del Obispo San Segundo.
Este relato histórico del nacimiento y transmisión de nuestra fe cristiana nos lleva a remontarnos hasta los orígenes mismos de la predicación apostólica, de la que toda la fe cristiana procede: Fueron los apóstoles Pedro y Pablo quienes anunciaron valientemente, con parresía, a Jesucristo resucitado, bautizaron a judíos y gentiles y fundaron comunidades que profesaban su fe en Jesucristo, su esperanza en la vida eterna y su amor radical como manifestación del amor del mismo Dios a los hombres. El amor fué el distintivo de la primera comunidad.La predicación apostólica se fundamenta y comunica al Hijo de Dios, que toma la carne humana, se hace uno con el hombre y le ofrece salir de sus miserias, elevándole a la categoría de Hijo de Dios, de cuya naturaleza participa por adopción. He aquí la dignidad del ser humano: La gloria de Dios es el hombre viviente proclama San Ireneo (Adv Haer IV, 20,7).
Esta es nuestra grandeza, la grandeza de la fe cristiana que nos fué transmitida desde los comienzos de la vida de la Iglesia y ha crecido entre nosotros con tal fuerza que de aquí han nacido grandes confesores y mártires: Vicente, Sabina y Cristeta, Pedro Bautista, y otros 27 sacerdotes más cercanos a nosotros. Así como los grandes místicos Teresa, Juan de la Cruz y Pedro de Alcántara.
Sin embargo, la grandeza de la historia de la Diócesis de Ávila no radica en sus grandes personalidades, sino en la presencia continua de Dios entre nosotros y nuestra fe en Aquel que todo lo puede y de quien todo lo esperamos. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él –decía el Papa en su primera homilía-.La fe cristiana ha sido transmitida durante los siglos en nuestra sociedad abulense por la Iglesia misma que se hace presente en la historia, se manifiesta mediante la palabra, la liturgia, la caridad; y por las principales instituciones que han colaborado en la transmisión de esta fe que se ha hecho cultura: la familia, la escuela y la sociedad. Durante siglos estas instituciones han sido portadoras de elementos esenciales de la fe cristiana que han dado vida, identidad a nuestra sociedad. Pero ahora –en líneas generales- tales instituciones han dejado de ser transmisores de la fe. Hemos de hacer un examen de conciencia serio sobre la situación de estas instituciones en relación con la transmisión de la fe. Cada uno de nosotros recibimos los sacramentos de la iniciación cristiana y con ellos la misión y la responsabilidad de transmitir la fe que nos fué legada desde los Apóstoles Pedro y Pablo por la sucesión de obispos hasta el momento presente. ¿Nuestras familias, nuestros colegios, nuestra sociedad abulense transmite la fe cristiana a nuestros hijos?
Es muy importante el valor artístico que posee cada piedra de las que componen esta maravillosa Catedral y cuantos tesoros forman el Patrimonio histórico-artístico de la Diócesis de Ávila. Lo sabemos y debatimos con frecuencia. Pero mucho más bello e importante es el fundamento que sostiene dicho Patrimonio: la fe de la Iglesia transmitida generación a generación de cristianos; y el espíritu que anima dicho patrimonio no es otro que el Espíritu de Dios encarnado en las vidas de los fieles cristianos abulenses. Nuestro reto, está en la calidad de nuestra fe y de la transmisión de la misma a las generaciones venideras.Por eso se hace más difícil comprender y es mucho más dolorosa la pérdida de la fe que se observa entre nosotros. El lento alejamiento de la práctica religiosa de importantes sectores de nuestra sociedad. Tememos que una parte de nuestra sociedad camina hacia el desierto. Lo decía el Papa en la Misa de inicio de su Pontificado: Hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre, el desierto del abandono y de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre, los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores.¿No os parece, queridos amigos y hermanos abulenses, un inmenso desierto la nueva ley, todavía en proceso de discusión, que desfigura la institución del matrimonio en algo sustancial como en su constitución por un hombre y una mujer según el derecho natural y la cultura de todos los tiempos y latitudes? Sería una ley injusta y perjudicial para el bien común. Es evidente que, en cuanto personas, los homosexuales tienen en la sociedad los mismos derechos que cualquier ciudadano y han de ser respetados y acogidos por todos nosotros. Pero es obvio y natural que el matrimonio sólo puede ser contraído por una mujer y un varón, y el Estado no puede reconocer un derecho inexistente, a no ser actuando arbitrariamente. Las razones que avalan estas proposiciones son de orden antropológico, social y jurídico –ha dicho la CEE (c. Ejecutivo), las Iglesias cristianas y confesiones religiosas (comunicado); y han ratificado de un modo u otro el Consejo de Estado, el Consejo General del Poder Judicial, la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación (Informes) y 500.000 firmas de ciudadanos-.
El Cardenal Presidente del Pontificio Consejo para la Familia ha declarado que sería una ley inhumana, fruto de una extraña idea de la modernidad, aconsejando incluso la objeción de conciencia a los profesionales relacionados con la aplicación de la ley. La aprobación de esta ley podría ser la provocación más importante que ha sufrido no sólo la fe cristiana sino también la sociedad y la cultura de todos los tiempos. San Segundo no podrá bendecir la primera unión entre personas del mismo sexo en nuestro Ayuntamiento, si esta llega a darse.Sin embargo, a pesar de todo, ¡ la Iglesia está viva! Esta ha sido la aclamación del nuevo Papa al observar la maravillosa e increíble experiencia universal de los católicos en la despedida de Juan Pablo II, y la bienvenida a Benedicto XVI, en especial de los jóvenes. ¡ La Iglesia está viva y la Iglesia es joven! No podemos vivir alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad sin luz - nos ha dicho el Pontífice-.
La historia de nuestra Iglesia de Ávila nos dice que infinitas personas desde hace siglos, y cada uno de nosotros ahora personalmente, hemos sido alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. Nada hay más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él. He aquí nuestra grandeza y tesoro: nuestra fe.
La fiesta de San Segundo es un día propicio para dejar entrar a Cristo plenamente dentro de nosotros. Para renovar nuestra fidelidad y compromiso con el precioso don de la fe en Jesucristo que nos trajo San Segundo. Jesucristo nada puede quitarnos, por el contrario, hace nuestra vida más bella. Quien deja entrar a Jesucristo no pierde nada, nada absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande –ha asegurado el Santo Padre-.
Lo pediremos a Dios al final de esta Misa: Cólmanos de alegría, Señor, en la fiesta de tu obispo y mártir San Segundo: en ella veneramos a quien ha puesto fundamento a nuestra fe. Así sea.
Jesús García Burillo, Obispo de AvilaAmigo, cuando llegues escribe
                  Festividad  de San Segundo                                                                        3 de mayo 2004. Iglesia de San Ignacio
 
Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la Tierra (Hch 1,8).

Con estas palabras se despide Jesús de los Doce y los envía para que sean testigos suyos por toda la redondez de la tierra. Están en Jerusalén, han vivido juntos durante largo tiempo y han compartido importantes acontecimientos: la vida pública, los días de la pasión, muerte y el tiempo en que Jesús se les ha mostrado con el cuerpo glorioso.

A partir de ahora la relación entre ellos no será la misma. Pasarán de una relación humana, basada en los sentidos, a otro tipo de relación fundada en el Espíritu y en la Gracia. Los Apóstoles están viviendo esta experiencia final y se disponen a vivir de otro modo, y a llevar a cabo la misión que Jesús les encomienda: Ser testigos por todos los lugares de la tierra empezando por Jerusalén.

Os saludo a todos, queridos amigos abulenses, Ilmo. Sr. Deán, Cabildo y Sacerdotes concelebrantes, Ilmo. Sr. Alcalde y autoridades civiles, militares, académicas y judiciales.

Celebramos la fiesta de San Segundo en unas circunstancias especiales dado que hemos trasladado la fecha de la celebración al lunes, respetando la celebración del IV Domingo de Pascua, y porque hoy mismo; va a tener lugar la inauguración de la Exposición de Las Edades del Hombre en Ávila. La fiesta de San Segundo, por consiguiente, tiene lugar el mismo día de la apertura de la Exposición: Testigos.

San Segundo está hondamente ligado este año al concepto de Testigo. Más aún podemos decir que San Segundo ha sido el primer testigo de Jesucristo en los campos de Ávila.

Es así como va aparecer para todo visitante de la Exposición. Una vez que haya contemplado cómo los símbolos de Pentecostés, el fuego, el aire y el agua se transforman en los testigos humanos vivientes, el visitante se tropezará, en primer término, con San Segundo.

La imagen del Santo varón Apostólico será el primer testimonio de fe abulense que contemplaremos en nuestra visita. Con él empezó la historia de la Iglesia en Ávila. El ha sido el primer testigo de la fe en Jesucristo, que nos ha transmitido a los abulenses el fuego del Espíritu, el soplo de la vida, el agua de la regeneración. Por él empieza la fe cristiana en Ávila, la salvación del Señor, la vida en el amor, la esperanza en una vida nueva y definitiva.

Su presencia histórica en Ávila hubo de corresponder a la difusión de la religión cristiana por todo el Imperio Romano por medio de los varones Apostólicos. Éste fue el ámbito de expansión y el cauce por el que la Iglesia alcanzó la evangelización, vocación universal a la que había sido llamada para ser testigo del Señor.

¿Cómo llegó San Segundo a ser testigo del Señor?
No hay posible testimonio sin una experiencia previa de lo que se testifica. El declarante ha de tener conocimiento claro y preciso de lo que declara. De otro modo se podría incurrir en falsedad de testimonio. La cercanía inmediata a los Apóstoles permite a San Segundo tener una experiencia muy próxima al Señor. El puede decir con todo derecho lo mismo que San Juan: Lo que existía desde el principio, lo que hemos visto y oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida.... os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros (1Jn 1,1-3).

Este es el testimonio que San Segundo nos ofreció hace XIX siglos y el que nos ofrece hoy, el día de su fiesta: ¡Os lo anunciamos!. Por la transmisión de la fe que recibieron los mismos Apóstoles dan fe de lo que vieron y oyeron, de lo que contemplaron, de lo que tocaron sus manos. Con San Segundo comienza la cadena de transmisión de la fe en Ávila. En la Exposición, veremos, inmediatamente después de él, las imágenes de otros nuevos testigos, los que conocemos a continuación en el tiempo, comenzando en el siglo IV de nuestra historia, los hermanos mártires Vicente, Sabina y Cristeta. La palabra mártir, como sabéis, significa precisamente testigo. El mártir es un testigo que hace una declaración muy especial. Declara lo que dice entregando su propia vida, derramando su sangre, como la derramó Jesús, el primero de los Testigos, el único que ha visto al Padre, por eso habla de lo que sabe y da testimonio de lo que ha visto al Padre (Jn 3,11). Jesús no habla de sus propios conocimientos, sino de lo que ha visto y oído junto al Padre. No creer a Jesús equivale a rechazar al Padre. Él ha sido el Testigo fiel (Ap 1,5) que dio a conocer al Padre coronando su testimonio con el sacrificio de su vida: para esto he venido al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Jesús como Testigo y propio testimonio de vida constituye el ser y la base de todo Testimonio cristiano.

Una de la características del testimonio de los Apóstoles fue la osadía, el atrevimiento, el coraje con que hablaban de Jesucristo. Su predicación encendía los corazones de los oyentes, les invitaba a la conversión: Arrepentíos, bautizaos confesando que Jesús es Mesías para que se os perdonen los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y para todos los extranjeros que llame el Señor Dios nuestro. Les urgía además con otras muchas razones y los exhortaba diciendo: poneos a salvo de esta generación depravada (Hch 2,38-40).

Los Apóstoles conseguían su objetivo; con su palabra y testimonio que expresaba una gran autoridad, el Señor iba agregando a la comunidad a aquellos que habían de salvarse. En aquel día se les agregaron unos tres mil (2,41).

Podemos imaginarnos a San Segundo predicando la palabra y haciendo maravillas como Pedro y Juan. Tanto que las autoridades de Jerusalén veían en ellos un verdadero desafío: ¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Es evidente para todos que han realizado una señal extraordinaria (4,16).

La Exposición nos muestra las huellas de esta predicación y del testimonio de los primeros mártires. Allí podremos ver en cuatro capítulos los efectos de la predicación de San Segundo: el fuego del Espíritu, con el nacimiento y la expansión misionera de la Iglesia en Ávila; la intrepidez de la Palabra: contemplando los escritos que se hicieron como consecuencia de la transmisión: biblias, evangelios, comentarios, doctores de la Iglesia y santos predicadores; la osadía del amor, entrando en comunicación con los santos que destacaron por sus obras de caridad y con los mismos milagros de Cristo; y finalmente el gozo de la celebración, con todos aquellos elementos celebrativos: ornamentos litúrgicos, orfebrería que nos permiten acercarnos al misterio que en la Iglesia celebramos. También el quinto y el sexto capítulo de la Exposición han de considerarse como la expansión de la fe, traída a Ávila por San Segundo: la intrépida fe de Isabel la Católica y la cumbre de la experiencia cristiana encarnada en Santa Teresa, San Juan de la Cruz, San Pedro de Alcántara, la osadía del gran misionero y mártir Pedro Bautista.... son los exponentes, las huellas, los testimonios de personas que conectan con nosotros los presentes testigos de Jesucristo Resucitado.

San Juan en el texto de su carta que hemos recordado nos decía: esto os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Este es el punto de conexión entre San Segundo y nosotros hoy: él nos lleva a la comunión con Jesucristo.

La serie de testimonios que hemos vivido a lo largo y ancho de la historia de la Iglesia de Ávila enlazan nuestra vida con la vida de Cristo y la del Padre. Ellos dieron testimonio en su vida de la misión que Jesucristo les encomendaba.

San Segundo hoy, su sucesor el actual Obispo de Ávila hoy nos entrega el testigo a nosotros, la antorcha de la luz, el espíritu de la vida: ¿qué vas a hacer tú, cristiano abulense del S. XXI? ¿cómo vas a ser testigo de Jesucristo en un medio de una cultura hostil, pagana, con frecuencia agresivamente contraria al testimonio de la fe recibida desde San Segundo?

Ese es el desafío que tenemos planteado los cristianos, la propuesta que también nos va a hacer la Exposición. El video llamado Túnel de los Testigos. Tratará de conectar directamente el testimonio de San Segundo y de todos los testigos de Ávila con nuestro propio testimonio. Sin olvidar, naturalmente que nosotros hemos de ser transmisores del testigo.

Nosotros esta mañana tenemos un medio más directo e inmediato que el túnel. Es Jesucristo mismo presente en nosotros por la Palabra y el Sacramento. La Eucaristía nos pone en comunión con Jesucristo, Testigo del Padre. En él se funda toda nuestra vida cristiana, todo nuestro testimonio apostólico.

Que Santa María Madre de todos los testigos de la Iglesia nos acompañe hoy como el día de Pentecostés, nos ayude y nos dé la energía necesaria para manifestar y transferir con osadía la fe que nos ha sido transmitida. Amén.
                                                          Jesús García Burillo, Obispo de Avila, 2004

separador literario
Resurrección de Cristo de 1550 de Isidro de Villoldo en mader prolicromada en actual sacristía catedral de Avila o capilla de san Bernabé El Cristo Resucitado de Villoldo  19/10/2004
 Queridos hermanos y amigos:
Quienes leéis o escucháis esta cartahabéis visitado sin duda las Edades del Hombre en nuestra Catedral de Ávila. ¡QuéMonseñor Jesús García Burillo Obispo de Avila (Llamados a dar vida) maravilla! Esta es la expresión que con mayor frecuencia yo he oído después de la visita: Qué maravilla: las imágenes, la disposición, la luz, la catedral y el mensaje. El mensaje es lo más claro de todo: “testigos”.En la Catedral aparecen centenares de testigos: San Segundo, San Vicente y sus hermanas, Santa María Magdalena, Pedro Berruguete, Isabel la Católica, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, San Pedro de Alcántara, San Pedro Bautista…¡innumerables! Testigos en buena parte abulenses. ¿Testigos de quién, testigos de qué? ¡Testigos del Resucitado!

El Resucitado de Isidro de Villoldo (1550) es la primera imagen de la Exposición, resplandeciente, en madera lacada. Testigos del Resucitado son todos los que aparecen a continuación en la muestra. Testigos en la Cáliz y Patena de San Segundo/Andrea Petrucci, de Siena. Hacia  1320. CALIZ: Copa: Plata sobredorada. Fuste, nudo y base: Cobre dorado con esmaltes.  PATENA: Cobre sobredorado. Museo catedralicio de Avila. predicación, testigos en la oración, testigos en el amor comprometido, en el compartir fraterno, testigos algunos hasta el derramamiento de su sangre. Lo fueron muchos en tiempos adversos, tiempos recios, como los de la Santa, tiempos de persecución como los de San Vicente, tiempos de adversidades culturales como la primera generación de cristianosy los místicos, tiempos adversos en la política, como los de Isabel la Católica. Todos ellos fueron testigos del Resucitado, tan bellamente expresado aquí. Al final de la Exposición, como bien sabemos, se nos invita a sumarnos a la galería de Testigos contemplados: ¡usted también puede ser testigo!Durante el tiempo de esta Exposición hemos vivido una especie de violento terremoto cultural, en lo que afecta a las costumbres del pueblo español. Empezamos a oír hablar de un Estado laico. No sabíamos exactamente qué habría detrás de esta expresión. Simultáneamente y poco después empezaron a aparecer casi en forma de catarata desbordante noticias de proyectos, propuestas que salían de algunos miembros o de la misma mesa del gobierno de la nación: leyes progresistas, laicas y modernas, se las llamó. La primera decisión fué un decreto paralizando la Ley de Calidad de la Enseñanza, que más tarde se concretó en la presentación de las bases de reforma educativa en la que se anuncia una nueva asignatura obligatoria: Educación para la ciudadanía y una asignatura laica sobre el hecho religioso que equivaldría a una religión del Estado o “formación del espíritu nacional”, como algunos la han llamado.
Ha sido presentada ya por el ministerio de Justicia la Ley del matrimonio entre personasdelmismo sexo. Se ha anunciado una ley sobre el divorcio exprés, sobre la eutanasia, sobre la ampliación del aborto, sobre la investigación con embriones. De una forma más directa, en relación a la Iglesia, se ha hablado de la posible revisión de los acuerdos Iglesia/ Estado, o incluso de una hoja de ruta para llegar a la anulación de los llamados privilegios de la Iglesia. No es fácil encontrar en la historia, en tan corto espacio de tiempo, tantos cambios que afectan a la moralidad que un pueblo ha mantenido como inapreciable valor durante siglos, a no ser en momentos de golpes de Estado.¿Cómo vamos a reaccionar? ¿Qué vamos a hacer los testigos del Resucitado en esta situación en la que un gobierno promueve un estado laicista, agresivo contra la manera de pensar de una gran parte del pueblo español? ¿Qué hará el 82 % de padres de alumnos de primaria que el año pasado solicitaron la enseñanza de Religión Católica para sus hijos? ¿Qué harán las familias cristianas, profesores, periodistas, los movimientos apostólicos familiares, las gentes de buen sentido ante el anuncio de una ley que declara “matrimonio” con todos sus derechos a la unión de dos personas del mismo sexo? ¿O ante una ley que prevé la disolución del matrimonio sin los procesos más elementales? ¿Qué podrán hacer los médicos y científicos católicos, los juristas y abogados, los políticos creyentes de diversos partidos, con la conciencia clara sobre el derecho a la vida ante la previsible Ley sobre la eutanasia o ampliación del aborto? ¿Qué harán los católicos ante un acoso tan directo a los sentimientos de un pueblo que hunde sus raíces en la persona de Jesucristo a quien tan bellamente hemos contemplado en la imagen de Isidro de Villoldo?
El Papa hace un año escribía una carta a Europa recordándonos que a pesar de todas las dificultades que la fe experimenta en Testimonio presencialel presente, Cristo Resucitado está siempre con nosotros: No temas, soy yo, el primero y el último, el que vive; estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos (Ap 1, 17-18).
Después de haber visitado la exposición, esta es la hora de los testigos. Es la hora del testimonio cristiano para quienes han estado en Ávila en estos meses y para cuantos sienten en su conciencia la fe en Jesucristo, en la vida de la Iglesia, o experimentan convicciones mantenidas en el corazón de los seres humanos desde siglos.
Con el mayor respeto y afecto hacia todos, hoy es imprescindible el testimonio de los creyentes y hombresde buena voluntad.Con mi abrazo fraterno.
                              Jesús García Burillo, Obispo de Avila                                       [edades-es@invescon.es]
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Homilía de la misa de Santiago 2004

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                “Volver al centro de nuestra fe”. Solemnidad de San Cecilio

Homilía en la Solemnidad de San Cecilio, patrón de la ciudad y de la Archidiócesis, en la Abadía del Sacromonte, con la participación de las autoridades civiles y militares de la ciudad y el pueblo cristiano.
Fecha: 01/02/2015

Queridísima Iglesia del Señor, pueblo santo de Dios, Esposa de Nuestro Señor Jesucristo;
muy queridos sacerdotes concelebrantes;
seminaristas;
Junta Directiva y miembros de la Hermandad;
Excelentísimo Sr. Alcalde;
Excelentísimo ayuntamiento;
Autoridades civiles y militares que nos acompañáis en esta mañana;
Queridos hermanos y amigos todos:

El género (no se si decir literario), el contenido del mensaje cristiano, el más fundamental siempre, no tiene la forma ni de un discurso moral, ni de una lección magistral de ninguna clase; tiene una forma esencialmente de testimonio. Los Evangelios son, ante todo, un testimonio, de los evangelistas y de la Iglesia, cuya tradición ellos recogen. San Juan lo dice expresamente: “De lo que hemos visto damos testimonio y nuestro testimonio es verdadero”.

La Carta de San Pablo que acabamos de leer es un perfecto ejemplo de cómo las mismas cartas del Nuevo Testamento son, ante todo, testimonios de lo que ha acontecido en su vida. San Pablo hace referencia incluso a esa vida suya en algún momento: antes perseguidor de la Iglesia, después cómo el encuentro con Cristo cambió el corazón y el alma de aquel fariseo, hijo de fariseos y bien educado en las tradiciones rabínicas y en la ley judía, para hacerle un heraldo de Cristo justamente dando testimonio de quién había sido Cristo en su vida.

A mí, en este día de San Cecilio, y justo cuando recordamos, como tantas veces lo hemos hecho ya, los orígenes de nuestra tradición cristiana sabiendo que muchas de las cosas que rodean la figura de San Cecilio, en la medida en que están vinculadas a los Libros Plúmbeos, hay que leerlas con el modo de decir las cosas que tienen los textos orientales y, por lo tanto, hay que entenderlos propiamente y no como si fueran documentos, reportajes gráficos o reportajes históricos que hay que leer al pie de la letra, sino entenderlos, y yo creo que su mensaje es bien sencillo y bien bello, y este lugar. Pero la memoria de San Cecilio, al menos el nombre, es mucho más antigua que los Libros Plúmbeos y podemos, en todo caso, recordar los orígenes de nuestra tradición cristiana y lo que esa tradición significa, y la belleza que esa tradición tiene y la gratitud por tenerla. Y ahí yo quiero daros, sencillamente, mi testimonio.

Yo he nacido en una familia cristiana, sencilla, normal, mis padres eran emigrantes del norte de España que con muy pocos años (17 tenía mi madre cuando se fue a vivir a Madrid y a servir, como se decía entonces; hoy se dice a limpiar casas o a cuidar ancianos, en fin, de alguna otra manera), ella se fue a servir. Y en esa familia humilde, creyente, pero en la que tampoco eran especialmente beatos, en el sentido que estaban a todas horas en… (o lo que la gente llama beatos, entendedme), yo empecé a asistir, a ir con más cercanía a la parroquia del barrio donde vivíamos, en Argüelles, porque supe que en aquella parroquia había un futbolín y al lado de mi casa había otro futbolín pero estaba en una taberna y a mí no me dejaban entrar, y aquello costaba mucho; era un sacadineros lo del futbolín y mi familia era humilde. Y tampoco los taberneros, que eran amigos de mis padres, me dejaban entrar allí. Total que cuando supe que en la parroquia había un futbolín yo me fui a la parroquia a jugar con otros chicos allí al futbolín por la tarde. Allí conocí a un buen sacerdote, que nos enseñó, nos abrió el camino de desde ayudar en misa hasta pasarlo bien en una excursión, hasta aprender cantos y, desde luego, jugar al futbolín (hacíamos unos campeonatos fantásticos de futbolín y de pin pon). Y un día volví a mi casa diciendo ‘yo quiero ser como D. Esteban’. Y en el Seminario donde yo me formé (…). Alguna vez lo he expresado yo. Estudiando literatura a los 17 o 18 años, o así, tuve la ocasión de leer “La Regenta” y muchas veces he dado, en privado y en público, gracias a Dios por haber conocido una Iglesia que no era como la de “La Regenta”, es decir, por haber crecido en una Iglesia oxigenada, donde la vida se vive a la luz del día y se vive de una manera transparente, fresca, con mucha alegría, donde uno no se avergüenza jamás de lo que es, porque lo que es no es nunca mérito de los esfuerzos ni de los trabajos de uno, sino una gracia de Dios preciosa que ha recibido y de la que deseas que los demás participen porque quieres que participen de tu propia alegría, de la novedad de vida que tú has encontrado.

En aquel Seminario en el que yo viví no teníamos las puertas cerradas a nada. Yo recuerdo perfectamente los cursos de cine en los que veíamos el cine de Bergman y el de Pasolini, además de ver el de John Ford (…), y otros directores de distinto tipo. Por ejemplo, hacíamos obras de teatro y nosotros estrenamos en España (y lo puedo decir aunque fuera una celebración relativamente privada, porque venía gente e incluso venía en aquella época que estaba empezando Televisión Española; venía Televisión Española a grabar aquellas obras de teatro que hacíamos en el Seminario, desde poner autos, algún auto medieval y algún auto sacramental de Calderón, como “La Hidalga del Valle”, por ejemplo, hasta haber estrenado realmente en España “Madre Coraje” de Bertolt Brecht o (…) o “La Alondra” de Anouilh).

Yo en aquel Seminario leí a Unamuno, leí a Sartre, leí a Camus; se me enseñaba sencillamente que la fe cristiana cuando uno se había encontrado con Jesucristo podía afrontar cualquier realidad del mundo, no para discutir con ella ideológicamente, sino para acoger lo que de verdad hay en cualquier posición humana, y con afecto y con amor poder si las personas quieren, iluminarla desde Jesucristo. A mí se me enseñó que la libertad era un bien sagrado, intocable, que el Evangelio se extendía por la belleza de la vida de quienes lo vivían y, sencillamente, por el atractivo que esa forma de vida tenía para los hombres, no a base de comer el coco a nadie, no a base de perseguir a las personas y tratar de hacer prosélitos a toda costa, no a base de achuchar. Y también se me enseñaba que la verdad era lo más importante. Nunca se me forzó –yo creo que, por mi forma de ser, si alguien me hubiera como impulsado a ser sacerdote, seguramente, por espíritu de contradicción o por mi sangre asturiana, a lo mejor hoy no lo sería-, sino que siempre me dijeron ‘lo que Dios quiere para ti es lo que va a cumplir tu corazón, tus anhelos más profundos, tus esperanzas más profundas, lo que te hará más feliz, y eso lo tienes que ver tu delante de Dios, sólo procura no engañarte, porque la mentira siempre es un camino que nos empequeñece y nos destruye, y la verdad es un camino que engrandece a los hombres’.

Dios mío, he dado muchas gracias porque mi experiencia de la Iglesia fuera ésa, a lo largo de mi vida, desde el comienzo de mi adolescencia. Y aún hoy yo deseo con toda mi alma. Yo creo que lo que el Concilio intentó; lo que Juan Pablo II mostró de una manera desbordante en su ministerio con sus cualidades personales; lo que Benedicto XVI ha enseñado con una forma de ser absolutamente diferente y ha enseñado en unos escritos que nos sostienen en esa conciencia; y lo que el Papa Francisco está promoviendo ahora mismo como reforma de la Iglesia, como reforma de la Curia, tiende a eso, que es a lo que nos invita también la fiesta de hoy. Recordar los orígenes de nuestra tradición cristiana es recordar el centro de esa tradición y tenemos que dejar caer muchas escamas y sin ninguna nostalgia de pasados (de pasados, además, no siempre claros y, a veces, bastante oscuros y bastante decadentes). Volver al centro de nuestra fe.

¿Cuál es ese centro? Lo que dice una lectura que sale en la noche de Nochebuena: “Ha aparecido la Gracia de Dios y su amor a los hombres”. Y la experiencia de esa Gracia, la comunión entre nosotros, que cuando la acogemos crea esa Gracia, es lo que nosotros podemos ofrecer al mundo. Y ofrecerlo con humildad, con sencillez, pero sin ningún tipo de complejos, porque no estamos ni imponiendo nada ni ofreciendo nada de lo que tengamos que avergonzarnos, sino ofreciendo aquel don que hace posible que la humanidad, en lo que tiene de humana y en lo que tiene de más auténtico, pueda florecer.

Recojo unas palabras que he recogido otras veces de la primera intervención pública de Benedicto XVI, cuando decía: “Jesucristo no nos quita nada. Jesucristo cuando lo acogemos en la vida nos permite ser nosotros mismos en plenitud”.

Mis queridos hermanos, a lo largo de la historia de la Iglesia ha habido momentos en los que la Iglesia ha hecho resplandecer preciosamente esa verdad en la multitud de sus santos y ha habido momentos de decadencias terribles. Sospecho que muchos de vosotros, imagino que muchos de vosotros habéis seguido la serie “Isabel”, y uno ve aquella Iglesia paganizada y alejada sencillamente del corazón de su fe, que provocó la reforma del Concilio de Trento, reforma a la que está ligada la historia de esta Casa y la construcción de esta Casa, cuyo motivo más profundo a mí me parece que detrás, repito, de todas las leyendas y todas las historias de los Libros Plúmbeos, se trataba de curar las heridas entre dos pueblo que habían vivido llenos de odio y matándose, como eran los moriscos y los colonizadores castellanos, y el Sacromonte trató de establecer un puente y de ser un lugar de estudio, que está muy vinculado. La obra San Alfonso María de Ligorio recuerda la vida del fundador del Sacromonte y la pone al lado de los grandes santos de la España del siglo XVII, justo al lado de los esfuerzos evangelizadores de San Juan de Ávila, de los reformadores como Teresa de Jesús o como Juan de la Cruz, y como tantos otros.

Pero en este contexto de Andalucía, San Juan de Ávila y el origen del Sacromonte están muy cerca el uno del otro, y están muy cerca también como conciencia de que es necesario volver a educar en cuál es la esencia de la fe, e incluso el Sacromonte trataba de promover una música litúrgica y una celebración de la liturgia más sobria que el Barroco, que estaba en ese momento empezando a florecer y que, a veces, hacía difícil a los fieles entender ni siquiera los cantos que se cantaban, por la multiplicidad de las voces o por los preciosismos y los virtuosismos a los que entregaban los cantantes en aquel momento y que formaban parte de aquella paganización del mundo cristiano.

Yo creo que desde el Concilio Vaticano II (…) el esfuerzo claramente del Papa Francisco es reformar la Iglesia. ¿Reformarla, cómo? Volviendo. La Iglesia no se reforma adaptándola, adaptando la fe o adaptando las costumbres de la Iglesia a las costumbres del mundo. No, no se reforma mundanizándose. Se reforma volviendo a la esencia del acontecimiento cristiano: la Gracia de Dios, que abre nuestro corazón a la verdad y al amor; una cultura de la verdad y del amor. Así es como definía muchas veces San Juan Pablo II la tarea que la Iglesia tenía que hacer, y yo creo que en nuestra Diócesis, también con lo que hemos estado viviendo y estamos viviendo, es para nosotros, ante todo, una llamada a los orígenes, una llamada al centro de nuestra experiencia cristiana, una llamada a la conversión y a la purificación. Necesitamos reformar nuestras vidas. Necesitamos que no hayan demasiados oropeles que distraigan de lo que es el anuncio de Jesucristo. Y el anuncio de Jesucristo es nuestra vida.

La vida de todo ser humano es sagrada a los ojos de Dios. Y de todo ser humano, todo a lo largo de su vida, desde el instante de su concepción hasta su muerte natural. Y es sagrado a los ojos de Dios porque el Hijo de Dios ha derramado su Sangre por nosotros. Y entonces, la actitud de un cristiano es, fundamentalmente, como fruto de la Gracia, y sin separarlo de esa Gracia un amor a lo humano, a todo lo humano, a todo lo constitutivamente humano. Uno de los nombres que Jesús tenía en la Iglesia antigua era “amigos de los hombres”. Lo hemos olvidado. Después, eso se ha secularizado: la palabra “filantropía”, que es lo que significaba. Pero Jesús era llamado por los cristianos de los primeros siglos el “amigo de los hombres”. A mí me parece una expresión preciosa para expresar lo que es el fruto de la vida cristiana, especialmente de los más débiles, de los más necesitados, de los enfermos, no de los estatus sociales y en la misma vida de la Iglesia, no la búsqueda de puestos, sino, sencillamente, la búsqueda de “el que quiera ser el primero entre vosotros que se haga el último de todos, que se haga el servidor de todos”: ésa es la grandeza cristiana. Y ésa es la misión de quienes somos sacerdotes: servir, servir, servir a la alegría que brota de la Gracia; cuando los hombres, cuando el corazón del hombre se encuentra con la Gracia brota una vida nueva llena de verdad, llena de amor y de misericordia por la condición humana, repito, por todo lo humano, desde la familia, los intercambios comerciales, la vida económica, la misma vida de la “polis”, hecha de afecto de cooperación hacia un bien que sea bien de todos, que es lo que ha llamado la tradición cristiana “bien común”. Pero también de todos los hombres, de los amigos y de los enemigos. Justo porque el cristianismo no es una ideología se puede amar, también. Nos lo dijo el Señor: ‘Si sólo amáis a los que os aman, qué mérito tenéis’. También a los enemigos, y a veces no es fácil, desde luego no es fácil. Y a veces no es fácil encontrar la respuesta, pero tampoco importa la respuesta; importa simplemente que nosotros estemos edificados sobre la verdad y sobre el amor.

Mis queridos hermanos, yo, en este día de San Cecilio, le pido al Señor, para mí y para toda la Iglesia de Granada, que podamos acercarnos a esa verdad de Cristo; y esa verdad es de tal manera condición de una humanidad floreciente, de una humanidad buena, que vale la pena hasta dar la vida por ella, hasta dar la vida por esa Gracia. Una palabra del Salmo dice “Tu Gracia vale más que la vida”. San Pablo, en la lectura de hoy, nos recordaba “Yo quería daros no sólo el Evangelio, sino hasta mi vida misma”.

Puedo deciros que en mi relación con el pueblo que el Señor me ha confiado esa actitud está grabada a fuego en mi corazón. Yo quisiera daros el Evangelio, claro que sí, a todos, y que llegara a donde más posible y si tuviera que dar mi vida, os la daría también, con gusto, con un afecto grande, con un amor que es el que ha salvado mi vida y que es la única salvación en la que el mundo puede poner su esperanza.

Termino simplemente diciendo que en el momento del encuentro con el Papa Francisco yo le pedí la bendición para toda la Diócesis de Granada y para su pastor. Me la dió y os la transmito hoy gozosísimamente.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

1 de febrero de 2015
Solemnidad de San Cecilio
Abadía del Sacromonte

Escuchar homilía

Al inicio de la celebración eucarística, Mons. Javier Martínez se dirigió al pueblo cristiano y les anunció la Bendición Papal que dio al final de la Santa Misa, con Indulgencia Plenaria para quienes lo deseasen con las condiciones habituales.

Todos los Obispos de todas las diócesis del mundo tienen concedido por el Santo Padre la posibilidad de hacer la Bendición Papal en tres ocasiones cada año, y a partir de este año (normalmente, se hacían en la Catedral) haremos dos en la Catedral y una la haremos el día de San Cecilio. ¿Qué significa esto? Que la celebración de San Cecilio, el día de su fiesta, es como una fiesta, como una celebración jubilar, en el sentido de que todas aquellas personas que lo deseen con las condiciones habituales (que son confesarse en torno al día de la fiesta de hoy, recibir el perdón de los pecados, recibir la Comunión y rezar un Padrenuestro por las intenciones del Santo Padre -que son las necesidades de la Iglesia y del mundo, no son otras-), con esas tres condiciones uno puede recibir, no el perdón de los pecados, que se administra y concede en el Sacramento de la Penitencia, pero sí esa especie de fortaleza que nos da la santidad que siempre hay en la Iglesia. Aunque muchas veces no salga a la luz o no tenga la resonancia, pero todos los meses hay mártires cristianos, todos los días hay muchas personas que dan su vida por amor a algún enfermo o a sus familiares o a la unidad de los hombres o a la Gloria de Dios, y que la ofrecen desde los hospitales, desde tantos sitios, desde la vida de los hogares. El pueblo cristiano está lleno de santidad. Y, por así decir, es el depositario de esa santidad o el administrador, más bien, de esa santidad es el Santo Padre, pues nos la distribuye, nos la devuelve para que la fortaleza que tiene esa santidad que existe en el pueblo cristiano podamos hacer frente mejor a las dificultades de la vida y a las dificultades que nos crean en la vida nuestros pecados o el pecado de los hombres.

Con esa disposición, vamos a comenzar el acto penitencial y luego, al final de la Eucaristía, yo impartiré la Bendición Papal.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

1 de febrero de 2015
Solemnidad de San Cecilio
Abadía del Sacromonte
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COMUNICACIÓN  DEL ARZOBISPO A LA DIÓCESIS DE GRANADA  AL HACERSE PÚBLICO SU                                                           NOMBRAMIENTO COMO ARZOBISPO DE TOLEDO

1.-  Mis queridos hermanos y hermanas, sacerdotes, religiosos y religiosas fieles cristianos, autoridades: Cumplo el deber de comunicar con sencillez a todos, a toda la Iglesia diocesana, que el Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, en su gran benignidad, se ha dignado nombrarme Arzobispo de la Archidiócesis de Toledo.2.- Bien sabe Dios que he aceptado esta nueva misión en la Iglesia con plena obediencia, fidelidad y sentido de comunión. Lo nuestro es obedecer, ponerse en camino hacia la tierra que el Señor nos envíe por medio de su Iglesia. Por esa misma obediencia y fe vine hace casi seis años a Granada desde las tierras de Ávila para contribuir, a pesar de mis limitaciones y miserias, a la edificación de la Iglesia, cuyo arquitecto y constructor sólo puede ser Dios.
Como reza mi lema episcopal, tanto entonces como ahora, sólo pretendo una cosa: "cumplir la voluntad del Señor", en su Nombre "echar de nuevo las redes" donde Él me señale por medio de su Iglesia. Me pongo en las manos de Dios, en su misericordia que no tiene límite para con todos - también para conmigo -, y me confío a su inmensa bondad. Todo lo confío en Él y a Él; todo lo espero de Él; como dice uno de los salmos: "acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre". En el nombre del Señor y por su palabra emprenderé el camino hacia la diócesis de Toledo, con la que, a lo largo de la historia, la de Granada ha tenido tantos vínculos.3.- Con la gracia y el auxilio de Dios, de la Santísima Virgen María, a la que invocamos los granadinos con el dulce y entrañable título de Nuestra Señora de las Angustias, de los santos vinculados a Granada -San Cecilio, San Gregorio de Elvira, San Juan de Ávila, San Juan de Dios, San Juan de la Cruz...-, y con vuestra ayuda orante y vuestro afecto, procuraré cumplir fielmente el ministerio que ahora se me encomienda. Que el Señor me conceda humildad, sabiduría, luz y fortaleza para conducir aquella Iglesia hermana como buen pastor, conforme al corazón de Dios.4.- El día 1 de febrero de 1997, solemnidad litúrgica de san Cecilio, nuestro patrono y guía, inicié el ejercicio del ministerio pastoral entre vosotros y a vuestro servicio. Lo emprendí, gracias a Dios, con mucha esperanza; y con mucha esperanza he recorrido el camino estos años, con mucha esperanza y ánimo confiado he trabajado por el Evangelio y por vosotros hasta el final, por la inmensa bondad que Dios ha mostrado y muestra para conmigo. Mi experiencia en estos cinco años y nueve meses da fe de que es verdad que Cristo camina junto a nosotros, "el mismo, ayer, hoy, y siempre"; que Él está con nosotros como Pastor supremo y que es quien lleva a su Iglesia a la plenitud de la verdad y de la vida.
 5.- No es el momento de la despedida, pero os confieso con franqueza mis sentimientos y mi experiencia en estos momentos.
Siento de verdad que la bondad del Señor nunca me ha dejado abandonado, aunque yo no le haya sido fiel en toda ocasión y momento, y no le haya correspondido, en mi torpeza y pecado, a su amor y su gracia. ¡Que Él, en su amor infinito y en su entrañable ternura y misericordia, me perdone, como sólo Él sabe hacerlo!. Os pido y espero que también vosotros me perdonéis.
6.- Os confieso que me siento en paz, aunque, como es normal, con un profundo dolor: dejaros a vosotros a los que quiero como hijos, hermanos y amigos, me cuesta, me produce un hondo dolor, como una especie de gran desgarrón en mi alma, que sólo se consuela por el amor y la bondad de Dios, por su gracia, y por el gran afecto que también he recibido y recibo de vosotros, de todos los granadinos sin excepción. Experimento ahora la misma sensación que tuve cuando hube de abandonar mi Ávila querida: una experiencia de libertad y "gozo" -mezclado con lágrimas- del siervo que dice: "aquí estoy para cumplir tu voluntad". "iré donde tú me digas", "mándame". Me encuentro tranquilo y esperanzado; con esperanza y confianza asumo la nueva misión que me encomienda el Señor.
7.- Inseparablemente quiero expresaros a todos con una sola palabra, la más bella sin duda del lenguaje humano, todo lo que siente mi corazón hacia vosotros: "¡Gracias! Gracias una y mil veces, gracias siempre. Por gracia divina, mi vida ha estado y estará unida a las vuestras, y esto me llena de alegría. Todo lo vuestro he deseado sentirlo como mío, precisamente porque es vuestro. Y de verdad que, aunque torpe y frágilmente, me he sentido uno más de vosotros: granadino con los granadinos. He gozado. Me habéis hecho gozar. Y junto con los gozos no han faltado sufrimientos, que vosotros me habéis hecho más ligeros, porque el mundo es complejo y difícil; porque también cuando se ama, se sufre; y porque lo de ser Obispo no es fácil, ni es enseña de triunfalismo o comodidad, sino de la Cruz de Cristo.

8.- Que Dios os pague a todos cuanto, mucho, habéis hecho conmigo: a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas, de vida contemplativa o activa, al resto de personas consagradas, a los fieles cristianos laicos, a los que trabajan en las distintas acciones de la Iglesia, a los seminaristas, a todas las autoridades civiles, judiciales, militares, universitarias, a todas las fuerzas sociales y políticas, a todos, sin excepción, singularmente a los pobres y a los últimos, a los enfermos y a los que sufren, que sois los que lleváis la Iglesia y la humanidad y a los que seguramente no he atendido bastante.9. - Permitidme que os diga que no me ha movido otra cosa, al estar con vosotros como hermano y para vosotros como Obispo, que intentar vivir y proclamar que Dios es Dios, que sólo El es el único necesario, que El es la fuente de la que mana la única agua que puede saciar el corazón insatisfecho del hombre, que en El está la raíz de la libertad y el fundamento de la esperanza para todo hombre. Como os decía, en la primera homilía que os dirigí en el comienzo de mi ministerio en Granada, no he querido saber otra cosa, ni entregaros otra cosa -al igual que Pablo o que Pedro- que a Cristo, y a éste crucificado; mi única riqueza y mi única palabra con la que vine a vosotros era Jesucristo, a quien no podía silenciar, y a quien deseaba que vivieseis en vuestras vidas, en la entraña misma de nuestra querida Granada.Por eso ahora, de nuevo en esta comunicación, os repito lo que tantas veces me habéis escuchado con palabras del Papa: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo, abrid las puertas de par en par al Redentor!, para que El entre en vuestras vidas, le conozcáis, le améis y le sigáis; y así deis testimonio de que El es el único salvador y la verdadera esperanza para los hombres. Venid todos a El. Venid a El particularmente vosotros, los jóvenes, que andáis ansiosos de libertad, hambreando felicidad y dicha y encontrareis la fuente inagotable que  apague vuestra sed". Permaneced fieles a Jesucristo, presente en su Iglesia. Permaneced fieles a la Iglesia para permanecer en Cristo; amadla. La amo entrañablemente con todo cuanto soy.
10.- Rezad por mí y por la Iglesia hermana de Toledo. Rezad por nuestra diócesis de Granada. Rezad para que Dios envíe pronto un nuevo pastor conforme a su corazón que conduzca a esta Iglesia por los caminos de la verdad, de la santidad y de la comunión, impulsando decididamente la nueva evangelización con las orientaciones y directrices trazadas en el Plan Pastoral Diocesano. Que la Virgen María os proteja a todos y os acompañe en vuestroscaminos. Un abrazo y mi bendición para todos. (Granada, 24 de octubre 2003, fiesta de San Antonio Mª Claret).
                                                                                                                            Víctor                                                                                                                          Corcoba                                                                                                                                                                                                                         CORCOBA@telefonica.netPasar página

El 1 de febrero del 2013, día en que se celebra en la Archidiócesis la Solemnidad de San Cecilio, el Arzobispo, Mons. Javier Martínez, presidió la Eucaristía por el rito hispano-mozárabe, junto con el Cabildo en la Abadía del Sacromonte.El calendario litúrgico propio señala que en la Ciudad -el día 1 de febrero- se celebre como Solemnidad y en el resto de la Archidiócesis como fiesta. En la web activar escuchar homilía.

El domingo 3 del 2013, por ser el domingo posterior al día 1, se celebró la Eucaristía en la Abadía del Sacromonte, que presidió el Arzobispo y concelebró el Cabildo Colegial. Asímismo asistieron el alcalde, las autoridades municipales y todos los fieles granadinos que participaron en la tradicional fiesta de San Cecilio. En la web activar escuchar homilía.

Eucaristía de la Toma de Granada, en la Capilla Real 2-1-13

Escuchar la Homilía del Arzobispo de Granada,Mons. Javier Martínez, en la Festividad de San Cecilio, domingo 5 de febrero del 2012 escuchar homilía
En las Santas Cuevas del Sacromonte aparecieron en el siglo XVI las reliquias de los discípulos del Apóstol Santiago: San Cecilio, San Tesifón y San Hisicio. 
                                                                                         Sermón homilético(17'11'')2007
Queridos hermanos, Sacerdotes,
querido Sr. Alcalde,
queridas Autoridades que nos acompañáis:

Es el día de San Cecilio como siempre una ocasión junto con otras celebraciones a lo largo del año como es el día de la Toma, el día de la Hispanidad, pues para ponernos ante los ojos la hermosa y gran Tradición de la que somos hijos y para recuperar el aspecto de su significado y de su valor para el presente y para el futuro que es, diríamos, lo que a nosotros nos provoca y nos reta a ejercer nuestra humanidad en este mundo, en esta cultura, en estas circunstancias, en esta situación que tiene poco que ver con la de hace 50 años y digamos con la del momento, por ejemplo, en que se erige la Abadía del Sacromonte.
   Yo sé que en esta Tradición hay muchas cosas por las que pedir perdón, muchas cosas por las que tener que aprender en el sentido de aprender para que no vuelvan a suceder, aprender para evitar sus errores o esas desviaciones de la propia Tradición.
   También sé que el concepto "tradición" en nuestro contexto es un concepto marcao por el descrédito, por la desmemoria, cuando en realidad el ser humano construye su experiencia de sí mismo, del mundo: la realidad siempre son una tradición y siempre en torno a algún tipo de "liturgia" que simbólicamente expresa el valor de las cosas, el interés de las cosas, la articulación de los distintos aspectos de la realidad de un modo modelo. También sé, sin embargo, digo a pesar de esas desviaciones y de tantos errores, especialmente la otra introducción en la vida cristiana de un modo de afirmarse a sí mismo o de afirmar la propia identidad que tiene que negar al mismo tiempo la del otro y casi inevitablemente genera divisiones entre los hombres o violencias. Ya Juan Pablo II al proclamar el gran Jubileo del año 2000 hace referencia a ello con toda claridad y envidió ese apartarse para siempre de ese camino; ya sé sobre todo que es un camino del período de la modernidad más que de la antigüedad cristiana.
También sé -es evidente para todos yo creo- que en esa Tradición hay cosas tan bellas como aquellas de las que habla San Pablo, describe, describen el verdadero misterio de la Iglesia, su verdad profunda, la comunicación de la vida de la que Cristo nos ha hecho portadores, vasijas de barro, pero portadores para vida de los hombres, para el bien de los hombres, para la esperanza y la alegría del mundo.
   También aquí, al celebrar hoy este día, pues quizás el día de San Cecilio en el Sacromonte pues hay un aspecto que no es posible olvidar y sobre el cual quisiera hacer hoy una pequeña reflexión, y es el hecho de que en cierto modo nuestra Tradición no vive como en Alemania o la misma Italia pues hundidos diríamos en una continuidad inmediata desde los orígenes aquí recordados, los orígenes del cristianismo en nuestra región, en nuestra Granada; ciertamente, los historiadores podrán matizar todo lo que sea necesario, ciertamente la Tradición cristiana en Granada es tempranísima y en el sur de España, que pudiera, diríamos sin exceso ninguno de imaginación y con una sobriedad histórica grande, pues remontarse al primer siglo, al segundo siglo de nuestra era en el peor de los casos y por tanto es extraordinariamente temprana y tenemos todos los motivos del mundo para dar gracias por esta Tradición.
Pero tampoco podemos olvidar que Granada, nuestra Granada es una fundación moderna. En cierto modo una buena parte de España es unafundación moderna. Es una, ciertamente les diré, es una reconstrucción moderna de la memoria histórica; para el pueblo cristiano diríamos, si uno mira a los cristianos en España y sobre todo en Andalucía, la memoria histórica viva en el pueblo cristiano los Santos de referencia son San Ignacio de Loyola, son San Juan de la cruz, son Santa Teresa de Jesús, son Santos modernos, son Santos que emergen en España de una manera además frondosísima en los orígenes, en los comienzos de la modernidad.
   Y claro eso tiene su punto, es un hecho contigente, es un hecho que es así, pero tiene su belleza y su grandeza y al mismo tiempo sus límites y al ser conscientes tanto de esa belleza y de esa grandeza como de sus límites nos puede permitir situarnos, situar la fe, situar la misión de la Iglesiagravedad en los comienzos del siglo XXI de una manera más consciente, más auténtica, más verdadera con respecto a la verdad profunda de nuestra Tradición. No, no me refiero yo al hablar de la modernidad sólo al hecho de los libros plúmbeos, que están en el origen de la Abadía, y que la Iglesia fué la primera en proclamar públicamente que constituían una falsificación: Yo creo que llena una intención preciosa profundamente cristiana en algún sentido, en muchos sentidos, movida sin duda creo yo en mi pobre conocimiento por el deseo de promover la paz entre la comunidad de origen morisco y la comunidad de origen castellano, la paz y la convivencia,  y por tanto un intento nobilísimo de construir diríamos una convivencia  equilibrada entre las dos comunidades. Sin embargo, la modernidad es también, a nadie se le oculta a estas alturas de la historia que ha sido también junto a graves y asombrosos avances tecnológicos, junto a posibilidades de comunicación entre los hombres inesperadas hace muy pocas décadas, la posibilidad de comunicarse por email casi en tiempo real prácticamente con el Japón o cualquier otra parte del mundo, no! ha desarrollado posibilidades de humanidad y de comunicación extraordinariamente grandes. Pero al mismo tiempo es una época de fragmentación, de división de lo humano, de división de las esferas de lo humano y a lo largo del siglo XX pensadores, yo creo que ninguno de ellos de origen cristiano, más bien de origen marxista y en todo caso alejados muchos de la Tradición cristiana, han ido percibiendo en las demás tragedias que ha marcado el siglo XX los signos de la gran modernidad, los signos de una cultura que cada vez más sólo podía permanecer como retórica y en parte como retórica pública, pero cada vez menos creíble en sus fundamentos últimos, no!. Y recibiendo al mismo tiempo diríamos la destrucción de lo social, la destrucción de las tradiciones capaces de sostener la vida de los hombres, la disolución de la modernidad en lo que se ha venido en llamar, aparte del tiempo de palabra mejor, la postmodernidad, el nihilismo, y del mismo modo el hombre es destruido de tantas maneras, donde el hombre vive una soledad tan pavorosa, que se puede proceder a crear la impresión que se convierta en una paranoia colectiva, pero destruído por la droga, destruído por el alcohol, destruído por las luchas de poder que parecen constituir casi el único contenido verdadero de la vida social. Y así. Y a lo largo del siglo XX esa conciencia que se destruía un mundo se iba haciendo más consciente en los círculos de la inteligencia o más despiertos diríamos a una vida de sobre la historia. Desde hace no muchas décadas, no más de dos o tres hablo en sajón al menos, ha ido surgiendo la conciencia, dando por supuesto esa destrucción, de que la única manera de recuperar lo humano, a partir y aceptando la postmodernidad, es justamente recuperar un sentido purificado de la Tradición, de las tradiciones. Diríamos sí. Y eso para salvar lo que habíamos entendido por modernidad, los ideales de igualdad o de fraternidad,o de convivencia entre los hombres, pero que esos ideales no se consiguen diríamos mediante la exclusión de lo sagrado, mediante la exclusión de Dios, de la conciencia y de la vida pública de los hombres, mediante la desaparición del lenguaje moral como un lenguaje capaz de sostener esa misma vida social.
    En ese sentido yo me confieso que para la Iglesia es un riesgo terrible la desaparición de la modernidad en la misma medida en la que nosotros hemos atado los vínculos, atado los destinos de la Iglesia a los destinos de la modernidad. Si la Iglesia se vincula de tal manera con la modernidad que se pueden casi identificar, ¡muere la modernidad y muere la Iglesia! Pero la postmodernidad el mundo, si queréis desnudarle de ideologías, más bruto en su capacidad de crítica de sí mismo y renace en el fondo de esa miseria en muchos sentidos una inquietud humana genuinamente verdadera. Y en ese sentido la complicidad del corazón humano y del Evangelio vuelven a salir a la luz de un modo captable que durante siglos no ha sido posible. La necesidad que el hombre tiene de una misericordia que sea capaz de perdonar nuestras miserias, nuestras rupturas, nuestras heridas a lo largo de la vida, las heridas de la familia, las heridas de la convivencia, la necesidad de una misericordia así,  la imposibilidad para el hombre de fabricarse y de construirse una misericordia semejante y de reconstruir su corazón hace posible pensar justamente en ese contexto postmoderno en una recuperación de la Iglesia no en un sentido diríamos como antes de la crisis, no en un sentido con nostalgias de situaciones o memorias diríamos del pasado reciente, sino una recuperación de la Tradición que por las mismas circunstancias tiene la gracia de Dios de recuperar su significado humano y de reformularse en unos términos que conectan directamente con lo humano más allá de ideologías, más allá de fracturas diríamos de un tipo o de otro, diríamos sociales de todo tipo que han marcado la historia reciente no solo de España, sino de Europa.
   Mis queridos hermanos, perdonad esta especie de disgresión, que necesitaría mucho más tiempo para ser expuesta de una manera suficientemente matizada y menos burda en sus planteamientos, en sus observaciones. Pero el momento que nos ha tocado vivir es un momento de grave riesgo para la humanidad en nuestras sociedades avanzadas. Y de grave riesgo porque la única categoría moral, si es que esta se le puede llamar moral, que permanece es la categoría del poder y la categoría de la producción y del consumo Y detrás de eso hay una humanidad que se deshumaniza constantemente, cuyo sufrimiento crece, crece detrás de las máscaras de bienestar constantemente y que supone una llamada para nosotros, para todos: cada uno desde su posición, cada uno desde su responsabilidad diríamos a responder de la manera más sencilla, más verdadera, más auténtica, más desnudamente humana posible. Y en ese sentido a cooperar, incluso desde perspectivas muy diferentes, incluso si queréis desde historias diferentes y hasta confrontadas, a cooperar al bien común que se convierte en el bien de cada persona humana, que se convierte en la posibilidad de un camino nuevo de encontrar el corazón, la esperanza, razones para vivir, razones para perdonarse, para trabajar juntos, razones para amar la vida y para construir juntos un mapa sonado para quien venga detrás de nosotros. Esa es la misión de la Iglesia, no se destruye la del amor ?¿También soy perfectamente consciente de que nuestras adherencias a un determinado mundo, a una determinada cultura no son fáciles diríamos de exercer en función o cuando se deshacen o cuando se desnudaron las Iglesias después del Concilio, se desnudaron y se quedaron desnudadas. No, se trata de recuperar el significado profundo tan exquisitamente humano, tan verdaderamente humano del acontecimiento profundo de nuestra fe, nuestra experiencia que constituye la base de lo mejor de la cultura occidental y de nuestra propia cultura en España.
   Y yo lo pido para mí, lo pido para los Sacerdotes de la diócesis, lo pido para los cristianos de la diócesis: Que el Señor nos dé sabiduría, luz, capacidad de testimonio para adquirir valor, para proclamar como decía san Pablo el Evangelio de Dios no con la prudencia de la carne, no tratando de agradar a los hombres sino por  profundo amor a los hombres, tratando de juzgar la verdad de la que uno sin mérito ninguno ha sido hecho el propietario. Tratando de comunicar la conciencia de que existe una mirada positiva en la historia, una mirada positiva pues porque hay un destino, porque hay un don, porque hay un amor que es el fondo de toda la realidad. Y como fruto de ese amor la vida humana merece la pena ser vivida en libertad y ser la ciudad humana construída como un grupo de hijos que construyen su propia casa. Ojalá quiera el Señor concedernos ese don y quiera el Señor concedernos a los cristianos ser instrumento de esa construcción, cada uno, repito, desde la misión, desde el lugar en que el Señor nos ha puesto.
   Me parece que celebrar la Eucaristía en este contexto, en este marco deja de ser simplemente la repetición rutinaria de un gesto que se viene haciendo, que hay que hacer todos los años para adquirir un profundo significado la ofrenda del pan y del vino, nuestra ofrenda personal adquiere una verdad, una carnalidad histórica extraordinariamente espesa: La certeza de que la Gracia no nos faltará si abrimos el corazón al don de Dios también adquiere una seguridad y un rubor humano extraordinarios. ¡Que el Señor nos conceda vivir eso por el bien de todos, por el bien de nuestra querida Granada!
                               +Mons. Francisco Javier Martínez Fernández, ARZOBISPO DE GRANADA
                                          Tengo miedo a perder la maravilla                Si tú eres el tesoro oculto mío,
                                          de tus ojos de estatua, y el acento                   si eres mi cruz y mi dolor mojado,
                                          que de noche me pone en la mejilla                 si soy el perro de tu señorío,
                                           la solitaria rosa de tu aliento.

                                          Tengo pena de ser en esta orilla                      no me dejes perder lo que he ganado
                                          tronco sin ramas; y lo que más siento              y decora las aguas de tu río
                                          es no tener la flor, pulpa o arcilla,                   con hojas de mi otoño enajenado.
                                          para el gusano de mi sufrimiento.
                                                                            Federico García Lorca , (1898-1936) SONETO

   DISCURSO  DO ARCEBISPO DE BRAGA, JOÀO PECULIAR(1138-1175) EM 30 DE JUNHO DE 1147“Há já uns 358 anos ou até mais 2 que tendes ilegitimamente nas vossas mãos cidades que são nossas e a posse das nossas terras, anteriormente a vós habitadas por cristãos a quem nenhuma espada de exactor forçou a abraçar a fé, mas só a palavra da pregação tornou filhos adoptivos de Deus, no tempo do nosso apóstolo Santiago e dos seus discípulos,Donato, Torquato, Secundo, Indalécio, Eufrásio, Tesifonte, Victor, Pelágio e muitosoutros assinalados varões apostólicos (3). Temos nesta cidade como testemunho o sangue derramado pelo nome de Cristo no tempo do governador romano Daciano 4 por parte de mártires como Máxima, Veríssimo e a virgem Júlia 5. Consultai o concílio de Toledo celebrado no tempo de Sisebuto, glorioso rei nosso e também vosso; é-nos testemunha Isidoro, arcebispo de Sevilha, e o bispo de Lisboa desse tempo, Viérico, com mais de duzentos bispos de toda a Hispânia 6. Atestam-no ainda nas cidades sinais manifestos das ruínas das igrejas 7.”(3)Os «varões apostólicos», ou fundadores das mais antigas igrejas episcopais hispânicas, aparecem já em Actas escritas pelo séc. VIII. Os seus nomes são: Torquato, de Acci (Guádix), Tesifonte, de Bergium (Bejar); Esício, de Carcer (Carcesa); Indalécio, de Urci (Almería); Secundo, de Abula (Atila); Eufrásio, de Iliturgi (Andújar) e Cecílio, de Illiberis (Elvira). Teriam sido enviados a Espanha por Pedro e Paulo a partir de Roma. Tendo chegado a Acci, foram perseguidos pelos pagãos, mas deles foram milagrosamente salvos, pois, quando eles corriam no seu encalço, desabou uma ponte que atravessavam. Dispersaram-se eles pela região hispânica a evangelizá-la. Foi-lhes dedicado um monumento em Guádix, onde todos os anos lhes era prestado culto no dia 1 de Maio junto de uma oliveira que florescia nesse dia. Esse culto espalhou-se e entrou nos martirológios, calendários e livros litúrgicos. A legenda deriva certamente de tentativas mais ou menos generalizadas de garantir apostolicidade para as diversas igrejas. Cf. Dom Henri Quentin, Les Martyrologes historiques du Moyen Âge, Paris, 1908, p. 102; J. Vives, "Varones apostólicos", in Diccionario de Historia Ecclesiástica de España, Madrid, 1975; J. Vives, "Tradición y legenda en Ia hagiografia hispânica", Hispania Sacra, 18, 1965, 495-508; Ángel Fábrega Grau, Pasionario Hispânico, Madrid, 1953, I, 125-130. A legenda deve ter tido ramificações, mas é praticamente impossível seguir o seu percurso; é provável que sob o nome de Víctor pretenda João Peculiar referir-se a S. Víctor de Braga, que, segundo o Pasionario Hispânico, era apenas catecúmeno; sob o nome de Pelágio está certamente o célebre mártir de Córdova do ano 925, cujo culto se difundiu rapidamente, chegando até ao Reno e ganhando os favores da corte leonesa. Posteriormente, junta-se-lhe S. Pedro de Rates como discípulo de Tiago, o qual teria sido o primeiro bispo de Braga; na mesma sequência Basileu, também discípulo de Tiago, seria o fundador da igreja do Porto. Para Évora já o Livro das Calendas da Sé de Coimbra, para o dia 21 de Maio, mencionava o nome de Manços, que André de Resende admite como tendo participado na entrada triunfal de Cristo em Jerusalém e acompanhado a Última Ceia. Cf. Miguel de Oliveira, "Lendas apostólicas peninsulares", in Lenda e História, Lisboa, 1964, pp. 79-110; J. Fernández Catón, San Mancio; culto, leyenda y religuias, León, 1983.Nem os historiógrafos gregos, nem os latinos, tiveram a idéia de uma história universal que abarcasse de uma só vez todos os tempos e todos os espaços. Coube aos escritores da Patrística - amparados na Bíblia - erigir a concepção providencialista, procurando nos fatos sinais da manifestação divina ao homem. Para isso, parecia-lhes necessário retomar todas as histórias parciais, reunindo-as numa seqüênciacontínua.Promoción mediática de apostólicos